La noche del sábado 21 de marzo en Madrid tenía algo de ritual de cambio de estación. En la sala Starving, con ese aire de refugio para fieles del underground, se celebraba el cierre de la gira española de la banda italiana Ananda Mida, que venían de dejar huella en Barcelona, Zaragoza y Bilbao. Diez años de ese término tan suyo —psykraut’n’roll— resumidos en un directo que prometía más cuerpo que etiqueta.
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ToggleAnanda Mida incendia Madrid en una noche para el recuerdo
Dhurma: la combustión perfecta
A eso de las 21:00, sin preámbulos, la banda madrileña Dhurma tomó posiciones para calentar la sala. Lo suyo no es abrir, es activar. Desde el primer acorde dejaron claro que la noche iba a ir de pulsaciones altas.
Con Trópico Thunder comenzaron a tejer una red instrumental que se fue cerrando poco a poco sobre el público. Dos guitarras bien ensambladas, bajo firme, batería precisa y una capa de teclados y sintetizadores que aportaba profundidad sin distraer. La sala respondió pronto, con aplausos sinceros tras cada corte.

Phased Out y Roadless consolidaron ese viaje sin palabras pero lleno de intención, donde cada riff parecía diseñado para entrar directo por la columna vertebral. Entre medias, presentaron un tema nuevo, aún sin bautismo definitivo —2 oxi pa, dijeron con media sonrisa—, que dejó entrever que su repertorio sigue creciendo sin perder identidad.
El cierre con Lizards fue un golpe final seco y efectivo. La ovación fue de las que no se negocian. Dhurma dejó la sensación de banda en expansión constante, con una energía difícil de domesticar.
Tras su actuación, el sentir general era que su caudal artístico es inacabable. Esos cuerpos deben estar bendecidos por los dioses para soportar todo el furioso talento que cargan sobre sus espaldas.
Ananda Mida: el ritual toma forma
Mientras el público se refresca con zumo bien frío de cebada y lúpulo fermentado, mientras se realizan los ajustes de rigor sobre el stage, todo queda dispuesto para que Ananda Mida se incruste en el centro del corazón del respetable.
Desde el primer compás de Swamp Thing queda en evidencia que lo suyo es cosa seria. Son cuatro dragones que van tomando forma humana, pero solo en parte, porque la sabiduría mitológica de su interior brota hasta formar un volcán sonoro.

Ananda Mida apareció con esa presencia que no necesita presentación y, desde que abrieron el set, la declaración de intenciones estaba clara. La noche quedaría para enmarcar en el alma de todos los presentes. Sonido compacto, volumen medido con inteligencia y una banda que juega con la dinámica como si fuera materia física. Desde ahí, el viaje fue ascendente.
El repertorio navegó entre cortes de sus discos Reconciler, Cathodnatius y Anodnatius, con paradas especialmente celebradas en Doom And The Me Dice Part V y The Pilot, donde el público respondió con una mezcla de entrega física y concentración casi hipnótica.
En escena, el cuarteto funciona como un organismo único. El frontman, en un momento de máxima intensidad, se subió a los altavoces y extendió el micrófono hacia la primera fila, como si ofreciera parte del ritual al público. Nadie dudó en aceptar.

Durante toda la velada juegan y se inmolan con los ritmos y las texturas, como verdaderos titanes del rock. Se les ve cómodos sobre las tablas, como si fuera su lugar natural y en el cual se expresa en toda su magnitud su alma.
Psicodelia con pulso físico
Lo más interesante del directo de Ananda Mida es su capacidad para moldear el tiempo. Aceleran sin perder control, ralentizan sin caer en la dispersión. Cada tema se construye como una estructura viva. El show que propone el combo italiano es un manantial de rock psicodélico en un espectro bien amplio y con evidentes rasgos stoner.
Aktavas llegó como uno de los puntos álgidos: densa, directa, sin concesiones. Ahí la sala ya no era un conjunto de individuos, sino un solo cuerpo reaccionando al unísono. La ecualización —limpia incluso en los momentos más saturados— permitió que cada capa sonora encontrara su espacio.
Es tal el magnetismo que irradian que los espíritus de los propios músicos se escapan de sus cuerpos para ver el éxtasis en las miradas. Ananda Mida se pone su uniforme de humanos para mezclarse con los mortales, pero conforme avanza el espectáculo, a todos los presentes les queda claro que no son de este mundo. Ese don que poseen es cosa seria y traspasa cualquier forma de vida conocida.

Hubo momentos de auténtica suspensión, donde la psicodelia dejó de ser estética para convertirse en experiencia. No hizo falta artificio visual; el peso recaía en el sonido y en la interpretación.
Desde aquel debut en 2015 que sentó las bases sólidas de la banda, su mitología como agrupación no ha hecho más que crecer y crecer. Los cuatro dragones en el show envuelven con sus alas, clavan sus colmillos y van quemando sienes.
Mas que una banda de rock, una actitud del riff
A Ananda Mida se le ha definido en reiteradas oportunidades, hasta un servidor, como una agrupación de rock psicodélico y stoner. Pero después de verlos en vivo, puedo sostener y sostengo, con el recuerdo en la memoria del periodista Fernando Onega, recientemente fallecido, que la banda es mucho más que eso. Son la prueba fidedigna de que la vida sin música no es viable. Verdaderamente es un grupo de esos que literalmente desatan un vendaval sonoro en vivo y logran que el recinto sea un solo latido.

Sus canciones funcionaban en el directo como imágenes que toman una dimensión espectacular. Su show es un film al que cualquier galardón se le queda pequeño. Sus creaciones son estocadas certeras, contundentes y letales. No es que sean recomendables en vivo, sino que son una tarea obligatoria. Sin miedo a equivocarme, puedo afirmar que son una experiencia religiosa que todo ser humano debe contemplar al menos una vez en la vida para sentir cómo el rock bien ejecutado es posible.
Talento a raudales y combinado con una ejecución excelsa, sumado a un volumen perfecto, con una gran ecualización y entrega absoluta, dan como resultado una comunión plena con la platea. Aplausos y más aplausos los acompañan durante su ritual.
El cierre: sudor y memoria
La banda en todo momento hace levitar al público, a los instrumentos y hasta la sala con sus composiciones. Los cuatro músicos dan la sensación de expandirse hasta límites desconocidos por la humanidad. Logran que sus canciones sean la nave ideal para un viaje hasta el cosmos donde los dioses escuchan y bailan al ritmo del rock, pero el tiempo es cruel.
Cerca de las 23:30 horas, tras un set sin fisuras, llegó el final con Blank Stare. La banda terminó empapada, el público también, cada uno a su manera.
No hubo grandes discursos ni bises al uso. La ovación fue larga, sostenida, con ese punto de incredulidad que dejan los conciertos que funcionan de verdad.
Ananda Mida cerró en Madrid una gira que confirma su crecimiento y su capacidad para trascender etiquetas. Lo suyo no es solo psicodelia ni stoner. Es una forma de entender el directo como espacio vital, donde el volumen, la precisión y la entrega construyen algo que se queda.
Autores

Redactor, fotógrafo y entrevistador de Arepa Volátil. El riff como capa, la poesía como espada y el rock and roll como sangre bendita. La música, el único escudo.
Escritor de pluma honesta, siempre atento a las propuestas emergentes, a los artistas que rompen moldes y con devoción suprema a los dioses de la música.
Rockstar a mi manera.
Los shows en directo, la sal de la vida.
Fotografío como quien parpadea: de forma natural, instintiva, inevitable. Me gusta la música, aunque a menudo huyo de las propuestas masivas; como en aquel teatro de barraca e itinerante, siento que las experiencias más auténticas están en lo pequeño, en lo efímero, en lo que apenas deja huella salvo en quien lo presencia.
También disfruto del cine, aunque confieso que, cuando se vuelve demasiado de autor, necesito verlo en varias partes porque acabo quedándome dormido… aun así, he visto casi toda la filmografía de Béla Tarr, y uno de mis pequeños tesoros es un libro de animación firmado por los Hermanos Quay.
Encuentro en el teatro y la danza —especialmente en propuestas que se escapan de lo habitual, como el teatro físico, el butoh o la performance— un territorio fértil para la emoción y la inspiración. Siempre que en Madrid surge algún sarao escénico fuera de lo común, intento estar allí con mi cámara, capturando lo invisible entre luces y cuerpos en movimiento.
De vez en cuando escribo crónicas de esas experiencias, para compartir no solo lo que vi, sino también lo que sentí. Actualmente colaboro como corresponsal y fotógrafo en Arepa Volátil, donde documento parte de esas vivencias para que otros puedan asomarse a ellas.



























