Hay noches en las que la música parece alinearse con algo más grande que el simple calendario de conciertos. El pasado viernes, en la sala Cadavra de Madrid, ocurrió una de esas conjunciones poco frecuentes. Presentación oficial de Recreo, expectación alta y una artista, Elem, dispuesta a demostrar por qué su nombre lleva meses orbitando con fuerza en la prensa especializada.
Elem convierte la sala Cadavra en su propio recreo emocional
Pasadas las 21 horas, subieron al escenario sus escuderos: el baterista Alex Arraez y el guitarrista y bajista Jaime Lobo. Unas líneas de bajo crudas, casi ásperas, empezaron a dibujar el aire; la batería respondió con golpes hipnóticos, marcando un pulso que se sentía en el pecho más que en los oídos. Y entonces apareció ella. Elem —nacida Laura Cebrián— entró en escena con paso firme, mirada al frente y una seguridad que no necesita aspavientos.

La primera descarga fue Guárdate El Drama, de Chica Ejemplar. Luces rojas intensas bañaban el escenario, pero ni siquiera ese baño carmesí conseguía domesticar el caudal de su voz. Desde el primer verso dejó claro que el directo es su territorio. La sala iba mutando en atmósfera especial y respondió con atención absoluta. Ese silencio eléctrico que antecede a la ovación.
En la sala observé, camuflados, tanto a la diosa Cibeles como al dios Neptuno vibrando con el concierto. Había mucha expectación por la presentación y todos querían ser partícipes.
Del pop magnético al desgarro íntimo
El trío funciona como un engranaje preciso. Elem domina ese nuevo pop que mezcla músculo emocional y electrónica orgánica, llevándolo por distintas estaciones sin perder cohesión. No Pido Permiso, Planeta De Cristal y Estar Sin Ti fueron elevando la temperatura. Ella se mueve sin pausa, baila, gira, avanza y retrocede como si el escenario tuviera memoria propia y fuera una extensión de su ser. Hay algo casi coreográfico en sus desplazamientos, una sensación de flotación que conecta con cada mirada de la platea. Por momentos me recordó a la inmortal bailarina Isadora Duncan.

En Mis Días Raros la sala entró en una especie de trance colectivo. Catarsis construyó un ecosistema particular, con capas de guitarra que respiraban sobre una base rítmica contenida. Fue la antesala perfecta para uno de los momentos más intensos de la noche.
La banda se retiró y Elem quedó sola frente al piano, con las blancas y negras mirándola y contemplándola. Listas para recibir sus caricias. Voz y piel. Interpretó Superestrella, incluida en el EP Recreo, con una fragilidad que cortaba el aire. Después llegó La Salvación de Arde Bogotá, desacelerada, llevada a un terreno más íntimo, más suspendido. La intensidad no bajó; cambió de forma. Hubo ojos húmedos entre el público, como los de Cibeles y Neptuno. La sala entera parecía respirar al mismo compás.
Clásicos revisitados y complicidad en crescendo
De vuelta con Alex Arraez y Jaime Lobo, el pulso regresó con Chica Ejemplar. La energía subió varios grados. Se permitió jugar con el clásico Laura No Está de Nek, llevándolo a su universo sonoro, con texturas más contemporáneas y un enfoque vocal más rasgado. No Distingo Realidad consolidó esa comunión entre escenario y platea, donde el karaoke espontáneo apareció sin necesidad de invitación.

Entre canción y canción, Elem habló con naturalidad. Agradeció al público, a sus músicos, a la familia presente y lanzó una frase que provocó sonrisas cómplices: mi madre os quiere un montón a todos. También tuvo palabras para el equipo de Vanana Records, dejando claro que el proyecto tiene raíces y comunidad.
Se la vio cercana, firme, concentrada. Conecta visualmente, sostiene miradas, busca manos alzadas. Hay química real con la banda, algo que se percibe en los pequeños gestos: una sonrisa compartida, un cambio de dinámica resuelto con una mirada.
Tramo final: himnos y expansión
En la recta final, la compositora incendia el pulso e introduce la electrónica Mi Madre Te Odia, con una reflexión sincera sobre vínculos y despedidas. Después llegaron El Fin Del Mundo y el himno Nadie Lo Podrá Cambiar, cuya versión de estudio cuenta con la impronta de ELYELLA. En directo, la canción se convirtió en celebración colectiva: brazos en alto, voces coreando el estribillo y una banda disfrutando del momento.
Como último impulso antes de la despedida, Elem se expandió con Esto También Pasará y sorprendió con su lectura de DTMF de Bad Bunny, adaptada a su sensibilidad casi magnética. El concierto cerró entre vítores prolongados y una ovación que obligó a varias reverencias agradecidas. La sensación general era clara: no se trató solo de la presentación de un disco, sino de la confirmación de una artista en plena consolidación.

Al finalizar la presentación, vi cómo discretamente y extasiados después del show, los dioses Neptuno y Cibeles se retiraban de la sala, emprendiendo el camino de regreso a sus hogares madrileños.
Elem pasó por Madrid y dejó la impresión de estar escribiendo las primeras líneas de una trayectoria con ambición y carácter propio. El presente ya la disfruta. El futuro, si mantiene esta verdad escénica, también hablará de ella.




