InicioReseñasFito Páez lleva su exorcismo musical al Teatro Real de Madrid

Fito Páez lleva su exorcismo musical al Teatro Real de Madrid

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El imponente y legendario escenario presidido con un piano de cola azabache recibe al espectador mientras aparece el noneto de cuerdas ante un decorado navideño en la pantalla central. Nueve músicos ocupan sus posiciones junto a su director, presentado por el protagonista de la velada con un guiño a Mary Shelley como una suerte de Víctor Frankenstein Elías. El aplauso que reciben es de ceremonia de apertura: todavía no ha aparecido Fito Páez, pero el público sabe que lo que está a punto de suceder tendrá bastante de experimento emocional.

El telón virtual se abre y aparece Fito Páez con un impoluto traje negro de rayas grises, gafas de pasta y zapatos oscuros. Detrás, un cuadro con dos corazones latiendo. El Teatro Real responde con una ovación atronadora. Buenas noches, Madrid. Esta ciudad es mi casa también, sostiene. Y enseguida coloca la función en otro lugar, manifestando que Es un concierto especial. Es un concierto de exorcismo. Es una noche muy fuerte. Se lo ve emocionado, cercano, de buen humor. Recién recuperado de una neumonía, ofreció uno de los mejores shows que se le recuerdan en la capital española en las innumerables visitas que ha realizado, demostrando esa mezcla de titán, poeta y rockstar que posee como sello característico. Y Dale Alegría a Mi Corazón es la primera caricia al alma y, acto seguido, Páez toma posición tras el piano y el respetable entra en su territorio. Todos los presentes van a exorcizar sus demonios y miedos a través de las melodías del argentino.

Un piano, nueve cuerdas y todo un imaginario

Avanza con Cadáver Exquisito, 11 y 6 y Romance de la Pena Negra, con el espíritu de Federico García Lorca sobrevolando. El sonido de las cuerdas cambia el peso de las canciones y permite que cada arreglo respire. En el escenario, las imágenes construyen otra capa narrativa: muñecos, serpientes, manos con espinas, su padre, un bandoneón, etc. El imaginario creativo de Fito Páez aparece fragmentado en postales, como si alguien hubiese abierto una caja de recuerdos y hubiese decidido proyectarla sobre el escenario.

Fito Páez Madrid 2026
Foto: Raúl Blanco @raulblancophotography

Páez mira hacia la sala, escucha las respuestas y deja que Madrid cante con él. Si esto no es Buenos Aires, Buenos Aires, dónde está, desliza. La frase resume buena parte del concierto. Buenos Aires aparece como territorio emocional, mientras Rosario, su ciudad natal, será el otro punto cardinal de una velada construida alrededor de los lugares que forman una vida. El sendero en el stage del Teatro Real, entre el micrófono de pie ubicado en el centro neurálgico de las tablas y el reluciente piano de cola, será un camino que recorra en ambas direcciones a lo largo de todo el directo. Va y viene por ella como quien necesita físicamente desplazarse entre dos formas de contar. Prosigue con Desarma y Sangra, de Charly García, y Te Recuerdo Amanda, de Víctor Jara. Dos nombres fundamentales entran en escena a través de la voz de Páez. El repertorio empieza a dibujar una genealogía afectiva: los artistas que escuchó, admiró, incorporó y ahora devuelve transformados.

Las luces acompañan cada movimiento y juegan un rol fundamental en el espectáculo. Hay momentos de oscuridad casi total y otros en los que el escenario parece abrirse de golpe. El resultado tiene algo de alquimia escénica: las cuerdas, el piano, las proyecciones y la arquitectura del Teatro Real trabajan en la misma dirección: sumergir al respetable en el universo Páez.

Spinetta, Troilo y la música como refugio

Parte del Aire abre otra puerta. Páez habla de Argentina como refugio poético y artístico. Después llega uno de los momentos más delicados y aclamados con Muchacha (Ojos de Papel), de Luis Alberto Spinetta, y aquella sensibilidad que atraviesa generaciones del rock. Las cuerdas adquieren aquí una función casi respiratoria. Fito Páez las dirige de pie con las manos, marca entradas y matices y, por momentos, utiliza las propias gafas como si fueran una batuta. También dirige al público: sabe cuándo necesita silencio, cuándo una frase puede ser respondida y cuándo conviene dejar que una canción termine de asentarse.

Fito Páez Madrid 2026
Foto: Raúl Blanco @raulblancophotography

Con La Última Curda, con guiño a la orquesta típica de Astor Piazzola, su tango favorito de Aníbal Troilo, el escenario cambia de temperatura. El piano y las cuerdas desarman y vuelven a armar los acordes alrededor de una canción que parece diseñada para un teatro como este. En el aire hay matices rojos, negros, grises. El tango da paso a El Breve Espacio en Que No Estás, de Pablo Milanés, que fue muy celebrada.

La memoria como repertorio

El concierto funciona como una colección de escenas. Una función, una historia, una vida. El repertorio mezcla canciones propias, versiones, recuerdos y nuevas composiciones hasta convertir el escenario en una especie de álbum familiar. En Tumbas de la Gloria, el tango épico vuelve a rondar la estructura del concierto. Páez exprime el piano y deja que las cuerdas amplifiquen aquello que la canción ya contiene. El artista bebe agua entre tema y tema, sorbo a sorbo, como quien reposta combustible de poesía para continuar.

Las luces bajan hasta dejar el escenario en penumbra, salvo por una luz concentrada sobre el Steinway de cola. Fito Páez juega con las teclas blancas y negras antes de atacar Los Ejes de Mi Carreta, de Atahualpa Yupanqui. Es uno de esos pasajes donde demuestra que los matices importan tanto como la potencia, el silencio tanto como los sonidos. El impoluto piano refleja las manos del artista. Es la postal del día.

Fito Páez Madrid 2026
Foto: Raúl Blanco @raulblancophotography

Después llega Viento, Dile a la Lluvia, de Litto Nebbia y Los Gatos. La canción recupera un tiempo sagrado de su vida y coloca a Páez en diálogo con su propia historia. El presente entra con Shine, canción que da título a su nuevo álbum de estudio, seguido de El Honor de los Lobos y Las Fuerzas Armadas del Amor. Su show tiene el nervio del rock, la nostalgia del tango, el aroma de la bossa nova y el alma de la ópera. La invención musical está muy ausente en el mundo contemporáneo, afirma, y el público lo aplaude sentidamente.

De Madrid al cielo pasando por Rosario

Al Lado del Camino llega al concierto de Fito Páez y la interpretación conserva ese punto de intimidad desgarradora y descriptiva que permite que miles de personas canten una historia privada. En Llueve Sobre Mojado, compartida originalmente con Joaquín Sabina, el teatro es una voz colectiva. Después, Canción para Mi Muerte, de Sui Generis, vuelve a conectar con Charly García como documento sentimental. Páez las interpreta desde el presente con su huella.

Fito Páez Madrid 2026
Foto: Raúl Blanco @raulblancophotography

La sucesión continúa con Carabelas Nada, Naturaleza Sangre y Construção, de Chico Buarque. Esta última vuelve a demostrar hasta dónde puede llevar Fito Páez una canción ajena cuando la incorpora a su propio lenguaje. Ciudad de Pobres Corazones, con guiño a Led Zeppelin, lleva la noche a una zona más áspera. La música recuerda de dónde viene una parte esencial del temperamento del compositor. Hasta el oso de Madrid subido a su madroño asiste a la fiesta.

El regreso para los bises

La ovación es prolongada. Fito Páez desaparece unos minutos y regresa con cambio de vestuario. Un Vestido y un Amor aterriza con una delicadeza especial. El artista canta y observa las reacciones de las almas. Ante los gritos de Te quiero, Fito, responde con humor al recordar que sus exparejas decían lo mismo. Después llega Dar Es Dar.

Fito Páez Madrid 2026
Foto: Raúl Blanco @raulblancophotography

Fito Páez vuelve a hablar de lo que significa tocar, escuchar y estar ahí. El silencio es el canal conductor de la música, sentencia. Y entonces, cuando parece que ya está todo dicho, llega Mariposa Tecknicolor. El Teatro Real no cesa en el aplauso. Sin banda, sin la sección de cuerdas, a capela, interpreta Yo Vengo a Ofrecer Mi Corazón. Con su voz, el concierto encuentra su cierre más desnudo y emotivo.

Fito Páez deja el escenario después de haber convertido el Teatro Real en una geografía íntima hecha de piano, cuerdas, imágenes y textos. Madrid le respondió desde el principio hasta el final. Las ovaciones, los coros y ese insistente oé, oé, oé dejaron claro que el público quedó, junto al artista, exorcizado por las canciones. En el nombre de Páez, su Steinway & Sons y del espíritu de su obra. Amén.

Una función, una historia, una vida. Un concierto. Fito Páez, en estado puro.

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Autor

  • Fito Páez Madrid 2026

    Redactor, fotógrafo y entrevistador de Arepa Volátil. El riff como capa, la poesía como espada y el rock and roll como sangre bendita. La música, el único escudo.

    Escritor de pluma honesta, siempre atento a las propuestas emergentes, a los artistas que rompen moldes y con devoción suprema a los dioses de la música.

    Rockstar a mi manera.
    Los shows en directo, la sal de la vida.

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