VALLADOLID | 30 de agosto de 2025. El sol se desperezaba todavía sobre el Pingüinos Arena, cuando ya comenzaban a llegar los primeros grupos de peregrinos musicales. Algunos con banderas argentinas al cuello, otros con camisetas de bandas que marcaron adolescencias, y no pocos con la mirada fija en el cartel que prometía un maratón sonoro sin respiro. Bienvenidos a una nueva edición del Cosquín Rock España, ese festival que nació como hermano ibérico del gigante cordobés argentino, pero que ya pisa fuerte con identidad propia.

Con tres escenarios bien distribuidos —Ayuntamiento de Valladolid, Vibra Mahou y El Bosque—, producción afilada al milímetro por El Planeta Desierto, el apoyo del Ayuntamiento de Valladolid y el respaldo cultural de Vibra Mahou y la D.O. Ribera del Duero, el evento se encargó de dejar claro que ha llegado para quedarse. Más allá de un simple cartel, lo que se vivió en Valladolid fue un cruce de generaciones, estéticas y acentos, en una jornada en la que la música no pidió permiso para irrumpir.

Una apertura que fue un guiño al sur
La Garfield subía al escenario Vibra Mahou para inaugurar la jornada. El combo mexicano desparramó groove y sensualidad en clave de funk latino con temas como Mala y Luna de Plata. Lograron meterse al público en el bolsillo. No hubo que esperar al primer bis para ver a la gente coreando, bailando, abanicándose con el ritmo.
Casi sin pausa, bastó girar el cuerpo para entrar en el universo de Silvestre y La Naranja, que tejieron su magia en el escenario Ayuntamiento de Valladolid. Sos todo lo que está bien no solo fue un tema, fue un manifiesto emocional lanzado al viento castellano. Las banderas albicelestes entre el público no estaban ahí por azar. Cada verso, cada acorde, resonó como si estuviesen tocando en el Obelisco. La conexión fue inmediata, íntima y poderosa.
Un bosque que nunca dejó de sonar
Mientras tanto, el escenario El Bosque ofrecía una experiencia paralela pero igual de envolvente. Óscar de Ángel abrió la pista, y le siguieron nombres como Mr Kitos, Dani del Lío, Cristian Merino y el potente cierre b2b de BODY-O y Víctor Carré. El beat no dio tregua. Si la idea era brindar un oasis sonoro electrónico entre tanta propuesta de banda, funcionó como un engranaje perfecto.
De la emoción a la reflexión: Gieco y la murga
Uno de los momentos más esperados llegaba al caer la tarde: León Gieco subía al escenario acompañado por la murga uruguaya Agárrate Catalina. Y no fue solo un concierto, fue una ceremonia. La liturgia incluyó Pensar en nada, para la cual contaron en bajo con el mismísimo fundador del Cosquín Rock, José Palazzo, quien demostró su virtuosismo a las cuerdas.

Luego vino el estallido colectivo con Solo le pido a Dios, coreado con los ojos cerrados y los puños en alto. Hubo espacio también para homenajes a Charly García, que dejó una ovación larga, agradecida y con ecos de nostalgia. El veterano trovador probó, una vez más, que la música no tiene edad, ni fronteras, ni fecha de caducidad.

De las melodías del corazón al indie de estadio
Las responsables de que muchos cantaran a pulmón abierto fueron Marlena. Su directo fue como una flecha certera al centro emocional de los presentes. Temas como bailo pa olvidarte y Me sabe mal sonaron limpias, honestas, y desataron un karaoke tan desmedido como feliz. Al cerrar su actuación, el aplauso fue unánime y ruidoso. La emoción estaba servida, pero el viaje no se detenía.

Y entonces llegaron ellos. Duncan Dhu, los de siempre, pero con el oficio intacto. Sonaron Cien gaviotas, En algún lugar, Esos ojos negros, y uno entendía por qué siguen ahí, por qué siguen llenando, por qué no necesitan fuegos artificiales. Solo canciones. Buen sonido, puesta sobria y la sensación de que, a veces, menos es más.

El indie internacional tuvo su momento dorado con The Kooks, quienes regalaron una clase magistral de conexión y energía. Con She moves in her own way y Naive, se vinieron abajo las estructuras del Pingüinos Arena. La voz de Luke Pritchard sonó clara, juguetona y entregada. Atronadora ovación al final, más que merecida.

El único que repetía del año anterior era Barry B, y el arandino jugó claramente de local. El público lo celebró como un hijo pródigo, con saltos, coros y energía desbordada. Ya no es promesa, es presente.
Yatra y un maridaje para el recuerdo
Antes del cabeza de cartel, era momento de reponer fuerzas. El área gastronómica, ampliada este año, ofrecía una experiencia nueva con el espacio Estrella Michelin, donde chefs como los de La Botica de Matapozuelos, Alquimia y Taller de Arzuaga sirvieron platos exclusivos para el festival. Todo maridado con vinos de la D.O. Ribera del Duero. Porque el rock también entra por el paladar.

Y con el estómago agradecido, llegaba el gran plato fuerte: Sebastián Yatra. Una puesta monumental y una banda de precisión quirúrgica para presentar su disco Milagro. Desde que cantó La Pelirroja, el público fue suyo. Hubo visuales de alto nivel y un torrente de hits: Traicionera, Tacones Rojos, Pareja del Año, 2 AM. Cada canción fue una celebración compartida. Gracias Valladolid, esto es un sueño, dijo con el corazón en la mano. El sueño, era mutuo. El artista del país cafetero es un buque sonoro increíble en directo
El final perfecto no existe, pero esto se le acercó
Pero no había que dormirse. Quedaba el remate. Desde Buenos Aires, YSY A llegó con su verbo afilado y su flow innegociable, encendiendo la pista con sus barras enérgicas. Luego, el turno fue para los celebrados Love of Lesbian, quienes repasaron su carrera de 25 años con una selección de himnos en clave coral. Club de fans de John Boy, El poeta Halley, Allí donde solíamos gritar… cada acorde tenía sabor a clásico.

Ya con la madrugada bien entrada, la trilogía de cierre puso la guinda: Instituto Mexicano del Sonido con su electrónica mestiza, Ninhodelosrecaos con su propuesta desafiante, y Lomas con un set que dejó la energía en lo más alto. Eran las 4:00 cuando la última nota se apagó, y la sensación general era una mezcla de euforia, cansancio feliz y promesa cumplida.
El festival confirmó que es ya parte del mapa musical europeo. En su cuarta edición ibérica, el evento no dejó huecos, no repitió fórmulas, no decepcionó. Solo pidió una cosa: entrega. Y la obtuvo.

El Cosquín Rock España no quiere ser la copia de nadie: ha encontrado su pulso propio en la península. Y lo ha hecho con artistas de peso, logística sin fisuras y un espíritu que mezcla el sur del mundo con la piel ibérica.
Nos vemos en 2026. Porque lo bueno no se explica, se repite.