InicioReseñas¿Dónde es el after?, el disco MÁS GRANDE de Rawayana

¿Dónde es el after?, el disco MÁS GRANDE de Rawayana

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La banda venezolana Rawayana lanzó ¿Dónde es el after?, su séptimo álbum de estudio. Un release inesperado, tanto por su duración como por la variedad de ingredientes sonoros —si se me permite la licencia— que intenta cocinar a lo largo de sus veintitrés temas.

¿Cuáles son esos ingredientes? ¿Qué inquietudes atraviesan el proyecto? Y, sobre todo, ¿el sabor final justifica la cantidad de recursos empleados? Lo veremos, vamos por partes. Pero antes, un breve inciso:

Una manada de elefantes

Es imposible comprender la complejidad de la música contemporánea venezolana sin atender al contexto político y social en el que esta florece. Por incómodo que resulte, es necesario hablar de la música como instrumento político. Gobiernos como los de Ortega en Nicaragua, Castro en Cuba o Chávez en Venezuela han utilizado jingles durante décadas como herramientas de propaganda emocional, control simbólico y pedagogía política. Estas técnicas se sostienen sobre una idea clave: la falsa pertenencia, ese si suena como el pueblo, debe ser del pueblo.

Dónde es el after RawayanaCondicionar desde la autoridad resulta brusco y poco elegante en el papel; por eso entran en juego canciones, versos y jingles con un único objetivo: repetir hasta normalizar.

Este repaso de historia reciente no es gratuito, sino necesario para enfrentar un disco tan pop como ¿Dónde es el after? y poder diferenciar, como el agua del vinagre, entre obra musical y producto político. El álbum está salpicado de interludios actuados, versos con una mezcla de referencias y acentos tan amplia que se diluye desde los primeros temas y, en definitiva, una serie de decisiones comerciales que hacen que el disco se sienta, por momentos, como un folleto turístico de lo que se espera que sea Venezuela y los venezolanos, una vez caiga definitivamente la dictadura.

Sacado el elefante de la habitación, podemos pasar al disco. Porque, en ese terreno, ¿Dónde es el after? tiene aspectos imposibles de ignorar.

Puntos negativos: Intentar abarcarlo todo

El álbum aborda tantos géneros de forma superficial que la escucha no solo se vuelve agobiante, sino infructuosa. ¿Dónde es el after? salta sin miramientos de la conga al merengue, de la bachata a la salsa; del reguetón al funk caribeño y a la tonada llanera. Es abarcativo hasta el exceso y transmite la sensación de intentar pegarse a juro y porque sí.
Inflar un álbum tocando todos los géneros que aparezcan en Billboard, sumar feats en cascada y acompañarlo de mucho bombo es una estrategia conocida. Más que un disco conceptual, el proyecto se siente como una amalgama de intentos que jadea por relevancia cultural. Un trabajo que palidece frente a discos anteriores de la banda como Licencia para ser Libre (2011), Trippy Caribbean (2016) o incluso Cuando los acéfalos predominan (2021), donde la crítica al régimen era ágil, certera y bien apuntada, no un copiar y pegar del célebre discurso de Renny Ottolina.

Al igual que Karol G con Tropicoqueta o Rauw Alejandro con Cosa Nuestra: Capítulo 0 (2025), Rawayana se suma a la estela de Debí tirar más fotos de Bad Bunny. Una tendencia que se afianza desde que la industria entendió que, por ahora, lo latino vende. El problema aparece cuando la búsqueda es abarcativa y no incisiva, porque cuando el enfoque es utilitario, el estereotipo resulta lo más rentable.

Y lo más rentable, al parecer, es mezclar recursos sonoros sin medida. Porque si ya le pusiste, ponle más. Ponle dos. Ponle tres.

¿Dónde es el after? es la propuesta menos sostenible de Rawayana hasta la fecha: un arroz con mango en toda regla. Justamente porque intenta ser todo sin profundizar en nada. Quiere ser venezolano, pero también puertorriqueño, colombiano y argentino. Quiere ser Bad Bunny y Los Amigos Invisibles, pero también ROSALÍA y Los Cafres. Lo importante es que la etiqueta diga música latina. Aspira a ser clásico y actual, desenfadado y solemne al mismo tiempo. Quiere a Asier de Caramelos de Cianuro, pero también a Joaquina; a Mazzarri y a Justin Quiles. Y ponle un interludio de Cerati, uno de Ottolina y otro de Adrián Rodríguez. Y si ya le pusiste, ponle más.

En algunos tramos, el disco da la sensación de haber sido concebido y apurado artificialmente para convertirse en el soundtrack del fin de la dictadura. Como si la susceptibilidad fuera una métrica comercial más que explotar. Este argumento encuentra respaldo en Mimir, un breve tema de afro house que, irónicamente, no invita a bailar, sino a trabajar, ser responsable y dormir poco. Tampoco se trata de conjeturar, simplemente recordar que toda pieza artística viene cargada de una intención, y que como oyentes siempre es sano preguntarse: ¿Qué intención hay aquí?

Puntos positivos: cuando Rawayana se reconoce a sí misma

La primera parte del disco es, sin duda, la más disfrutable. Temas como Reyimiller y Bienvenidos a la Tierra se cuentan entre lo más interesante del proyecto: concisos en el funk, con una experimentación que juega con la fórmula clásica sin romperla. El aporte de DannyLux resulta adecuado y funcional, al igual que el de Manuel Turizo con Inglés en Miami.

El paso de Rawayana por las Colorshow Sessions se convierte en uno de los ejes más sólidos del álbum. En Reyimiller, los arreglos son pintorescos y las oscilaciones vocales del intro permiten que el primer verso caiga con naturalidad, pese a que Beto adopta un registro más urbano y corporal de lo habitual, que no siempre le sienta bien. Aquí, sin embargo, funciona. El estribillo con doble voz arrastrada no es el homenaje más acertado a Héctor Lavoe, pero cumple su función sin resultar desastroso.

Por su parte, las baterías espaciadas de Bienvenidos a la Tierra, acompañadas de inserts de ladridos, gemidos, jadeos y flashes, aportan un contrapunto fresco. El estribillo se disfruta porque evoca alegría en lugar de intentar fabricarla, y por eso deja un regusto dulce y orgánico, poco común en el resto del álbum. Además, el comentario social es sofisticado y, aunque exige leer entre líneas, remite a temas icónicos como Tucacas.

En su tramo inicial, ¿Dónde es el after? explora sonidos que sí suman a la fórmula Rawayana: tambor, arreglos de cuerdas cristalinas en contraste con percusiones vivaces, panderetas y sintetizadores. Todo ello desde un lugar que, al menos, no se siente artificial. El setlist conserva cierta identidad hasta el octavo tema; a partir de ahí, el concepto se dispersa como agua derramada y se bifurca en demasiados caminos sin llegar a un destino claro.

Es en esa primera sección donde se vislumbra una nueva era potencialmente interesante para la banda. Con una dirección sonora más definida y una búsqueda artística más concisa, Rawayana podría posicionarse como una de las bandas capitales de ese imaginado renacer musical para Venezuela y los venezolanos.

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Autor

  • Dónde es el after Rawayana

    Soy Andrés Lissi, escritor y fotógrafo venezolano radicado en Madrid, con una pasión constante por la música y el periodismo cultural. Mi trabajo se caracteriza por un oído crítico y sensible, un gusto ecléctico y una pluma honesta y cercana.

    Como periodista musical, he colaborado en medios especializados, reseñando discos, cubriendo conciertos y entrevistando a artistas emergentes y consolidados. Actualmente soy corresponsal y fotógrafo de Arepa Volátil, donde aporto mi visión para documentar y narrar la escena musical con cercanía y autenticidad.

    Mi enfoque combina sensibilidad artística y rigor periodístico, generando piezas que inspiran, cuestionan y enriquecen la experiencia musical en su escucha o lectura.

    Soy un creador que une literatura, fotografía y crítica musical en un mismo espacio narrativo, consolidándome como una voz joven y prometedora dentro del periodismo cultural contemporáneo.

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