En la Sala Villanos, durante el festival Inverfest, The New Raemon logró conjurar a las ninfas del tiempo. Verlos en directo era un anhelo largamente esperado. Sus letras intimistas, honestas e íntegras resuenan como aquel mantra de Camarón en Volando Voy: enamorado de la vida, aunque a veces duela.
El otro día reescuchaba la discografía de The New Raemon e incluso me animé a ponerla en el coche con un grupo de colegas, como quien deja un buen libro en un andén, esperando que un alma afín lo descubra. Me sorprendieron con un simple: qué triste. Y es en esa epifanía donde uno se descubre a sí mismo y comprende que hay un tiempo y una distancia que no obedecen a las leyes de la física. Para mí, su música es como una película de Sorrentino y su Antonio Pisapia, el exfutbolista de L’uomo in più, cuando el director de su antiguo club, agotado por sus insistencias, le dice: El fútbol es un juego y tú, Antonio, eres un hombre triste.
Es curioso cómo, en la banalidad de una palabra y en su reduccionismo, se esconde una de las mayores tiranías de nuestra sociedad: la obligación del Be Happy. Una tiranía que fomenta la disonancia cognitiva y esa sensación de tener que seguir adelante, aunque el circo haga aguas. Frente a ello, hay artistas que le cantan a la realidad, como The New Raemon, McEnroe, Daniel Johnston o Antony and the Johnsons (Anohni). Voces atemporales donde encontrar respuestas y cobijo, como en una reunión de Sensibles Anónimos. Y que se vaya a la mierda la prohibición de abrazar la tristeza, para renacer en canciones llenas de sentido.
Laia Cartró: un debut veterano
La encargada de abrir la noche fue Laia Cartró. Con voz melódica, composiciones armoniosas y letras que celebran la magia de lo cotidiano, y un directo sin artificios, mostró su LP debut The Way In. Mientras sonaban Body Home y Calling Out Your Name, me vinieron a la cabeza imágenes de Fremont, de Babak Jalali. Canciones que funcionan como banda sonora de cualquier instante vital.
Laia estuvo acompañada por la bajista y el batería de The New Raemon, formando un trío fantástico que intercalaba momentos en los que ella interpretaba temas inéditos en solitario, reforzando la intimidad de su propuesta. Dos canciones nuevas, Freefall y Wanderer, cautivaron a la audiencia y anunciaron que la noche sería memorable. Laia ofreció un directo de folk-indie repleto de canciones redondas, culminando con la espléndida y pegadiza Getting Old. Su primer disco deja entrever un futuro artístico prometedor y lleno de éxitos.

The New Raemon: cabalgando las modas
The New Raemon apareció en escena con la sencillez y la nobleza propias de un artesano. La expectación en la Sala Villanos era un latido contenido, pendiente de la redención de sus letras. Como flores que brotan en el asfalto, los primeros acordes de Laberinto —uno de los temas nuevos de Postales de Invierno— hicieron que el público esbozara una sonrisa, reviviendo la emoción de esas flores que caen y vuelven a nacer. Fue impresionante sentir cómo la audiencia apoyaba, con total entrega, una propuesta tan fiel y desnuda.
Miradas encendidas de emoción iluminaron sus rostros mientras se sucedían temas nuevos y bien madurados como Sentados Sobre el Trueno, Ocurrimos Lejos y Diez Años en un Día. Ramón agradeció la presencia incondicional de la audiencia y llegó el momento de Era Amor, canción basada en un poema de Ricardo Lezón (McEnroe), incluido en Nuevos Bosques, disco de referencia donde McEnroe y The New Raemon muestran una sensibilidad única.

Como si fuera el Drácula de Coppola, comenzó a sonar Entre el Alba y la Noche, con su pegadizo estribillo: Nuestro amor es más fuerte que la muerte. Con un aura solemne e inmortal, Ramón terminó bromeando sobre la siguiente canción: la más alegre que tenían y su único hit, Reina del Amazonas. La sala estalló; la gente bailaba con los ojos cerrados, incombustible, flotando entre melodías. Un himno colosal, un tributo a todas esas reinas cuyas sonrisas inundan nuestras sombras.
Sin perder el hilo, Ramón pidió al técnico de luces que ajustara la iluminación; no lograba ver al público. Lejos de parapetarse tras el personaje, prefirió conectar con cada asistente. Jocosamente, solicitó una luz como si estuvieran en un teatro ensayando. Comentó que solo quedaban nueve copias en vinilo del disco nuevo, bromeando con que hoy en día grabar un disco sale más caro que una ortodoncia.
Arrancaron los acordes de Amor Mío y el concierto se transformó en un mar de amigos reencontrados. Las profundidades sonoras de Lo Bello y lo Bestia llenaron la sala. El tributo al recuerdo, y a la incapacidad de olvidar esas rutinas huérfanas que quedan tras una ruptura, llegó de la mano de Sucedáneos y La Cafetera.

Todos sentimos esa catarsis que llega al remover viejos fantasmas y ponerles nombre: una mezcla de liberación, serenidad y redención. En ese mar emotivo sonó Lluvia y Trueno. Al finalizar, presentó a la prometedora bajista Leia Destruye, bromeando con que solo sabe hacer dos cosas bien en la vida: hijas y canciones. Leia iluminó con su bajo la ausencia de Ricky Falkner, acompañada por Marc Prats al piano, Rick Lavado a la batería y Pablo Garrido a la guitarra.
Ramón se quedó solo en el escenario para cerrar una noche mágica. Con franqueza, preguntó al público si les había gustado el nuevo material, destacando que está reconciliado con todas sus canciones. Interpretó magistralmente Agosto del 94 (de McEnroe) y la sala quedó suspendida en una extraña sensación de trascendencia. Antes de despedirse, regaló Te Debo un Baile y Tú, Garfunkel, con la banda de vuelta en escena para arroparlo en el cierre del concierto.

Resumen de The New Raemon en Inverfest
Escuchar a The New Raemon es un acto de honestidad: sumergirse en aguas de sentimientos que a veces amenazan con hacernos naufragar y descubrir, en cada estrofa, que incluso en la tristeza hay un faro que no nos olvida. Sus canciones nos recuerdan que no siempre hay que be happy, que está bien sentir el peso del mundo y que, en esa aceptación, late la semilla de la esperanza.

Al final, en la vida como en los conciertos de The New Raemon, uno comprende que, por grande que sea el bosque de juego, siempre queda espacio para lo inesperado. Como aquel gol de Maradona —imposible y mágico—, sus canciones nos enseñan que incluso en la derrota puede florecer la belleza, y que en la melancolía también cabe la Mano de Dios, esa chispa que nos ilumina, canción a canción.








