Desde mucho antes de que se apagaran las luces, ya se sabía que la noche sería especial. Lo de Amistades Peligrosas en La Sala del Movistar Arena de Madrid no era un concierto más en la agenda: era una cita marcada en rojo. Desde media tarde, una fila paciente y emocionada rodeaba el recinto madrileño. No era simple puntualidad: era devoción. Rostros conocidos, camisetas de otras giras, parejas que se dieron su primer beso con una canción del dúo de fondo.
La sensación era clara: nadie quería perderse ni un gesto. Se percibía que querían compartir el mismo aire que respiraban los cantantes, ver cada lunar en su piel y escuchar el latido de sus corazones.
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ToggleAmistades Peligrosas: liturgia pop en Madrid
A las 21 horas, con puntualidad casi británica, las luces cayeron y la ovación subió como un disparo. Cristina del Valle y Alberto Comesaña aparecieron entre sombras y visuales geométricas, acompañados por bajista y guitarrista, con algunas pistas lanzadas desde consola que reforzaban la arquitectura sonora.

La apertura con Nueva Era marcó territorio. Sonido compacto, voces al frente y un público que entró al estribillo como quien vuelve a casa. Sin pausa, Génesis elevó la temperatura. La producción visual —líneas de luz que se entrelazaban como raíces— subrayaba esa idea de origen, de punto de partida. El escenario se convirtió en un lienzo en movimiento. El grupo va sacando su pincel artístico para comenzar una obra que al final de la noche se colgaría directamente como un cuadro emotivo en el alma de todos los presentes.

Amistades Peligrosas es uno de esos grupos a los que se los puede considerar eternos. Desde sus inicios hace más de 35 años, mostraron creatividad, reivindicación, transgresión y una vitalidad que ya quisieran los dioses de la música para ellos. Los integrantes del combo, Cristina y Alberto, son dos estandartes, dos insignias, dos baluartes del pop bien entendido y ejecutado.
Himnos que no caducan
El primer gran estallido llegó con Estoy Por Ti. La sala se transformó en un coro multitudinario. No fue un momento impostado: fue orgánico. Cristina y Alberto se buscaron con la mirada, midieron el tempo, jugaron con los silencios. Las piernas firmes, casi ancladas a las tablas, como si el escenario les devolviera la energía que recibía. Hubo piel erizada en las primeras filas y abrazos espontáneos en la grada.

Tras el saludo cercano —agradecimiento, memoria compartida y reflexiones reivindicativas fieles a su trayectoria— el concierto tomó velocidad de crucero. Las coreografías son una constante y aportaban dinamismo. Se movían por todo el escenario, se acercaban a los músicos, chocaban manos con el público. La química entre ambos sigue intacta, con esa mezcla de complicidad y carácter que los ha definido durante más de tres décadas.

La versión en clave bachata de El Progreso, del brasileño Roberto Carlos, sorprendió y funcionó. Ritmo cadencioso, palmas acompasadas y una sala convertida en pista de baile elegante. A esas alturas, los móviles iluminaban el techo como un firmamento improvisado.
Los aplausos son otro ingrediente en el directo. El público es parte muy importante del show y su implicación es absoluta. Mueven los brazos de lado a lado, encienden las linternas de sus móviles, bailan, brindan, celebran la vida, viajan en el tiempo hasta ese momento preciso en que escucharon por primera vez las canciones del grupo y, sobre todo, disfrutan.

Energía compartida
Me Haces Tanto Bien sonó expansiva, casi luminosa. Casi Nunca Bailáis activó el pulso rítmico y dejó claro que el mensaje sigue vigente. El Príncipe Valiente reforzó esa identidad combativa y emocional que siempre ha acompañado al dúo.
Hubo espacio para una invitada. Natalia Mancilla, presentada con cariño por Cristina, se sumó al directo con presencia magnética. Su intervención añadió un matiz distinto, casi teatral, que el público recibió con entusiasmo. Las gargantas se unieron en una sola voz que nacía desde el patio de butacas y regresaba amplificada desde el escenario.
El cuadro que continúa pintando Amistades Peligrosas va tomando cada vez más color, más matices, más luz. Pero a la obra aún le queda para ser culminada. El tramo final fue un desfile de clásicos celebrados sin reservas: Me Quedaré Solo, Lo Estás Haciendo Muy Bien, Quítame Este Velo, Nada Que Perder y una festiva Africanos En Madrid que convirtió la sala en una celebración colectiva. Brazos en alto, brindis improvisados, gente bailando en los pasillos. La música como máquina del tiempo.
Bises y despedida
Ojalá la noche hubiera sido eterna, pero el tiempo es cruel. Como bises y para dar esa última pincelada de arte eterno del concierto, el grupo interpreta su clásico Estoy Por Ti y, nuevamente, en una versión más karaoke, Me Haces Tanto Bien para culminar y coronar apoteósicamente el directo y, con esta última, más coreada si cabe, en versión casi karaoke, cediendo estrofas al público. Tras el último acorde, abrazo entre ambos y reverencia compartida.

La sensación al salir a la noche de Madrid era la de haber asistido a algo más que un repaso de éxitos. Amistades Peligrosas no viven de la nostalgia; dialogan con ella. Su directo mantiene esa mezcla de reivindicación, sensualidad y pop afilado que los convirtió en referencia.
Antes de concluir, quiero agradecer a ARA Music Group por su trabajo, profesionalidad y colaboración en todo momento, capitaneados por Patri Aragoneses; a todo el staff de La Sala del Movistar Arena por su continua cooperación y a Juan Vicente por su ayuda permanente para que podamos llevar a cabo nuestra tarea de la forma más cómoda posible.

Me fui con una certeza sencilla: hay bandas que uno necesita ver en directo al menos una vez cada 365 días para recordar por qué empezó a escuchar música con tanta intensidad. Al escenario pongo como testigo que nunca más volveré a estar un solo año sin verlos en vivo.
No diga Amistades Peligrosas, diga canciones eternas.
Autor

Redactor, fotógrafo y entrevistador de Arepa Volátil. El riff como capa, la poesía como espada y el rock and roll como sangre bendita. La música, el único escudo.
Escritor de pluma honesta, siempre atento a las propuestas emergentes, a los artistas que rompen moldes y con devoción suprema a los dioses de la música.
Rockstar a mi manera.
Los shows en directo, la sal de la vida.











