En el marco de la duodécima edición del festival Inverfest, la artista granadina Vinila von Bismark traía a Madrid La última sultana, un espectáculo que en la sala Villanos, logró cautivar, embrujar y apoderarse por completo de la sangre del público.
Vinila von Bismark, la reina nazarí conquista Madrid
Un escenario con memoria y aroma andalusí.
El decorado hacía el primer trabajo de seducción. El stage estaba alistado para la ocasión y emulaba una de las muchas estancias del recinto monumental de la Alhambra. Faroles que brillaban suavemente, lámparas que colgaban como joyas, plantas que respiraban vida, telas que caían con elegancia y arcos árabes que dibujaban la historia. Hasta el espíritu de los leones y de Boabdil merodeaba entre la penumbra de la sala madrileña. Todo ello mientras Vinila como Sherezade, narraba historias de vida y de las mil y una noches que a todos nos habían congregado allí.

El agua, como líquido elemental y fundamental para la vida y la purificación, toma una nueva dimensión en el espectáculo inmersivo que plantea la granadina, transformándose en canciones, en poemas que emanan del interior de la artista y se depositan con suavidad, belleza y fogosidad en el alma del respetable. La multifacética artista ofrece lo mejor de sí, rodeada de grandes músicos y una puesta en escena sublime.
Cuerpo, voz y territorio
El concierto transcurre por unos canales que rubrican aquello de que Vinila von Bismark es todo fuego. Mitad humana, mitad leyenda. La sultana va mostrando esa fusión única de sonidos de vanguardia que hermanan tradición con aromas nazaríes, reviviendo los cuentos que honran a la Alhambra sin dejar de lado ni un ápice de su naturalidad. En las piezas que interpreta durante la noche venera a su tierra natal, a las mujeres y al arte. Dueña de un carisma especial, demuestra en cada gesto, pose y baile que lo suyo es atravesar umbrales del tiempo y del espacio con una performance para aplaudir y enmarcar.
La cantante, bailarina y actriz —o mejor dicho, la última sultana granadina— va mostrando en su directo cómo el agua es mágica y se cuela bajo la piel de los presentes en forma de composiciones. Logra, con su voz, que el deseo abrace a la historia. Nota a nota va seduciendo espíritus, embrujando cuerpos. La cultura andalusí atraviesa toda su espina dorsal y la comparte generosamente con el público, no sin antes morder sus almas. El show es una mirada desafiante. Es libre. Es vida. Es arte.

En temas donde la raíz andalusí asomaba con más fuerza, la artista se detenía a mirar al público, como si compartiera un secreto. En otros, el pulso se aceleraba y la sala respondía con movimiento, palmas, cuerpos sueltos.

Un recorrido libre por la Alhambra en Madrid
Al escuchar este recorrido artístico y libre por el recinto majestuoso de la Alhambra, uno se deja llevar como agua entre piedras antiguas. Cada historia, como las contenidas en piezas como El niño del velero, Quiero decirte al oído y Vinila Masagua, cada emoción que nos comparte la artista, nos hace vivir, mutar y renacer. Las canciones de Vinila podrían muy bien haber sido poemas de la célebre poetisa y ultima princesa Omeya, Wallada bint al-Mustakfi, quien escribiera Estoy hecha, por Dios, para la gloria, y camino, orgullosa, por mi propio camino.

La obra genuina y ecléctica de la cantante, ha labrado un camino atemporal, consolidándose como una artista de referencia dentro de la escena nacional y con raíces profundas en la tradición granadina. Prueba de ello fue el directo que ofreció en Madrid, acompañada por los talentosos músicos Juan Antonio Alañón y Alberto Maezo, quienes completaron un viaje sonoro memorable.
Cambios, sin cambios e ilustres personajes
Hubo varios cambios de vestuario y de atmósfera, pero el discurso no se fragmentó. Todo formaba parte del mismo cauce. Hasta el espíritu inmortal de Lola Flores se apodera de ella cuando entona aquello de ¡Pena, penita, pena! y la sala al completo muta en un karaoke eterno. Su directo es un río caudaloso y amplio en estilos. El set avanzó con sabiduría. Las canciones sostenidas por una banda precisa y elegante, capaz de moverse entre el pop, la electrónica, los beats, la cumbia y la tradición sin que chirriara nada. Vinila alternaba baile, gesto y palabra con una presencia digna de sultana. El escenario es su hábitat natural.

La última sultana propone un encuentro con la platea donde la música es alimento. Donde cada flor, cada trozo de mármol, cada gota de agua y cada ladrillo rojizo de la Alhambra se apodera de su ADN. Vinila nos acerca con su arte un poco más a ese paraíso terrenal granadino, a pesar de estar en Madrid. Los leones, Boabdil, Washington Irving y Federico García Lorca sobrevuelan al público. Aquí no hay tapas: hay raciones contundentes hechas canción, como Solo para mí, que se convierte en sustento vital.

Fuego nazarí en una noche de emociones
El concierto es una experiencia de las que merecen ser vividas. Vinila von Bismark sabe embrujar, sabe cómo calar hondo a través de sus canciones. Posee una fuerza descomunal en vivo, como si varias generaciones de ancestros la custodiaran, apoyaran y arroparan. La artista defiende sus composiciones con solvencia y pasión, mientras el público agradece la entrega.
La última sultana es dueña de una gran presencia escénica y logra mezclar música y dosis visuales para ofrecer un espectáculo inmersivo. Erigida como una fortaleza sobre las tablas, imponente pero cercana, ofrece la belleza de su voz más personal y, canción a canción, muestra su interior apoyada por músicos que elevan el directo a otro nivel, como ocurre en Solita.

El embrujo llega a su fin
Lamentablemente, el tiempo es cruel y el concierto de Vinila von Bismark en Inverfest llega a su fin entre una calurosa, sentida y merecida ovación. Afuera llovía; adentro, lloraba nuestro corazón ante la despedida de la granadina, de la última sultana, como si Carlos Cano le cantará al recuerdo del rey Al-Mutamid.
Vinila von Bismark hace del escenario su palacio. Y por una noche, el reino nazarí encontró hogar lejos de Granada.




