En 1997, Alan Lomax publicó Prison Songs, Vol. 1: Murderous Home, un álbum documental construido a partir de grabaciones realizadas entre 1947 y 1948 dentro de Parchman Farm, la penitenciaría estatal de Mississippi, Estados Unidos. El registro reúne cantos reales de presos afroamericanos, captados en su entorno cotidiano mientras trabajaban o compartían momentos dentro del penal.

Este lanzamiento no responde a criterios comerciales ni a una lógica de estudio. Se trata de grabaciones de campo que preservan expresiones musicales surgidas en condiciones extremas, donde la música funcionaba como una vía de escape, comunicación y resistencia emocional. Las voces pertenecen a internos anónimos, cuyas interpretaciones quedaron fijadas como testimonio directo de una realidad pocas veces documentada desde dentro.
Un documento sonoro desde la prisión
Las canciones incluidas —como The Murderer’s Home, No More, My Lord u Old Alabama— reflejan la rutina del sistema carcelario del sur estadounidense. Son work songs, cantos rítmicos que acompañaban el trabajo forzado, con letras que hablan de castigo, fe, culpa y supervivencia. No hay artificio ni puesta en escena: solo ritmo, voz y comunidad.
En la mayoría de los casos, no se conoce con precisión el motivo por el cual estos hombres estaban encarcelados. Los registros penitenciarios de la época eran incompletos o inexistentes, y el sistema judicial del sur de Estados Unidos castigaba de forma desproporcionada a la población afroamericana. Muchos fueron condenados por faltas menores, acusaciones ambiguas o leyes diseñadas para sostener el trabajo forzado tras el fin de la esclavitud. Otros sí habían cometido delitos graves. El álbum no intenta explicar ni justificar esas historias individuales, sino mostrar cómo, dentro de ese contexto, el canto se convirtió en una herramienta de resistencia mental y supervivencia colectiva.
Resulta inevitable pensar en cómo la música puede nacer en cualquier lugar y en cualquier circunstancia, incluso en espacios marcados por el encierro. En Prison Songs, Vol. 1: Murderous Home, el dolor se transforma en canto y el canto en memoria. Muchos de esos presos probablemente ya han muerto, pero dejaron su sufrimiento plasmado para siempre. No se trata de idealizar sus historias ni de asumir inocencias. Eran hombres pagando una deuda con la sociedad y, en medio de esa rutina dura y repetitiva, cantar fue su único escape, un respiro momentáneo frente a la realidad que vivían día a día.

¿Quién fue Alan Lomax?
Alan Lomax fue uno de los recolectores y documentalistas musicales más influyentes del siglo XX. Folclorista, etnomusicólogo, productor y archivista, dedicó más de seis décadas a registrar músicas populares y tradicionales directamente desde su lugar de origen, recorriendo Estados Unidos, Europa, el Caribe y regiones de Asia Central. Junto a su padre, John A. Lomax, comenzó grabando canciones de campesinos, comunidades afroamericanas y presos del sur estadounidense, sentando las bases de un archivo sonoro sin precedentes.

Su trabajo fue decisivo para preservar expresiones culturales que habrían desaparecido sin registro y para impulsar las carreras de figuras clave del folk y el blues. Más allá de la música, Lomax entendía el canto como memoria, identidad y resistencia, una herramienta para dar voz a comunidades marginadas. Fallecido en 2002, dejó como legado un archivo multicultural de valor incalculable, hoy accesible a través del proyecto Global Jukebox, cumpliendo su visión de igualdad cultural y acceso universal al patrimonio sonoro del mundo.
Prison Songs, Vol. 1: Murderous Home permanece como un archivo vivo. No busca entretener ni embellecer, sino recordar. Escucharlo hoy implica enfrentarse a una memoria incómoda, humana y necesaria.




