Inverfest arrancaba motores en Madrid de manera oficial con su 12ª edición del festival. El ya clásico encuentro musical, levantó el telón de manera cautivante en la capital española con una de esas noches que justifican por sí solas la existencia del arte. Invierno fuera, calor dentro. En La Riviera, a orillas del río Manzanares, el cartel del festival daba la bienvenida mientras las pantallas de la sala recordaban que este ciclo es costumbre bien afinada, también en Zaragoza y Euskadi. Entre el menú de propuestas, la elección era clara: Viva Belgrado regresaba a la capital para poner el punto final a la gira de Cancionero de los cielos.
Una velada planteada como un banquete sonoro de tres tiempos, sin prisas, sin rellenos y con propuestas de verdadera calidad. A las 19: 20 horas, con una sala que se iba poblando poco a poco, arrancó una noche donde la emotividad y la contundencia caminaron de la mano.
Apertura contundente con Mourn y su adrenalina precisa
Mourn salió a escena sin rodeos, como quien sabe que el tiempo es limitado y decide aprovecharlo al máximo. Su set fue directo, muy bien medido y acertado por demás. El cuarteto catalán desplegó riffs tensos y melodías angulosas en piezas como Alegre y jovial, Verdura y sentimientos u Otitis, con el foco puesto en su reciente Letra ligada (2025).
Buen directo desde el primer minuto, actitud firme y cero distracciones. Gran sonido y entrega absoluta. En cuanto tengan oportunidad, no se pierdan al combo. Sedujeron sin paliativos y con gran destreza. Eso bastó para activar a una sala que empezó a latir con fuerza. Mourn confirmó, una vez más, que su espectáculo es una apuesta segura y sin fisuras.
Ezpalak, euskera en combustión
Tras los ajustes de rigor, el escenario se tiñó de rojo. Humo denso, distorsión al límite y una intro disparada que desembocó en Bidegurutzean. Ezpalak llegados desde Guipúzcoa, irrumpieron como una estampida. El vocalista comenzó de espaldas, construyendo una especie de ritual junto a sus compañeros, hasta girarse poco a poco e integrar al público en la ceremonia.
El idioma dejó de ser frontera. Su rock alternativo, interpretado íntegramente en euskera, encontró respuesta inmediata en una La Riviera que saltaba al unísono. Sonaron temas de discos como Hortz aina hots, Kolpatu tupatu y Gatza, con momentos especialmente intensos en Lalalalala, Berandu y Lehertu arte. Cada canción caía como una mordida certera, y la ovación era constante.
El tiempo, implacable, marcó el final con Itzala y Zatoz. Despedida sentida, con ganas de más y aplauso largo. Ezpalak dejó claro que debería prodigarse más por estas latitudes.
Viva Belgrado: despedida con marea alta
El inicio: silencio, luz azul y Gemini
Cuando pasaban cinco minutos de las 21 horas, el ambiente cambió de densidad. Se retiró la manta que cubría la batería, los amplificadores se colocaron en semicírculo y un telón gigante presidió el escenario con una frase que ya es declaración de principios: Poético, político, un poco espiritual. Luces azules rasantes desde el suelo, humo suspendido y un silencio expectante que precedió a la entrada de Viva Belgrado.

Sin preámbulos, Gemini abrió el set. El arranque fue colosal, solemne y furioso, como quien sabe que la emoción necesita espacio para crecer y es una de las invitadas estelares a la función. Era el inicio del último viaje de Cancionero de los cielos, un disco que los ha llevado por Argentina, Japón, Francia, Austria, Alemania y España entre otras latitudes.

La nao Viva Belgrado, integradas por cuatro almirantes sobre las tablas, fusionando sus raíces artísticas con la madera histórica de la sala y cientos de marineros, debajo saltando, cantando y dejándose la piel canción tras canción.
Canciones que cortan y abrazan
Desde las primeras filas hasta el fondo, el pogo se activó pronto. Camisetas de fútbol a rayas negras y azules, cuerpos en movimiento y una comunión evidente. Jupiter and Beyond the Infinite elevó la tensión; Una soga cayó como un golpe seco al pecho. Cerecita blues y Vernissage confirmaron que la conexión con el público es una relación trabajada durante años. El combustible echo poesía sirve para segur avivando el fuego del concierto.

La banda revisitó Ulises y Bellavista sin perder el hilo narrativo. No hubo discursos innecesarios. Algún gesto cómplice, miradas cruzadas, ajustes rápidos. Todo estaba en su sitio. El sonido fue robusto, envolvente, con un equilibrio preciso entre guitarras afiladas, capas electrónicas y una batería que empujaba sin descanso. Tal como ya pudimos vivir en su anterior concierto en el mismo recinto.
La incorporación de Cristina Sánchez al bajo se sintió como una evolución natural. El engranaje funciona, y funciona bien. ha pesar de las variaciones en la alineación titular, este equipo, el Viva Belgrado, prosigue traccionando sobre las sienes que llegan al éxtasis en su directo.

Identidad y memoria
Con Chéjov y las gaviotas, Por la mañana, temprano, Shibari emocional y El cristo de los faroles, Viva Belgrado recordó por qué lleva más de quince años siendo un referente. Post-hardcore, rock alternativo y distorsión como lenguaje propio. La sala temblaba, literalmente, y el pogo se convirtió en un espectáculo paralelo.
No hubo baches. No hubo bajadas artificiales de intensidad. Las guturales se iban incrustando en el esqueleto del público y el karaoke se apoderaba del auditorio. Todo avanzó con una lógica interna que mantuvo la atención en alto durante algo más de hora y media.

Viva Belgrado ruge como Godzilla en Madrid
Durante la noche que pasó a una gran velocidad, debido al magnetismo que tienen sus canciones en directo, la voracidad del combo queda reflejado acorde a acorde. Revisitan trabajos de estudio anteriores como Ulises, Bellavista y se despiden con un hasta pronto de Cancionero de los cielos.
Inverfest es un festival que sabe aunar a la perfección propuestas emergentes y artistas consagrados, tal como ya hemos sido testigos en conciertos del calibre de Mr. Kilombo y de O’Funk’illo. Esta edición, promete emociones para cautivar al respetable con una variado y heterogéneos cartel.
El show de los andaluces de Viva Belgrado es uno de esos que se quedan grabados para siempre en la memoria y como tatuaje sonoro imborrable marcan la piel y el alma de los presentes.
El final: despedirse mirando al cielo
El tramo final fue una celebración compartida. Elena observando la osa mayor, Ikebukuro sunshine y Un tragaluz sonaron como faros en mitad de la marea humana. Aplausos largos, abrazos entre desconocidos y una sensación clara de estar viviendo algo irrepetible.

Cuando parecía que todo había terminado, llegaron los últimos cañonazos: El gran danés y Pena sobre pena. Eran las 22:40 cuando Viva Belgrado cerró el show. No hizo falta decir nada más.
La nao llegó a puerto. Al mejor puerto posible: el alma de quienes estuvieron allí. Cancionero de los cielos se despidió en una noche que ya forma parte del imaginario del Inverfest, ese festival de invierno que, una vez más, consiguió encender corazones.

















