Hay noches en las que el oficio de periodista se queda pequeño. No por falta de palabras, sino porque lo vivido se resiste a ser reducido a frases ordenadas. El jueves pasado, a las 21:00, la sala Copérnico de Madrid fue el escenario de una de esas veladas difíciles de encapsular. Allí descargó The Cost, el trío de metal progresivo liderado por El Estepario Siberiano, y lo que ocurrió dentro tuvo más de sacudida emocional que de simple concierto.
Es evidente que ver al percusionista y baterista más famoso del orbe tiene premio: el sentir que merece la pena estar vivo y el verlo morder certeramente el alma de toda la platea a través de las canciones. Eso es lo que logra El Estepario Siberiano junto a sus compañeros.
La antesala del impacto
La pantalla central se enciende con el logo de The Cost. Sin palabras de introducción ni juegos innecesarios. Un segundo de silencio, quizá dos. Y entonces, el estruendo. El sonido entra como una ola gruesa, compacta, que no avisa. Desde el primer golpe queda claro que esta no va a ser una noche de medias tintas. Los cimientos de la Copérnico parecen ponerse a prueba mientras el trío toma posiciones: Peter Connolly al frente en guitarra y voz, Chris Attwell aferrado a su bajo y, detrás, como eje gravitacional, Jorge Garrido, alias El Estepario Siberiano.

La producción acompaña con inteligencia: luces precisas, cambiantes según el pulso de cada tema, sin robar protagonismo a lo esencial. Aquí las canciones mandan. Con un sonido arrollador y pulcro van derribando paredes.
Doppler Affection en carne viva
El concierto gira, casi en su totalidad, alrededor de Doppler Affection, el trabajo que The Cost viene presentando en esta gira mundial e imperdible. Counting Every Dime cae y lo hace con peso. Suena titánica, afilada, y marca el tono emocional del resto del set. Connolly se acerca al micrófono, mira a la sala y suelta una frase sencilla que lo explica todo: Estamos aquí por una razón, y la razón está ahí, detrás de la batería. El público señala, grita. El Estepario, mano al pecho, responde con una reverencia afectuosa.

Desde ahí, la maquinaria entra en combustión sideral. El formato bajo-guitarra-batería funciona como un organismo único: el bajo crudo y preciso, la guitarra cortante sin exceso de artificio y la batería construyendo texturas que envuelven y empujan. En el pecho del baterista, el Ojo de la Providencia tatuado parece observarlo todo: a la banda, al público, al pulso interno de cada canción.
Con ese tercer ojo, observa el interior de las almas y sabe cuáles son las canciones que necesita la platea para alimentarse. Esas que cargan en su propuesta de metal progresivo que defienden con elegancia, sobriedad y destreza.

Temas como Her Eyes, One of a Kind o Ginger van cayendo uno tras otro. La respuesta es inmediata: headbanging, pogos espontáneos, gargantas convertidas en un solo coro. El show tiene un clima donde las canciones son protagonistas. Se desnudan ante el auditorio y toman otra vida, otra forma. Ya no le pertenecen al grupo. Son de los fans. Estos las toman y las convierten en himnos propios. Dejan de pertenecer al grupo y pasan a ser patrimonio colectivo.
Las grandes ejecuciones de la banda, sumado a la conexión que logran desde el primer acorde y a la presencia de los dioses del rock que flotan por la sala y que no querían perderse a The Cost en Madrid, hacen que la energía que se percibe en el ambiente sea igual a la de una bomba atómica.

Desvíos, homenajes y una sorpresa sin nombre
Entre tema y tema, Connolly se disculpa por su castellano y abre la puerta a peticiones. No queda claro qué se pide desde el fondo, pero la banda responde con un golpe directo a la memoria colectiva: Chop Suey! de System of a Down. La Copérnico explota. No es un guiño oportunista, sino un homenaje ejecutado con respeto y energía, celebrado con euforia sincera.

También hay espacio para lo inesperado. The Cost presenta una canción nueva, aún sin título, que suena ya madura, sólida, como si llevara tiempo rodando en directo. Detalles de metal progresivo, destellos de post-hardcore y algún aroma de celtic metal se cuelan entre breakdowns brutales y melodías cuidadas.
Una comunión sin fisuras
El concierto avanza sin altibajos. Los aplausos fueron constantes vitales durante todo el recital. Cada músico tiene su momento de brillo. Se nota la química, las sonrisas cómplices, la cercanía. Hay un recuerdo sentido para las víctimas del desastre natural en Valencia, recibido con respeto por parte del público, que rompe en un aplauso emotivo.
Floods y The Bricklayer llegan en el tramo final y son acogidas como viejos conocidos. La energía no decae; al contrario, se compacta. La sensación es la de estar en una reunión familiar donde el metal progresivo es el plato principal: contundente, compartido, sin postureo.

El concierto se podría definir como una reunión familiar en torno a una mesa donde el metal progresivo fue el plato principal y copioso. Fue un festín pantagruélico del género.
El tiempo aprieta, el bis libera
El reloj avanza y Cronos empieza a reclamar lo suyo. Tras una ovación larga y sostenida, el trío se retira brevemente. Pero el dios de los tambores, El Estepario, es generoso. The Cost regresa a escena y cierra el ritual con Not for Me. No hay fuegos artificiales ni discursos finales. Solo aplausos, vítores y la sensación de haber asistido a una noche histórica.
Con la humildad y la cercanía que lo caracteriza, El Estepario Siberiano, tras la finalización del titánico directo, se baja de las tablas y va saludando uno a uno a todos los fans, tomándose fotos, firmando baquetas y camisetas, abrazándose con todo aquel que se lo requiriera y charlando distendidamente con todos los seguidores. Un ejemplo de cómo un artista universal, talentoso y en la cima de su carrera conserva esa sabia educación forjada en el seno de su familia.
Sus compañeros de stage también fueron muy solicitados y fueron haciéndose fotos con todos los seguidores hasta complacer al último fan que quedaba en la sala. Todo un ejemplo de entrega por parte del trío.

The Cost se despide agradeciendo el apoyo, visiblemente alimentados por la energía de la sala. Más tarde, en una breve charla con nosotros, El Estepario Siberiano deja caer que esperan poder hacer un próximo álbum este año. Habrá que estar atentos. Un trío con identidad, músculo y una conexión real con su público. De esos que no necesitan exagerar para dejar huella.
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The Cost pasó atronadoramente por Madrid y El Estepario Siberiano demostró cómo, a veces, los dioses toman forma humana y se vuelven bateristas.




