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Antonio Maestre y la “gusanera fascista”: crónica sonora del exilio

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Manual (de lo Anormal) sobre musicoterapia para Antonio Maestre

Antonio Maestre, ese entomólogo de salón que confunde una arepa con un misil, ha dictaminado desde su púlpito en La Sexta que la diáspora venezolana es una «gusanera fascista». En el Manual de lo Anormal, siempre atentos a las patologías del ego zurdo peninsular, hemos decidido que, si vamos a ser una plaga, al menos tendremos la mejor banda sonora del exilio.

Porque, Antonio, para entender a este enjambre de «gusanos» que te quita el sueño entre tertulia y tertulia, no hace falta leer a Marx; hace falta tener oído. Aquí tienes la guía definitiva para que aprendas a bailar sobre el rastrojo de tus propios prejuicios.

La síncopa que la izquierda caviar no entiende

Para el purismo estético de la izquierda que cena en el barrio de Salamanca, la música venezolana es un ruido sospechoso. No entienden que el venezolano no emigra: huye con un ecosistema de decibelios.

Si escuchas Llorarás, de Oscar D’León, del pasado, antes de ser el guabinoso de hoy, y hacerlo a todo volumen en un piso de Usera, Maestre ve una célula de entrenamiento paramilitar. Nosotros vemos a un tipo limpiando el baño mientras recuerda que en Caracas el sol no pedía permiso. Antonio, la clave de la salsa es el «tumbao», algo que difícilmente entenderás mientras sigas marchando con el paso rígido de quien tiene un manual de instrucciones en lugar de columna vertebral.

El «efecto Canserbero»: ¿rap de conciencia o sedición derechista?

Aquí es donde el cortocircuito cerebral de la intelectualidad de Twitter llega al clímax. Si un venezolano cita a Canserbero, Maestre busca debajo de la cama a ver si hay un cheque de la CIA.

«Mucho menos que un político, yo soy un rapero», decía el Can. Pero, para la lente miope del articulista, cualquier crítica a un autoritarismo tropical es, automáticamente, un paso doble de Falange. Lo sentimos, Antonio: se puede ser de abajo y no querer que el Estado te diga hasta cuándo puedes respirar. Eso no es fascismo, es sentido común rítmico.

Venezuela (Herrero y Armenteros): el himno que confunde al entomólogo

Cuando suena eso de «Soy desierto, selva, nieve y volcán», el «gusano» promedio suele soltar una lágrima. Para el Manual de lo Anormal, esto es un fenómeno fascinante: el llanto de quien perdió su casa ante quienes Maestre considera «secuestrados».

¿Es nostálgico? Sí. ¿Es cursi? Quizás. ¿Es fascista? Solo si crees que extrañar una tierra sin cartillas de racionamiento, con servicios públicos eficientes y seguridad legal y personal, es un acto de extrema derecha. Maestre analiza la canción buscando mensajes subliminales de libertad de mercado, cuando lo único que hay es el sonido de una identidad que no cabe en tus etiquetas de 280 caracteres.

Playlist para sobrevivir a la «alerta roja» (rojita) de las tertulias

Si quieres irritar a un opinólogo profesional, te sugerimos subir el volumen de estos «Hits de la Gusanera»:

Me rehúso (Danny Ocean): Un reggaetón que nació de una despedida forzada por la crisis. Es el perreo que el sociólogo de salón no sabe clasificar.

Caballo Viejo: Porque para Antonio Maestre, Simón Díaz era seguramente un oligarca latifundista encubierto por hablar de sabanas.

Mi Felicidad (Nacho y Víctor Muñoz): El equivalente auditivo a una manifestación que Maestre borraría de su feed.

El baile de los anormales

Antonio, los venezolanos en España no somos una «gusanera». Somos una orquesta de supervivientes. Si nos llamas «fascistas» por no aplaudir el hambre, la ausencia de servicios básicos, la inseguridad y, para de contar, es que tu brújula moral tiene el mismo ritmo que un metrónomo viejo y oxidado.

Mientras tú sigues escribiendo artículos para escucharte a ti mismo, nosotros seguiremos poniendo la música alta. No por molestar, sino porque el exilio suena a muchas cosas, pero jamás sonará al silencio sumiso que tú esperas de nosotros.

…Nos vemos en los juzgados.

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Autor

  • Antonio Maestre Gusanera Fascista

    Soy abogado caraqueño afincado en España, pero la música siempre ha sido mi verdadera escuela. En los 90 fui multiinstrumentista en bandas que sonaban peor de lo que recuerdo, experiencia que me llevó a convertirme en locutor radial y, más tarde, en cronista musical. Hoy escribo para Arepa Volátil y escribo la columna El Manual de lo Anormal, un espacio donde la música y la cultura se exploran desde ángulos poco convencionales, con la mirada de alguien que alguna vez intentó tocar lo que ahora analiza.

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