Inicio180 BPM y un Tetero¿Foo Fighters o La Vaca Lola? Crónica de una derrota anunciada

¿Foo Fighters o La Vaca Lola? Crónica de una derrota anunciada

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Son las tres de la mañana de un martes de enero en Ciudad de México. El frío cala de esa forma traicionera que en La Guaira no existe, y yo estoy aquí, parado en medio de la sala, tratando de no tropezarme con un perro mientras calibro un tetero con la precisión de quien está desactivando una bomba. Mi hijo, que apenas va para los cuatro meses, tiene una capacidad pulmonar que ya quisiera cualquier vocalista de la escena punk de Caricuao. El carajito no articula palabra, pero cuando suelta el primer grito a 180 BPM, el nivel de decibelios me hace dudar de si estoy en mi casa o atrapado en un pogo violento en el Molino Rojo, circa 2012.

Del punk al playlist infantil: la guerra con el algoritmo

Llevo once años rodando por afuera. Pasé un tiempo en Colombia tratando de entender qué era un «parce», para terminar aterrizando en México, donde el «ahorita» es ley. Llegué a la paternidad con una soberbia melómana digna de un pajuato. Yo juraba que mi hijo dormiría arrullado por el bajo de 311 o la suciedad perfecta de Sublime. Me imaginaba como el “Cool Dad” definitivo, ese que le pondría NOFX, AC/DC o Bad Religion al carajito para que desarrollara un oído crítico y no se dejara estafar por la industria. Pobre de mí.

La realidad en 2026 es que el algoritmo es un dictador sin asco. Es una guerra de guerrillas que voy perdiendo por goleada. Intentas meterle un riff de los Foo Fighters para que el chamo sienta la energía y, de pronto, te descubres tarareando una vainita de sintetizador barato sobre una granja que no tiene ni síncopa ni sentido social. Es la muerte del ego en cámara lenta. Mi Spotify, antes un templo de Skate Punk y Reggae Californiano, hoy parece el historial de búsqueda de una guardería con presupuesto de hambre.

Ahí entra el “beta” genético. El carajito es un experimento cultural que ni en la NASA sabrían explicar. Nació chilango, pero trae una carga genética explosiva: salitre de La Guaira y petróleo de Cabimas. Imagínate esa mezcla: un «Chamo-Chilango» que va a crecer pidiendo tacos al pastor con harta salsa, pero queriendo comérselos como si fueran un patacón a orillas del Lago. Es una identidad híbrida que ya, a sus tres meses y pico, demuestra el temple de quien sobrevive a una cola del registro y la alegría de quien se gana un viaje a la playa.

Cuando el caos escala —el bebé gritando, los perros ladrándole a la nada y el cansancio pegando como un mal viaje—, mi única trinchera es el sonido de la Costa Oeste. Hay algo en la complejidad rítmica de RX Bandits o en la velocidad de Pennywise que evita que mi sistema nervioso haga cortocircuito. Es mi diazepam auditivo, lo único que me recuerda que, aunque tenga el hombro manchado de leche, la vida sigue teniendo swing.

Patear calle tanto tiempo afuera te da piel, pero la esencia venezolana es la que te hace gestionar el desastre con humor. Ser padre no es «madurar» en ese sentido aburrido que nos vendieron; es, en realidad, el acto de rebeldía más grande que he hecho. Es decidir que, en un mundo de papás de catálogo de Instagram, nosotros vamos a mantener la distorsión encendida.

Al final de la jornada, cuando el «frontman» por fin se duerme, viene el cierre de caja. Ya no son noches de beber hasta que el cuerpo pida clemencia; ahora es algo esporádico, casi un ritual. Un vasito de ron venezolano es el que me permite procesar la locura y conectar al carajo que arreglaba el mundo en la cocina del Molino con el hombre que hoy vigila un monitor de bebé. El tour apenas empieza.

¡Salud por eso, y que el ron no falte!

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Autor

  • ¿Foo Fighters o La Vaca Lola?

    Soy publicista, papá a tiempo completo y sobreviviente de las noches de rock caraqueñas. Guaireño de pura cepa, hoy soy corresponsal y columnista de Arepa Volátil en México, donde escribo desde la experiencia, la calle y la memoria musical. Intento que el punk-rock no muera bajo la dictadura de las canciones infantiles mientras crío a un chamo-chilango en Ciudad de México.

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