InicioReseñasBad Bunny llevó el verano Boricua a Costa Rica con dos conciertos

Bad Bunny llevó el verano Boricua a Costa Rica con dos conciertos

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La energía de Bad Bunny se sentía incluso antes de entrar al Estadio Nacional el pasado 6 de diciembre. Durante dos días, Costa Rica había estado cargando una especie de corriente eléctrica invisible, un imán que vibraba en cada esquina esperando el Debí Tirar Más Fotos World Tour. La primera noche la viví desde afuera: llegué tarde y apenas alcancé a oír su despedida mientras bajaba del escenario. Aun así, el ambiente lo decía todo. Rostros encendidos, gargantas rotas, ese brillo inconfundible en los ojos de la gente. Era el aftermath de una batalla recién librada.
La batalla del perreo en Costa Rica.

Bad Bunny en Costa Rica
Bad Bunny – Backstage Magazine @sergio_cespedes_esquivel

Un segundo intento por ver al Conejo Malo

Para la segunda noche me preparé mejor. Llegué temprano, respirando hondo, con la intuición de que lo que venía a ver sería distinto. Al entrar al estadio lo sentí de inmediato: una mezcla perfecta de luces, murmullos, música y expectativa. El set montado, la gente acomodándose, el aire templado. Todo se alineaba como una sinfonía antes del primer golpe de tambor, como si todos supiéramos que algo grande iba a quedar grabado en los corazones.

Vídeo cortesía de Backstage Magazine

Cuando arrancó con LA MUDANZA, el estadio se convirtió en un solo organismo. Nadie estaba frío. Callaíta en versión salsa, Pitorro de Coco, Weltita junto a Chuwi, Turista, Baile inolvidable y Nuevayol fueron encendiendo un fuego colectivo que no bajó en toda la noche.

Bad Bunny en Costa Rica
Bad Bunny – Backstage Magazine @sergio_cespedes_esquivel

El momento de La Casita trajo otra vibra por completo. El espacio enorme se volvió íntimo, casi como un patio puertorriqueño improvisado en medio de Costa Rica, un refugio cálido en pleno mar de multitudes. Allí llegaron Tití me preguntó, Neverita, Si veo a tu mamá en versión techno, Voy a llevarte pa’ PR, Me porto bonito, Bichiyal, Yo perreo sola, Efecto, Safaera y más, hilando un recorrido casi cronológico por distintas etapas del universo musical de Bad Bunny. Y cuando sonó Safaera, el Estadio Nacional explotó. No fue solo un grito: fue una liberación colectiva, una catarsis que sacudió gradas, cuerpos y memorias. Esa clase de canción que se baila con historia, con barrio, con alma.

Después llegó una sorpresa especial: un tema exclusivo para los costarricenses, hecho a la medida de quienes estuvimos ahí y que terminó de sellar la noche como algo único, irrepetible, casi un regalo que solo cobra sentido en directo.

De regreso al escenario principal, la intensidad subió aún más. Ojitos lindos, La canción, KLOU FRENS, BOKETE y luego la aparición de Jhayco para una secuencia que dejó sin aliento a todo el estadio: DÁKITI, Tarot, No me conoce y Cómo se siente. Fue uno de esos momentos que te recuerdan por qué la música en vivo mueve masas de forma literal: porque sincroniza corazones, acelera pulsos y, por unos minutos, convierte a miles de desconocidos en un mismo cuerpo vibrando al unísono.

Bad Bunny en Costa Rica
Bad Bunny y Jhayco – Backstage Magazine @sergio_cespedes_esquivel

El apagón marcó el inicio del cierre, seguido por Debí tirar más fotos, un instante lleno de mucha emoción, como si todos encontráramos algún reflejo en esas palabras, una confesión colectiva sobre la nostalgia y el deseo de retener lo irrepetible. Y finalmente llegó el estallido total con EoO. Fuegos, luces, saltos, voces; un final explosivo que dejó al Estadio Nacional vibrando incluso después de que él ya no estaba en escena, como si la energía del concierto se hubiera quedado suspendida en el aire, negándose a apagarse tan rápido.

Bad Bunny en Costa Rica
Bad Bunny – Backstage Magazine @sergio_cespedes_esquivel

Hay algo más que convirtió estas dos noches en una experiencia interactiva: al entrar nos dieron unos carnets con lucecitas que varios confundieron con cámaras. En realidad, forman parte de un sistema sincronizado con la música y el light show, dispositivos que cambian de color, pulsan al ritmo del espectáculo y construyen un efecto visual masivo que envuelve tanto al público como al artista. Popularizadas por bandas como Coldplay, ya son un sello característico de las grandes producciones globales, una herramienta que transforma a cada asistente en un fragmento vivo del escenario.

En Costa Rica, no solo acompañaron toda la experiencia: hicieron que incluso la salida del estadio se sintiera mágica, como una despedida luminosa que avanzaba en oleadas mientras la multitud caminaba hacia la calle. Una especie de epílogo brillante que no querías que terminara.

Más que un concierto, lo que se vivió esa noche fue una comunión entre dos países que se parecen más de lo que creen, una muestra de cuánto compartimos los latinos en lo que verdaderamente importa: la música, la alegría, la identidad, ese sentido de pertenencia que trasciende fronteras. Bad Bunny no solo trajo su repertorio: trajo un pedazo de Puerto Rico, su verano, su calor y su identidad. Costa Rica lo recibió con el corazón abierto, como quien reconoce algo familiar en medio del ruido.

Fue una noche que se queda pegada en la piel. De esas que sabes que vas a recordar incluso años después, cuando alguien mencione aquel diciembre en el que el Conejo Malo convirtió un estadio tico en la fiesta más grande del Caribe y del Pacífico, un puente luminoso entre islas, costas y memorias compartidas.

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Autor

  • Bad Bunny en Costa Rica

    Soy Rod Castillo, el Colaborador y Redactor especializado en música para Arepa Volátil. Mi vida se divide entre los códigos de la informática y el tempo de la batería; esta doble expertise me permite desgranar un single o un álbum no solo desde la emoción, sino entendiendo la ingeniería sonora detrás de cada track.

    Me conocen como el #nümetalkid. Desde Costa Rica, aporto una perspectiva rítmica y técnicamente informada a mis análisis: si algo no trae ritmo, lo hackeo hasta que suene. Mi trabajo es convertir el ruido y las emociones complejas en palabras, asegurando que el contenido de Arepa Volátil tenga siempre el groove y la autoridad que la escena musical merece.

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