Madrid amaneció gris en un día que fue mutando a niebla espesa y en una llovizna que acompaña. Domingo por la tarde, y La Riviera empezaba a llenarse con una calma expectante. No había mejor plan que refugiarse allí para ver a La Bien Querida dentro de la duodécima edición de Inverfest, un festival que este invierno reparte su abrigo entre Madrid, Zaragoza y Euskadi. La postal estaba servida: público fiel, paraguas plegados y la sensación compartida de que algo iba a pasar.
Una novia entra en escena
A las nueve, las luces bajaron sin prisa. El escenario apareció cubierto de humo, flores y un altar central que remitía más a una ceremonia íntima que a un concierto pop. Sonó la intro y, vestida de blanco perla, Ana Fernández-Villaverde hizo su entrada como La Bien Querida, con cola, alas y una serenidad casi litúrgica. El silencio inicial duró lo justo antes de convertirse en una ovación cerrada.

Cual emperatriz de la canción, la protagonista de la noche, vestida de novia y ante un océano de aplausos que la abrazaban, iniciaba su coronación guitarra en mano —una prolongación natural de su cuerpo—, abriendo con Ni Bien Ni Mal. El arranque fue sobrio, medido, dejando espacio a que la emoción se acomodara. Le siguieron Esto Que Tengo Contigo y Como Un Perro, esta última dedicada con palabras emotivas a las mascotas. El concierto quedaba oficialmente inaugurado, y el vínculo con el público, sellado desde el primer bloque.

Un setlist que respira y late
El sonido no fue el más pulido que se le recuerda a la artista vasca, pero tampoco fue un obstáculo real. La conexión emocional se impuso a cualquier detalle técnico. La Riviera entera entró en modo karaoke, de platea a palmeras, sosteniendo cada verso como si fuera propio.
El directo giró con firmeza alrededor de su nuevo álbum, LBQ (2025), defendido con solvencia y naturalidad. Corpus Christi, Podría Haber Sido y Muero De Amor hicieron latir la sala a un mismo pulso. Entre canción y canción, La Bien Querida se mostró cercana, sonriente, agradecida. A ratos dejó la guitarra y se movió libre, casi etérea, atravesando el humo como una figura blanca en suspensión.
El viaje no se quedó en el presente. Hubo tiempo para abrir el baúl y rescatar piezas de Romancero, Brujería, Fuego y Paprika. El público respondió con gargantas abiertas y memoria afinada. La banda, sólida y elegante, sostuvo el edificio sonoro sin aspavientos, dejando que las canciones respiraran.

Canciones como capítulos de un libro
En temas como Los Jardines De Marzo, Bar Dixie y Noche De Bodas, el concierto alcanzó su punto más narrativo. Cada canción parecía una página escrita a fuego lento. La artista, vestida de novia, jugaba con la idea del compromiso: con las canciones, con el público, con el momento. Pretendientes no faltaban.
Hubo espacio para la conversación y la reflexión. La Bien Querida compartió pequeñas anécdotas sobre el origen de algunas canciones, bajando revoluciones sin romper el ritmo. Ese equilibrio entre energía contenida y cercanía es una de sus marcas y aquí funcionó como un engranaje preciso.

Las gargantas del público no descansan. La banda que la acompaña exhibe músculo y destreza. El humo sigue presente, impoluto, como un espectador más. A mis nietos les narraré la historia de cómo esta artista inconmensurable diseñó un mapa espiritual único y se coronó como emperatriz de la música en Madrid.
Tramo final y coronación
El último bloque fue una sucesión de postales difíciles de olvidar. Mundaka, ¿Qué?, A Veces Ni Eso y Dinamita dejaron claro que la relación con su público es profunda y recíproca. No hubo invitados, no hicieron falta. El latido era uno solo y lo marcaba ella.
Tras un breve paréntesis, llegaron los bises. La Fuerza —con su peso emocional intacto—, De Momento Abril y Fuerza Mayor prepararon el terreno para el cierre definitivo. La Bien Querida se despidió con ¿Por Qué Te Vas?, de Jeanette, cantada a pleno pulmón por toda la sala. La ovación fue atronadora, compartida incluso por el cartel de Inverfest y las palmeras eternas de La Riviera, que parecían pedirle matrimonio. El vestido, desde luego, ya lo tenía.
La Bien Querida pasó por Madrid, vestida de novia, y salió coronada como emperatriz de la canción.












