La noche caía fría sobre Madrid, pero dentro del Teatro Eslava —con el aforo completo y ese murmullo previo que solo se da en las citas importantes— el ambiente era otro. Eran cerca de las 21 horas cuando las luces comenzaron a bajar y la pantalla central anunciaba, uno a uno, los nombres que dan forma a la duodécima edición de Inverfest. Saludarse entre viejos conocidos de conciertos es casi un ritual aquí: botellines en alto, abrazos rápidos, alguna risa cómplice. Incluso los Reyes Magos habían decidido alargar su estancia en la capital para mover el esqueleto, tal como pudieron comprobar mis ojos al verlos entre el público.

Entonces, silencio. Y sin aspavientos, con la calma de quien lleva medio siglo sobre los escenarios, apareció Ariel Rot. Toma su inseparable hermana bendita, la guitarra: esa con la que comparte trabajo, horas de carretera y sentimientos, y se dispone a cautivar por completo al respetable en el marco del festival Inverfest. El artista, quien estará tocando en las sedes de Zaragoza y de Euskadi también en esta edición, se alistaba para hacer latir al completo al auditorio.
Un arranque sin rodeos
La apertura fue directa al centro de la memoria: Vals de los recuerdos. Sin discursos, sin calentamiento previo. El primer acorde bastó para que el patio de butacas entrara en combustión suave, pero constante. Rot, guitarra al pecho, marcó el tempo de una noche que iba a ir creciendo sin prisa, pero sin tregua.

No es nuevo. Ya lo demostró en la pasada edición de Noches del Botánico, y volvió a confirmarlo aquí. En Madrid. En su casa. Poseedor de un magnetismo que no depende del volumen ni del gesto grandilocuente. Canciones como Hasta perder la cuenta, Colgado de la luna o El mundo de ayer fueron cayendo con una naturalidad, sostenidas por una banda ajustada y un sonido limpio, cálido, con ese punto analógico que tanto le favorece.
Mediante sus canciones limpia energías negativas y pecados, renovando el espíritu de los fans. Quema lo obsoleto y logra que liberen energía los cuerpos de todos los presentes.
El pulso del repertorio
Rot saludó a la ciudad con un Buenas noches, Madrid, antes de volver a morder la yugular con sus dientes de rock and roll. Nada de discursos largos: aquí manda la canción. Durante la primera hora, el concierto se movió entre la celebración y la introspección. En Lo siento Frank y Adiós carnaval, los corazones se abrazaban.

Desde mi posición, se distinguían rostros conocidos entre el público. Ilustres del rock and roll como Candy Caramelo, Diego Atraco y otros músicos seguían el concierto como uno más. En Dos de corazones, Rot lanzó una pregunta al aire —si había músicos en la sala— y el teatro respondió con sonrisas cómplices y aplausos.
Musicalmente, el directo confirma lo evidente: en su ADN conviven Rolling Stones, The Who y Chuck Berry, pero también el blues, el rhythm and blues y algún guiño jazzístico. En sus manos, la guitarra no es un objeto fetiche, sino una herramienta viva, casi orgánica. Un extensión de su persona en la que conviven elementos divinos.

Madrid, Moris y un momento para enmarcar
Uno de los pocos paréntesis hablados llegó con el recuerdo al músico argentino Moris, figura clave del rock en castellano en España en las décadas de los 70 y 80. Tras las gafas de tonos rojizos, Rot se permitió un momento de emoción contenida: hace muchos años nos hicimos amigos. Lo admiro y lo quiero. Contó cómo aquellas canciones escritas a Madrid terminaron llegando a su casa. El público ya sabía lo que venía.
En sus manos la guitarra toma una dimensión diferente. Se convierte en un elemento sagrado que combina fuego, viento y agua, logra una conexión sublime. Es un mediador entre lo terrenal y lo celestial. Un vehículo para la espiritualidad del alma del fan del rock.

Los primeros acordes de Bruma en la castellana hicieron rugir al Teatro Eslava como si se tratara de un pleno parlamentario en día de votación decisiva. Rot jugó con el tempo, con las miradas, con los silencios. Un instante de comunión total. El auditorio rugió cual león del Congreso de los Diputados.
La noche siguió con una versión de Cenizas en el aire más cruda, casi de garaje, más rocker, con Rot rozando el suelo, apoyado en las palmas del público antes de volver a acelerar sin miramientos. El porteño más madrileño del rock and roll se movía en casa.
Himnos, anécdota y redención
No todo fue milimétrico, y eso también suma. Dulce condena necesitó tres intentos para despegar, pero a la tercera, cuando sonó Cada corazón merece una oportunidad, el teatro entero la hizo suya. Sin bajar pulsaciones, llegaron Me estás atrapando otra vez y, en la misma, hay pasajes para jugar con el público y es como si susurrara al oído del corazón a través de las notas que emiten las cuerdas de su guitarra. Momento épico y para enmarcar. Una primera despedida envuelta en vítores.

A estas alturas a los Reyes Magos ya no les importaba que los reconocieran. Dejaron sus capas en un lateral del recinto y se pusieron a saltar y cantar entre la multitud. En estos días, ellos habían repartidos miles de regalos, pero Ariel Rot les hizo el mejor presente: una noche de verdadero rock and roll.
Bises y cierre a coro
Instantes después, Ariel Rot regresó acompañado por Ricardo Marín, su escudero habitual en la guitarra, para que, púa en mano, lo cual le permite darle aún más emotividad a ciertos fragmentos de las canciones en cuanto las canta, y junto al resto de los músicos, realizan bises épicos del calibre de Todavía es tarde, Baile de ilusiones, Milonga del marinero y el capitán y Mucho calor. Aquí el concierto tornó en karaoke colectivo, emotivo y sin fisuras, con el público cantando cada verso como si le fuera la noche en ello.

Cerca de las 22:30 horas, el último acorde se suspendió en el aire. Sonrisas, abrazos, cuerpos cansados y felices abandonando la sala poco a poco, conscientes de haber sido parte de algo que no se repite cada invierno. Los Reyes Magos salían extasiados y haciéndose fotos con algunos de los fans.
Inverfest volvió a cumplir su promesa: encender corazones cuando más falta hace. Y el Doctor Rot, lejos de vivir de la nostalgia, sigue creciendo, canción a canción, noche a noche.
Ariel Rot, un artista en permanente crecimiento.




