La noche del miércoles tenía todos los ingredientes para quedar grabada en la memoria de los amantes del punk rock en Madrid. A las 21:45 horas, la iluminación de La Riviera se apagó definitivamente tras una intensa velada de bandas invitadas. Bastaron unos segundos para que la batería de Byron McMackin rompiera el silencio con los primeros compases de Peaceful Day. A partir de ese instante, el recinto dejó de ser una sala de conciertos para convertirse en un gigantesco hervidero de pogos, cánticos y cerveza volando por el aire.

Más de tres décadas después de su formación, Pennywise sigue conservando intacta la esencia que los convirtió en una de las grandes instituciones del punk californiano. Lo demostraron ofreciendo un repertorio repleto de clásicos, ejecutados con una precisión impecable y una energía que parecía desafiar el paso del tiempo.
Tres bandas, una misma filosofía
La jornada comenzó con los madrileños Bladders, quienes fueron los encargados de inaugurar la fecha con un concierto directo y sin artificios, defendiendo su reciente EP Bloody Guy. Temas como Just Pry, Broken Glass o Continental Breakfast sirvieron para despertar a un público que rápidamente comenzó a formar los primeros pogos de la noche. Su actuación dejó claro que la escena local atraviesa un excelente momento de forma.
End It como furia sonora
El relevo llegó con End It, que transformó el ambiente en cuestión de minutos. Los estadounidenses ofrecieron un set explosivo donde el hardcore más crudo se mezcló con constantes guiños al thrash. Desde el primer minuto, su vocalista mantuvo una comunicación permanente con el público, señalando una y otra vez el centro de la pista para provocar nuevos circle pits mientras sonaban Comeback y New Wage Slavery.
La combinación de velocidad, contundencia y una comunicación permanente con los asistentes convirtió su actuación en uno de los puntos álgidos de la velada. Cada pausa, necesaria, de unos segundos antes de dar paso a una nueva descarga de intensidad. Colosal ovación al concluir su directo.
Un comienzo demoledor de Pennywise
Cuando Pennywise apareció sobre el escenario, la expectación acumulada durante toda la noche estalló de golpe. Sin necesidad de grandes introducciones ni recursos visuales, la banda dejó que fueran las canciones las auténticas protagonistas. Peaceful Day actuó como un disparo de salida perfecto y con una fuerza casi ensordecedora.

Sin dar un respiro, enlazaron con My Own Country, provocando uno de los primeros grandes momentos colectivos de la noche. El calor dentro de La Riviera comenzó a hacerse sofocante. Los cuerpos chocaban constantemente en los pogos, los surfers aparecían una y otra vez sobre las cabezas del público y los ya tradicionales minis de cerveza atravesaban el recinto dibujando pequeñas parábolas entre canción y canción. El sonido acompañó durante toda la actuación. Guitarra perfectamente definida, una batería contundente y un bajo siempre presente construyeron un muro sonoro sólido que permitió apreciar cada detalle del repertorio, incluso en los momentos de mayor intensidad.
Una banda en estado de gracia
Jim Lindberg volvió a ejercer como un frontman absolutamente magnético. Su voz continúa conservando toda la personalidad que caracteriza a canciones convertidas desde hace años en auténticos himnos generacionales. A su lado, Fletcher Dragge desplegó toda su actitud sobre el escenario con su habitual presencia desafiante y riffs afilados, mientras Randy Bradbury aportó una contundencia impecable desde el bajo. Todo ello sostenido por la precisión inagotable de Byron McMackin, auténtico motor del concierto.

Uno de los momentos más espontáneos de la noche llegó cuando Jim Lindberg pidió prestada la cámara de Víctor Hernández, fotógrafo oficial de Arepa Volátil. Lejos de limitarse a posar, comenzó a fotografiar tanto a sus propios compañeros como a las primeras filas del público, despertando una gran ovación y numerosas carcajadas. Una escena improvisada que reflejó la cercanía con la que la banda vivió toda la actuación.
Himnos que nunca pierden fuerza
La intensidad apenas descendió durante el desarrollo del concierto. Violence Never Ending, Same Old Story, The World y Waiting mantuvieron la tensión en todo momento antes de desembocar en una explosiva interpretación de Fuck Authority. El estribillo fue coreado prácticamente por la totalidad del recinto, convirtiéndose en uno de los instantes más celebrados de toda la noche.
El ambiente cambió brevemente de registro cuando llegó el turno de Paranoid, el inmortal clásico de Black Sabbath. La interpretación adquirió un significado emotivo al recordar a Ozzy Osbourne. Al finalizar la canción, una prolongada ovación envolvió la sala mientras muchos asistentes levantaban los puños en señal de homenaje. La banda mantuvo el nivel enlazando un frenético medley formado por Bob, Kill All The White Man y The Brews, recordando el legado de NOFX, para desembocar inmediatamente después en una vibrante versión de Do What You Want, de Bad Religion. El público respondió como si se tratara de canciones propias de Pennywise, demostrando el enorme vínculo que existe entre todas estas bandas dentro de la historia del punk.

Un final para el recuerdo
La recta final reunió algunos de los mayores clásicos del repertorio de los californianos. Pennywise, Society, Dying To Know y Perfect People mantuvieron la intensidad en todo momento, con un público completamente entregado que seguía respondiendo con pogos incesantes y coros multitudinarios. Living For Today, seguida de una emocionante interpretación de Stand By Me, la inolvidable adaptación del clásico de Ben E. King, convertida desde hace décadas en una de las canciones más queridas del repertorio del grupo.

Eran ya cerca de las 23:15 horas cuando comenzaron a sonar los primeros acordes de Bro Hymn. Toda La Riviera se fundió en un único coro mientras cientos de gargantas acompañaban cada estrofa con los brazos en alto. Los últimos vasos de cerveza seguían sobrevolando la pista, los abrazos se multiplicaban entre desconocidos y la banda observaba satisfecha una imagen que resume perfectamente la filosofía del punk rock: comunidad, pasión y celebración.
Pennywise se despidió entre una ovación atronadora. Más de treinta años después de su nacimiento, los californianos siguen ofreciendo conciertos que combinan intensidad, honestidad y una colección de canciones que continúan uniendo generaciones. Madrid volvió a comprobar que algunas leyendas no necesitan reinventarse para seguir siendo imprescindibles y La Riviera fue testigo.









