Este sábado 29 de noviembre de 2025, la Sala Mon de Madrid abrió sus puertas a las 8:05 pm, pero el verdadero estallido no llegó sino hasta las 9:20 pm, cuando las luces murieron y la pantalla principal cobró vida con las primeras visuales que marcaban el comienzo del TOUR RYC. El público venía impaciente —más de lo normal— porque el horario oficial marcaba las 9:00 pm. Pero bastó que aparecieran Jaime Verdaguer, Rudy Pagliuca, Carlos Segura, Fernando Batoni y Darío Adames, los cinco que hoy sostienen a Zapato3, para borrar cualquier silbido o mentada de madre. En cuestión de segundos, la incomodidad se convirtió en brindis al aire.

Un set alterado, revitalizado y (sí) espiritual
Como un Fantasma inauguró un concierto completamente distinto al de la última visita de la banda a Madrid. Desde ese primer tema se percibió otro aire, otra energía… y sí, lo evidente es que la presencia de Rudy cambió la dinámica del grupo. Para mejor.

Con Cuchillo, la gente entendió que aquí venía otro Zapato3. Algunos arreglos ralentizados en ciertos pasajes, curvas inesperadas en las melodías… momentos que te hacían dudar si estabas cantando en el tono correcto, pero esa era la gracia. Una banda con himnos puede tocar lo de siempre o reinventarse sin traicionarse. Ellos eligieron lo segundo.
Esa espiritualidad musical estuvo ahí: discreta pero firme. Zapato3 está trabajando, puliendo y arriesgando, dejando claro que no quieren repetirse ni convertirse en museo.

Tras ese buen par de temas, llegaron Pienso Perdonarte, Muriendo por Ti, Tan Cerca de Ti y La Razón de Estar Aquí, una cadena de canciones que mantuvo al público encendido mientras la banda afinaba esa nueva energía que están construyendo. Y entonces apareció Super Subjetivo, esa joya del disco Cápsula Para Volar (1995) que, como el mismo Carlos Segura dijo, llevaban años sin tocar en vivo y que fue recibida como un fuerte abrazo a los fans más fieles.

¿Ya hablamos de las visuales?
Disfrutamos de animaciones construidas desde una estética conceptual bien pensada, con capas de arte abstracto que acompañaban sin invadir y una coherencia visual que hilaba cada tema con precisión quirúrgica. Varias de estas visuales apostaban por una paleta colorida y un lenguaje pop que remitía de inmediato al MTV más valioso de los 90’s: gráficos vibrantes, transiciones dinámicas y un uso inteligente del ritmo visual. Otras piezas, en cambio, se movían en un terreno más artístico: composiciones equilibradas, juegos de contraste medidos al milímetro y una dirección cromática que demostraba intención y oficio.

Muchas bandas deberían tomar nota: aquí no hubo relleno, ni plantillas recicladas, ni efectos gratuitos. Hubo criterio, identidad y una narrativa visual que no solo acompañó el concierto, sino que lo amplificó.
Las dudas previas del público… borradas
Antes de entrar, las preguntas se repetían en la fila:
— ¿Cómo tocará Rudy Pagliuca los solos?
— ¿Se parecerán a los de Álvaro Segura?
— ¿Cómo sonarán los nuevos temas en vivo?
Pues ya está respondido: Rudy no imitó; interpretó. Y la banda encontró un punto medio entre nostalgia y renacimiento que no ves todos los días.

La parte menos bonita: el sonido
Aquí toca decirlo sin maquillaje, porque en Arepa Volátil siempre apostamos por la sinceridad y no acostumbramos a endulzar las cosas: forma parte de nuestra esencia arepera. El sonido de la sala, esta vez, no estuvo a la altura. No sabemos qué pasó técnicamente, pero sí sabemos cómo sonó: irregular, débil y, para quienes no estaban pegados a la tarima, más cercano a una obra de teatro que a un concierto. No arruinó la noche, pero sí recortó un poco el vuelo, y el público lo percibió.

Aun así, la gente disfrutó. Llámalo amor, llámalo conformismo o simplemente edad —muchos agradecieron no salir con los oídos explotados—, pero se disfrutó.

Madrid vivió un Zapato3 rejuvenecido en este TOUR RYC 2025
Lo que quedó clarísimo es que la banda está ajustándose a Rudy y abriéndose a un nuevo ciclo. Los solos de guitarra tuvieron personalidad propia: nuevos, con potencia y firmeza, distintos, algunos largos, otros breves, incluso hipnóticos.
Cada integrante tenía una función específica en tarima, como un equipo perfectamente entrenado donde cada pieza conoce su rol y su momento. Jaime Verdaguer guiaba mejor que nunca, controlando el clima psicológico de la misión con una precisión que se sentía desde cualquier punto de la sala. Carlos Segura abría camino con una entrega total, poniendo a la tropa a rugir sin reservarse ni una gota de energía. Fernando Batoni mantenía la estructura, la marcha, el orden, sosteniendo el avance desde las profundidades. Darío Adames marcaba el rumbo con golpes exactos, firmes, como si cada impacto definiera el siguiente movimiento. Y Rudy Pagliuca llevaba las melodías que abrían paso a la magia que terminaba llegando a los oídos de todos. Había coordinación, visión y una fuerza colectiva que daba la sensación de que este equipo puede conquistar cualquier territorio que se proponga.

Zapato3 ha perdido miembros, ha cargado duelos y ha sobrevivido a pausas… pero sigue viva, intensamente viva. No quiere ser una banda clásica anclada en el pasado; quiere crear, crecer y conquistar nuevas generaciones.

Y lo están logrando: padres e hijos cantaron Vampiro (dedicada en las visuales a Abraham García “Cangrejo”, leyenda de Seguridad Nacional), Amo las Estrellas, Amaranto, Tocarte Tocarte, Antonin Artaud… Ver eso fue uno de los momentos más emotivos de la noche.
Venezuela en línea: cuando el concierto también pasa por WhatsApp
Algo muy nuestro: medio público estaba en videollamadas de WhatsApp en Uñas Asesinas y No Puedo Despegar, intentando mostrar el concierto en vivo a familiares y amigos. Muchos de esos panas probablemente lo veían entrecortado —porque la señal dentro de la Sala Mon nunca ha sido precisamente un portento—, pero igual se quedaban pegados mirando y cantando. Puro ADN venezolano en su máxima expresión: si no puedes ir, te llevan igual, aunque sea en píxeles.
El cierre
Con Obstinado, Amor de Hierro, Ahora Estoy Sin Ti, Corazón Fantasma, Pantaletas Negras y Entrada de Bala, Zapato3 se despidió de Madrid con una sonrisa nueva: la de una banda que sabe lo que representa su pasado, quiénes son hoy y hacia dónde quieren ir mañana. Un grupo consciente de que su público es fiel y estará ahí para todo lo que venga en este 2026 que ya asoma.

Una vez más, la banda dejó una huella enorme en la capital española, una que seguramente superarán en su próxima visita.
Zapato3 volvió con esta gira 2025 para recordarnos que el rock venezolano no solo resiste: avanza.

























