Hay conciertos que vendes como experiencias y hay conciertos que son, sin más, una declaración de principios. El que Los Cafres ofrecieron este 7 de junio en La Sala Mon mientras Madrid entraba de lleno en el verano cayó en la segunda categoría con una precisión que no necesitó ni un solo efecto pirotécnico para demostrarlo.

Casi 40 años. No de aguantar el paso del tiempo, sino cuarenta años de construir un idioma propio, el reggae en español como acto de amor, de resistencia y de comunidad. La Mon resuelta en sold out, con público llegado desde Venezuela, Chile, México, Perú, Argentina y sí, también España, fue la prueba más contundente de que ese idioma no solo sobrevive, florece.

La Sala Mon fue el escenario ideal. Un recinto que parece diseñado para exactamente esto, intimidad sin sacrificar el sonido, cercanía sin perder la potencia. Cuando las puertas se abrieron a las 20:00 horas, el público ya llevaba rato esperando fuera, con el calor de junio encima y sin que a nadie le importara demasiado. Eso también habla de una banda.

A las 21:00 en punto, con esa puntualidad que el reggae no suele prometerte pero Los Cafres sí cumplen, arrancó la noche con un intro que funcionó como aperitivo y con Viento como primer plato. Guillermo Bonetto entró en escena y la sala viró de sala de conciertos a punto de encuentro colectivo. Hay vocalistas que cantan para el público. Bonetto canta con el público, y esa diferencia es la que sostiene cuatro décadas de carrera.
El repertorio fue un mapa bien trazado. Prefiero, Velas, Suhu, Las Preguntas, los primeros temas llegaron como reconocimiento mutuo, esa sensación de “aquí estamos todos, sabemos por qué”.
Pero fue con Aire y Tus Ojos cuando la sala entró en un estado difícil de describir sin usar la palabra éxtasis. La gente no solo cantó, recitó, lloró, gritó.
En el transcurso del show hubo espacio para que la banda respirara a su manera, solos de batería de Iván Mustapich, saxofón de Manuel Fernández Castaño, trompeta de Guillermo Willy Rangone, guitarras de Demian Marcelino y Víctor Raffo, teclados de Claudio Illobre.
No como relleno entre canciones, sino como recordatorio de que Los Cafres son una banda en el sentido más exigente del término.

El tramo central llegó con Alarma, La Música, Zapata, Imposible, Una Perla, Barrilete y Acto Salvaje, un repaso sin nostalgia, sin esa trampa en la que caen tantas bandas de larga trayectoria, tocar el catálogo como si fuera un museo. Cada tema sonó como si lo hubieran escrito la semana pasada.
Antes del cierre, los seis volvieron a hablar por sus instrumentos, esta vez juntos, en un bloque instrumental de unos cinco minutos que funcionó como firma colectiva. Sin palabras, sin presentador, sin pantallas. Solo música. Después llegaron Momento, Hace Falta y De Mi Mente para sellar el set principal. Pero el público no quería punto final, quería coma. Y los Argentinos volvieron con Si El Amor, Casi y Receta, no como propina, sino como promesa de que esto no termina aquí.

Casi cuatro décadas de reggae sin artificios
Lo de Los Cafres no es un show de presupuesto alto. No hay pirotecnia, no hay vestuario de película. Hay reggae. Hay letras que hablan de amor sin vergüenza. Hay una banda que lleva casi cuarenta años perfeccionando la habilidad de hacer que gente que no se conoce de nada baile junta en el mismo cuarto.
Casi cuatro décadas y Los Cafres siguen teniendo mucho que dar. Madrid lo comprobó en pleno junio con reggae, amor y verano como sinónimos perfectos.
Nos vemos en un próximo show.
Autor

Periodista, locutor y músico venezolano radicado en España. Con más de 16 años de experiencia en medios entre Venezuela, Perú y España, ha pasado por emisoras como Guay 91.7 FM y Spazio 100.3 FM, y fue cofundador de una de las primeras radios web del país, RadioIconica.com.
Amplió su carrera en Lima colaborando con plataformas digitales y canales como Willax Televisión, además de desempeñarse como selector musical en escenas locales de Lima y Maracay. Lleva casi una década creando podcasts, video y contenido digital.
Bajista de la banda de rock Indie-Go y colaborador de Arepa Volátil, donde cubre música, cultura y entretenimiento desde la perspectiva de alguien que no solo reporta la escena, sino que también la vive desde dentro. Curador obsesivo de playlists, ad honorem y sin queja.





