Viernes por la tarde en Madrid. Al acercarnos a La Riviera, el Manzanares parece correr con una cadencia distinta, como si supiera que esa noche tocaba cambiar de tempo. El río suena distinto y, con su sabiduría, también decía presente. Todo ser viviente quería alojarse esa noche en el Morgan Hotel. En la entrada, un cartel gigantesco anuncia Inverfest y, en las pantallas, desfilan las fechas del ciclo que sigue creciendo entre Zaragoza, Euskadi y la capital. Dentro, aforo completo, murmullos expectantes y esa sensación previa a los conciertos que prometen algo más que un buen rato.

Apertura: luz blanca y pulso firme
A las 21 horas puntuales, el escenario se ilumina con una luz blanca y sobria. Sin aspavientos. Los primeros acordes de Planet earth colocan la emoción en el centro de la sala. Desde ese instante queda claro que Morgan viene con todo: repertorio amplio, recorrido por su discografía y un sonido tan pulcro que casi se puede tocar. La Riviera lo entiende rápido y se entrega en silencio atento, interrumpido solo para cantar y moverse. Las canciones proceden a hospedarse en el alma de los seguidores del grupo durante dos horas de latido al compás.
El hotel abre sus puertas
El escenario revela su concepto: cortina roja de gran formato y un neón azul con el nombre de Morgan presidiendo el espacio. Batería, percusiones, teclados, bajo, piano y guitarra encajan como un mecanismo preciso, todos al servicio del directo, y la voz de Carolina de Juan sostiene el relato con una elegancia natural, de esa que tiene por ADN. El grupo empieza a tejer su red con Blue eyes, El Jimador y Attempting. El comentario se repite por la sala: qué bien suena, qué limpio es este directo. No es una frase hecha; es una constatación técnica y emocional.
Discografía viva y respirable
El volumen es el justo, el ataque el necesario. Cada acorde muerde sin saturar. El aire del recinto se transforma en un perfume propio, una mezcla que huele a Morgan. Hasta las palmeras clásicas de la sala se mueven con cada nota y al son. Caen aplausos constantes, de esos que no piden permiso entre canción y canción. El set viaja por discos como The river and the stone, Air y Hotel Morgan, y cada tema encuentra su espacio, su pausa, su razón de ser.
El escenario a dos alturas permite seguir cada gesto: miradas cómplices, entradas medidas, silencios que pesan. Cuando Carolina de Juan se dirige al público, asoma un nervio honesto; cuando canta, la transformación es total. Su voz se expande, sostiene y guía, sin teatralidad gratuita. Al momento de afrontar cada pieza, muta en un ave poderosa que bate sus alas de fuego y con su gola hipnotiza a la vez que enamora.

Raíz, alma y presente
En el directo hay madera y hay calle. Hay raíz setentera, pero con los pies bien plantados en el ahora. Folk americano, soul, blues, funk y rock sureño conviven sin empujarse. Canciones como Goodbye, Alone, Cruel y River llegan como alimento compartido y cual componente sagrado de las melodías, emulando al maná, reciben los fans sus dosis perfectas e ideadas para los oídos de los dioses.
El público recibe con devoción, vitalidad y energía cada pieza, consciente de estar ante un concierto de altísimo nivel y creado para durar y perdurar en la memoria. El hotel de los Morgan se podía definir como el templo perfecto, el santuario impecable y la morada ideal. Eso sí, no había recepcionista, porque todo el personal estaba disfrutando del show.

Hay espacio para que cada músico se luzca sin romper el conjunto. Todo suma. Cada nota tiene sentido; cada silencio, intención. Las palmas aparecen, los cuerpos ya han entrado en un calor particular, casi mitológico, y el ánimo se eleva. El tramo central se cierra con Radio, A kind of love y Thank you, dejando la sensación de haber cruzado ya varios paisajes.
El bis: sola, pero acompañada
Tras un breve receso, Carolina de Juan vuelve sola al escenario. Se sienta al piano y avisa: No me gusta estar sola sobre el escenario. Voy a cantar Volver. Lo digo para que mis compañeros en consolas lo sepan. Somos una banda. Me pueden acompañar con sus voces. La sala responde como un coro apoteósico. La versión de Volver es íntima y contundente a la vez, uno de esos momentos que quedan suspendidos.

Despedida: último trago
El grupo regresa completo para servir los últimos tragos del Hotel Morgan. Home y Sargento de hierro preparan el terreno para un cierre festivo y generoso: Another Road (Gettin’ Ready) / Good Times / Rapper’s Delight. Sonrisa compartida, foto de familia y un abrazo colectivo. La ovación se prolonga varios minutos después del final, resonando en cada rincón de Madrid.

Morgan cerró la noche dejando una sensación clara y que se puede explicar como un concierto que funcionó como refugio. Un lugar donde el corazón descansa, la música manda y el tiempo se detiene lo justo. Un acierto pleno del gran cartel de esta nueva edición del Inverfest.
Morgan, la morada ideal para que el alma se reconforte. Yo ya he reservado otra noche más en el Hotel Morgan, ¿y ustedes?














