Albertucho regresaba a Madrid el pasado día viernes 25 de septiembre, tras agotar la primera fecha, para celebrar 20 años de su disco Lunas de Mala Lengua y ofrecer un show de rock con corazón flamenco, sangre y poesía en la sala Copérnico, acompañado por Los Perros Andaluces.
Albertucho y Los Perros Andaluces siguen mordiendo
La luna ocupa la pantalla central de la Copérnico. Durante unos instantes, todo queda suspendido bajo esa imagen. Después llegan los sonidos silvestres, una atmósfera casi de campo abierto y las voces de un coro de niñas que van abriendo la puerta al universo de Albertucho. La sala escucha. La expectación crece. Y entonces aparece él. La entrada es directa, sin rodeos. La Persiana rompe el silencio y enciende la primera descarga de la noche. Le siguen Manos de Trapo y Alimaña Pasajera. Tres canciones para poner a Madrid patas arriba y dejar claro desde el primer minuto el tono de la velada. El aniversario de Lunas de Mala Lengua está presente, pero las canciones llegan al escenario con el pulso de un concierto vivo, con ganas de volver a ser tocadas y compartidas.

El público responde desde las primeras notas. Hay reconocimiento en cada arranque y una sensación de reencuentro que atraviesa la sala. Esa conexión entre escenario y platea se percibe desde el comienzo. Sobre las tablas, Albertucho encuentra en Los Perros Andaluces el respaldo necesario para que las canciones respiren con fuerza. Guitarra eléctrica, bajo, batería y teclado construyen una banda compacta alrededor del cantante, que se mueve entre la voz y la guitarra mientras las visuales acompañan el viaje.
Veinte años de canciones que todavía tienen dientes
Canción tras canción, Albertucho recupera ese lenguaje que ha construido a lo largo de los años: rock con alma flamenca, espíritu callejero, con duende rebelde y una forma muy personal de entender la poesía. Es un cofrade de los versos y el riff. Sus letras hablan de heridas, victorias, sentimientos, barrio y verdad. Y siguen teniendo dientes. Llegan No Existe Viento y Volví a la Barra, dos canciones que encajan especialmente bien en una noche planteada como reencuentro. El artista conversa con el público entre tema y tema y deja ver la felicidad que le produce regresar a una sala entregada desde el primer compás.

Las canciones funcionan como un idioma común. El público las conoce, las abraza y las devuelve. Las visuales proyectadas en la pantalla central completan la puesta en escena, mientras el frontman aporta su cuerpo y su alma a la causa para llevar el espectáculo a otra dimensión. Moscas, En Otro País Distinto y Ni el Mismo Dios mantienen arriba la intensidad. El repertorio se mueve con naturalidad entre la electricidad del rock y ese componente flamenco que forma parte del ADN artístico de Albertucho. Cada final de canción encuentra su respuesta en los aplausos y en las voces de una sala que permanece eléctrica.

Con El País de los Televisores y Piltrafilla, la velada adquiere otra dimensión. Albertucho propone un mapa emocional y el público acepta el viaje. Hay gestos de complicidad, miradas hacia las primeras filas y una energía física que recorre el escenario. El cantante se entrega sin reservas.
Un pequeño oasis acústico
El concierto cambia de temperatura cuando llega el momento acústico. Partirá, Que se Callen los Profetas, Los Hijos de la Calle y Carne de Perro, su reciente single publicado, permiten bajar las revoluciones y escuchar las canciones desde una distancia diferente. El ruido deja paso a una atmósfera más recogida. A otro prisma, a otra óptica sentimental. Es un paréntesis dentro de una noche construida sobre la electricidad. Un momento para acercarse a las canciones y al compositor antes de que el escenario vuelva a recuperar toda su potencia. Y la recuperación es inmediata.
La luna, El Perro Andaluz y una sala entregada
Un pasaje instrumental bajo la luz de la luna anuncia uno de los momentos centrales de la noche. Las guitarras y la banda preparan el terreno para El Perro Andaluz, uno de los himnos del repertorio de Albertucho. La respuesta es inmediata. La sala Copérnico vuelve a elevar la temperatura, si es que eso era humanamente posible. El público canta, salta y devuelve la canción con una intensidad que termina desembocando en una gran ovación. Durante unos minutos, escenario y platea parecen funcionar como una sola pieza.

El final empieza a intuirse, aunque todavía quedan algunas mordeduras letales a la yugular. El Pisito mantiene el pulso y prepara el camino para Capitán Cobarde. En esta última aparece uno de los momentos más emotivos de la noche: Albertucho invita a su pequeño hijo Silvio a subir al escenario para acompañarle con la voz. El gesto introduce una dimensión familiar en mitad de un concierto marcado hasta entonces por la energía y la celebración colectiva.
Después llega Descuida. La canción pone el punto final a una noche que ha recorrido dos décadas de trayectoria de un disco muy aclamado y que ha encontrado en el directo una manera de conectar pasado y presente. El público despide a Albertucho y Los Perros Andaluces con la sensación de haber participado en un aniversario que ya es antología en la carrera del compositor andaluz.

Porque Lunas de Mala Lengua cumple dos décadas y fue en la sala Copérnico, un diálogo artístico entre el Albertucho de hace veinte años y el de ahora. Un artista que sigue buscando desafíos sin perder su raíz.
Albertucho y Los Perros Andaluces ladraron sabiamente en Madrid.



