InicioColumnasKid Rock y la testosterona vintage: Un análisis del show paralelo

Kid Rock y la testosterona vintage: Un análisis del show paralelo

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Mientras Bad Bunny le explicaba al mundo que el español es el nuevo lenguaje de la hegemonía en el Super Bowl, en un rincón adyacente del mismo evento (y probablemente oliendo a gasolina y resentimiento), Kid Rock montaba su propio contraespectáculo. Fue una oda al retro-marketing de la indignación, diseñado específicamente para quienes consideran que el protector solar es una conspiración de las élites.

¿Es la nostalgia por el Rock de Gasolinera el último refugio del status quo?

El show de Kid Rock no fue un evento musical; fue un ejercicio de SEO analógico. Mientras el mundo digital se inundaba de términos como identidad fluida, Robert James Ritchie se atrincheraba en la palabra, en una aparente masculinidad alfa.

Qué rico es ser… ¿patriota?

Si Benito celebraba el Caribe, Kid Rock celebró una versión de Estados Unidos que solo existe en los anuncios de camionetas Ford de 1994. Su actuación fue una clase magistral de branding de nicho. Fue el recordatorio de que, mientras unos perrean, otros necesitan dispararle a latas de cerveza para sentir que su existencia tiene un propósito semiótico.

¿Por qué el baile de Kid Rock parece una pelea con un avispero invisible?

Si Lady Gaga bailó como un perro atropellado con gracia neoyorquina, Kid Rock se movió con la elegancia de un tío ebrio en una parrillada familiar, intentando demostrar que todavía puede hacer el pasito breakdance que aprendió en 1985. Fue ese toque rudo que los fans del Bud Light original necesitaban. Un recordatorio visual de que la coordinación motriz es, aparentemente, un rasgo de la agenda progresista.

Ahora todos quieren ser Outlaws

Hay un fenómeno de content marketing inverso aquí. En un mundo de algoritmos limpios, Kid Rock vende la estética del sucio consciente. Su escenario, decorado con una cantidad de banderas que haría que un capitán de barco se mareara, buscaba capitalizar el sentimiento de exclusión de aquellos que no entienden por qué el niño del ICE está recibiendo premios en lugar de estar haciendo sus tareas.

God bless América, o sea, solo los estados con forma de cuadrado…

A diferencia del expansionismo geográfico de Bad Bunny, el mapa de Kid Rock es pequeño, polvoriento y tiene un límite claro: donde termina la señal de la radio AM. Su mensaje no fue de integración, sino de segmentación de mercado extrema. Él no quiere nuevos fans; quiere que los que ya tiene compren más mercancía hecha de tela de camuflaje.

El ambiente de Bar de Carretera: El niño que no duerme porque hay ruido de motores

Si en el show de Benito había un niño dormido entre dos sillas (paz neofolklorista), en el de Kid Rock el ambiente era de niño hiperactivo con sobredosis de azúcar viendo a su papá gritarle al televisor. Es el contraste perfecto entre la celebración de la comunidad y la glorificación del individualismo ruidoso.

¿Fue real el águila calva mecánica?

Para los que preguntan por la producción: el águila que descendió del techo no era real, pero el ego involucrado sí lo era. Fue la microconversión final: transformar la música en un mitin político donde el único requisito de entrada era no saber usar un filtro de TikTok.

Pamela Anderson… ¿En qué estabas pensando?

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Autor

  • Kid Rock Super Bowl análisis

    Soy abogado caraqueño afincado en España, pero la música siempre ha sido mi verdadera escuela. En los 90 fui multiinstrumentista en bandas que sonaban peor de lo que recuerdo, experiencia que me llevó a convertirme en locutor radial y, más tarde, en cronista musical. Hoy escribo para Arepa Volátil y escribo la columna El Manual de lo Anormal, un espacio donde la música y la cultura se exploran desde ángulos poco convencionales, con la mirada de alguien que alguna vez intentó tocar lo que ahora analiza.

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