Del pogo al postureo: así matamos los conciertos
Hubo un tiempo, allá por la prehistoria (en los lejanos años 90), donde la gente iba a los conciertos a sudar, a empujarse en el pogo y a escuchar notas desafinadas que probaban que el artista era humano. En 2026, si un artista desafina, es tendencia en X por falta de profesionalismo; si hace un playback tan descarado que se le olvida acercarse el micro a la boca, lo llamamos apoyo visual necesario para la coreografía.
Bienvenidos al anti-concierto: ese evento donde la música es el ruido de fondo para que puedan justificar una historia de Instagram que nadie pidió y nadie verá.
El artista como maniquí de lujo (y tú como su patrocinador)
¿Te has fijado en las giras de este año? El escenario es una pasarela de 400 metros de pantallas LED de ultra definición, pero, en el mejor de los casos, el músico ya no es un músico: es un elemento decorativo que, incluso, hasta podría ser un holograma. Su función principal no es cantar, sino caminar de un lado a otro con ropa que cuesta más que tu hipoteca para que los del Diamond VIP Lounge puedan verle los poros de la piel.
En 2026, el talento se mide en cambios de outfit por hora. Si tu estrella favorita cambia menos de cinco veces de ropa, la crítica dirá que la gira es minimalista (traducción: el presupuesto se fue en pagar el catering del perro del mánager).
La experiencia VIP (o cómo pagar por aire premium)
El Manual de lo Anormal ha investigado los paquetes VIP actuales. Por el módico precio de un riñón y medio, ahora puedes acceder a:
Early Entry: entrar dos horas antes para ver cómo un técnico de sonido bosteza mientras prueba un cable.
Merchandising exclusivo: una bolsa de tela con el logo del artista que se deshace al primer lavado.
El Meet & Greet distanciado: ver al artista a 5 metros de distancia a través de un cristal de policarbonato para proteger su aura.
Es el síndrome de Estocolmo musical: pagamos por el privilegio de ser ignorados desde un ángulo ligeramente más cercano.
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¿Por qué seguimos yendo? La dictadura del yo estuve allí
La industria musical ha descubierto que no vende sonido, vende estatus. No vas al concierto de la gran estrella del género urbano para escuchar su voz (que suena como un robot con asma gracias al Auto-Tune), vas para que tu entorno sepa que podías pagar la entrada. ¡Y lo sabes! (Julio Iglesias dixit).
El concierto ha muerto como experiencia auditiva. Ahora es un ritual de validación social donde el único que se divierte de verdad es el contable del artista, viendo cómo sube el gráfico de ingresos mientras el cantante revisa la hora en su reloj de diamante en medio de su tercer medley de canciones cortadas.
¿Qué te duele más?
a) Que tu artista haga playback.
b) Ver la cuenta bancaria después de comprar la entrada.
c) El brazo de tanto grabar con el móvil.




