Las luces tenues y la atmósfera íntima de La Quinta Bar, en Las Mercedes, Caracas, sirvieron de escenario para una velada en la que la escena independiente caraqueña demostró por qué sigue más viva que nunca. Un cartel integrado por Ravahil, Pulpo y Postales de Amaranta reunió a melómanos y seguidores de las bandas en una velada donde la energía, la exploración sonora y las emociones a flor de piel fueron las verdaderas protagonistas.
3 bandas en 1 noche
Ravahil, el power trío creado por el multinstrumentista, compositor y arreglista Sebastián Cova, con el bajista Angelo Frontirre y el baterista Andrés Nali, ganador, en su momento, de una beca Latin Grammy, fue la banda encargada de romper el hielo, abriendo una noche mágica.
Encendiendo la atmósfera del evento, la agrupación —esta vez con su sonido inicial—, sin violines ni sitar, pero con maracas, ofreció un recorrido por sus composiciones más destacadas, combinando solidez musical con una interacción cercana con la audiencia. Su paso por la tarima dejó en evidencia la madurez de su propuesta en vivo, cerrando la velada entre aplausos, un pogo y una ovación colectiva que reafirma el valor de estos espacios para la música emergente. Colapso, Bajo El Bosque, Venezuelan Rugby y su clásico, Superioridad En Decadencia Humana Y Animal, se corearon a todo pulmón.

Pulpo, con su fuerza, ritmo y presencia en tarima, hicieron el relevo, inyectando una dosis directa de dinamismo y potencia. Con una ejecución precisa en la sección rítmica y riffs cargados de peso, la banda no tardó en hacer retumbar el local. Eduardo Álvarez de Lugo, en la guitarra; Joaquín Albornoz, en el bajo, y David Vallés, en la batería, derrocharon su energía contagiosa, conectando de inmediato con los asistentes, quienes acompañaron el repertorio con coros y un movimiento constante que transformó el área frente al escenario en el epicentro de la noche. Pisa Papelero, Caliope y un cover de Losing My Religion pusieron a bailar a todos.

Por su parte, Postales de Amaranta, proyecto de Santiago Jiménez, guitarrista y creador, Daniel Baldini —Líneas de Nazca—, en el bajo, y David Borrego, en la batería, invitaron a disfrutar de sus paisajes sonoros para cerrar con una propuesta caracterizada por texturas envolventes y letras de corte introspectivo. El proyecto atrapó la atención del público desde las primeras notas. Su presentación transitó entre riffs duros, líneas de bajo sólidas y picos de intensidad instrumental que prepararon el terreno ideal para la descarga. Magnicidio, Montalbán, entre otras, dejaron en el ambiente una sensación de cercanía e inmersión total.
La jornada en La Quinta Bar no solo fue un concierto más en la agenda cultural capitalina, sino una muestra del talento y la autogestión que definen a la escena local. Tres propuestas distintas que, en una misma noche, lograron articular un circuito sonoro completo e inolvidable, sin mecenazgo, sin payola, sin empujoncito más allá del talento y de la buena pro y apoyo de Sail Bartolozzi, que siempre abre las puertas de par en par de su Quinta Bar a la juventud caraqueña.



