Probablemente, una de las cosas más bonitas que me ha regalado Arepa Volátil es descubrir artistas o proyectos que quizá no estaban en mi radar, salir del concierto pensando que acabo de vivir algo irrepetible, y eso fue exactamente lo que ocurrió con TOMORA el 8 de julio en las tan hermosas Noches del Botánico.
Aunque el proyecto se presentó oficialmente en 2025, detrás hay una historia que comenzó mucho antes. Tom Rowlands, mitad de The Chemical Brothers, y AURORA ya habían trabajado juntos en varias ocasiones. Esa conexión creativa terminó convirtiéndose en un proyecto propio donde la electrónica, la experimentación y la sensibilidad artística encuentran un equilibrio maravilloso. Sobre el escenario también les acompaña Amalie Holt Klieve, encargada de sintetizadores, percusiones y coros, una presencia fundamental que completa la puesta en vivo.

Con apenas unos segundos para entender que no sería un concierto convencional. El concierto comienza con Intro Sequence, una bienvenida que funciona casi como una declaración de intenciones. Una voz casi robotizada agradece la presencia del público y recuerda que ese recinto debe ser un espacio seguro para todos; es un detalle pequeño que marca el tono de toda la noche. Antes incluso de sonar la primera canción, ya existe una conexión con quienes están allí.
Entonces es cuando llega Ring The Alarm y toda esa calma inicial desaparece. AURORA y Amalie aparecen completamente vestidas de blanco, sosteniendo unos conos que funcionan como unos megáfonos gigantes. La imagen es poderosa, casi teatral. No necesitan grandes movimientos para llenar el escenario. Mientras tanto, Tom permanece detrás de su impresionante arsenal de sintetizadores, construyendo un paisaje sonoro enorme, con una naturalidad que únicamente dan décadas de experiencia. Desde ese momento entendí que el verdadero protagonista del concierto era el movimiento.
TOMORA al ritmo de las cámaras
Todo el escenario está rodeado por un complejo sistema de realización en vivo. Tres cámaras frontales, varias laterales, otras enfocando exclusivamente a Tom y algunas más dedicadas a sintetizadores y percusiones, capturan absolutamente todo lo que sucede. No se trata simplemente de proyectar imágenes en las pantallas. Cada plano forma parte del espectáculo, mezclándose en tiempo real con efectos visuales que transforman el escenario en una instalación artística viva. El VJ de TOMORA hace un trabajo espectacular.

Con My Baby llega el primer cambio de vestuario, algo que ya merece reconocimiento considerando el calor que hacía anoche en Madrid. A partir de ahí, las luces comienzan a jugar un papel todavía más importante. Cada foco parece dialogar con la música, mientras las pantallas construyen paisajes abstractos que cambian constantemente de textura y color. No es un concierto donde existan momentos muertos, porque todo ocurre al mismo tiempo.
La música, las visuales, la iluminación, las cámaras y las propias intérpretes terminan formando una única obra.
El recorrido continúa con Starvation, The Universe Sent Me, Have You Seen Me Dance Alone?, The Thing y Somewhere Else, una sucesión de canciones donde la energía cambia constantemente sin perder nunca la sensación de continuidad.
AURORA resulta absolutamente fascinante de ver en el escenario, es casi hipnótica, en algunos momentos parece una muñeca mecánica. Sus movimientos son robóticos, precisos. Un segundo después rompe completamente el personaje con una sonrisa enorme dirigida al público, como si acabara de descubrir por primera vez que cientos de personas la están mirando. Rompe la cuarta pared continuamente, se ríe, observa, juega y luego vuelve a transformarse en ese personaje casi mitológico que parece haberse escapado de algún bosque del norte de Europa.
Mientras tanto, Amalie sostiene gran parte del peso musical sin buscar protagonismo. Su trabajo en los coros y las percusiones termina siendo importante para que todo suene enorme, mientras Tom permanece como ese arquitecto silencioso que controla cada detalle desde su puesto.

El clímax de la presentación de TOMORA
Uno de los momentos donde todo comenzó a escalar fue Eve Of Destruction. Las pantallas mostraban un gigantesco rostro de AURORA sincronizado, mientras las imágenes evolucionaban hacia una estética que recordaba al universo Kamen Rider. La iluminación alcanzó otro nivel, los focos blancos cruzaban el escenario mientras los estrobos marcaban el pulso de la canción y las cámaras seguían captando hasta el más mínimo gesto. Era imposible decidir dónde mirar y creo que ahí reside uno de los mayores logros de TOMORA: no intenta saturarte, solo consigue que todo resulte interesante al mismo tiempo.
Antes de interpretar I Drink The Light, AURORA hizo una pausa para dirigirse al público. Tenía una sonrisa enorme, sincera, de esas que no parecen preparadas. Agradeció que hubiéramos elegido compartir la noche con ellos sabiendo que en Madrid había un festival importante. Fue uno de esos momentos donde la artista desaparece y aparece la persona.
Si hubo algo que me llamó la atención durante toda la noche fue la respuesta del público. Es cierto que las gradas no llegaron a llenarse por completo; calculando a ojo, quizá rondaban un 25% de ocupación. Sin embargo, la pista era otra historia. Allí no cabía un alfiler, personas de diferentes edades, muchas seguidoras de AURORA desde hace años y otras atraídas por la figura de Tom Rowlands, compartían el mismo espacio con una energía muy bonita, casi como si todos entendieran perfectamente el tipo de viaje que estaban a punto de vivir.
Aunque también hubo un pequeño punto negativo. Durante varios momentos del concierto, un gran grupo de asistentes no dejó de hablar. No era el típico comentario puntual, mantenían conversaciones enteras mientras sonaban algunas de las canciones más íntimas del repertorio. Entiendo perfectamente que cada uno vive un concierto como quiere, pero cuando el espectáculo juega tanto con los silencios y con los pequeños detalles, ese ruido termina afectando bastante a quienes sí intentan sumergirse completamente en la experiencia.
Aun así, TOMORA consiguió recuperar entre todos esa conexión prácticamente de inmediato. Hubo otro detalle curioso que seguramente pasó desapercibido para buena parte del público, ya que durante gran parte del concierto, AURORA tuvo algunos problemas con su micrófono de diadema. No porque dejara de sonar, sino porque parecía quedarle ligeramente grande; constantemente se lo acercaba a la boca o ajustaba la posición mientras seguía cantando. Lo curioso es que ella posee una capacidad interpretativa tan enorme que, durante varios minutos, parecía formar parte de la propia coreografía. Solo cuando empezó a repetir el gesto entre canciones quedó claro que simplemente estaba intentando sentirse cómoda.
Ese tipo de naturalidad es precisamente una de las cosas que hacen especial a AURORA. Nunca intenta parecer perfecta. Si algo ocurre sobre el escenario, simplemente sigue adelante. Convierte cualquier pequeño imprevisto en parte del momento sin dramatizar absolutamente nada.
Mientras tanto, Tom permanecía completamente concentrado entre sintetizadores, secuenciadores y controladores. Su forma de trabajar es casi hipnótica, no necesita grandes gestos ni buscar constantemente la atención del público. Su presencia transmite tranquilidad y confianza, sublime, vestido de negro como un personaje de fondo que hace que TODO tenga sentido. Es evidente que detrás de cada sonido hay décadas de experiencia construyendo algunos de los directos electrónicos más importantes y esa seguridad termina contagiando todo el espectáculo. El show visual, sin duda, es mejor entrada la noche, ya que las luces estroboscópicas, los pares led y el tremendo show de iluminación se pudieron apreciar muy entrada la noche.
La recta final del concierto elevó todavía más la intensidad.
Come Closer parecía destinada a convertirse en el gran cierre de la noche, ya comenzábamos a asumir que el final estaba cerca, pero entonces llegó una de las mayores sorpresas del repertorio: What Do We Got, un tema completamente nuevo que están presentando durante esta gira y que, sinceramente, terminó siendo uno de los grandes descubrimientos de la noche. Posee una fuerza impresionante. La voz de AURORA alcanza una dimensión casi espiritual, mientras la producción de Tom construye una base electrónica inmensa, llena de capas.
Fue uno de esos momentos donde entiendes perfectamente por qué este proyecto tiene tanto potencial. Todo funciona como una conversación musical constante, por un lado está la capacidad de Tom Rowlands para crear texturas electrónicas complejas sin perder nunca el ritmo y, por el otro, una de las voces más personales que ha dado Europa en los últimos años.
Hay momentos donde parece que estás dentro de una banda sonora y otros donde todo invita simplemente a cerrar los ojos y dejarse llevar.
El cierre oficial llegó con My Body Is Not Mine. AURORA y Amalie comienzan poco a poco a perder movimiento, como si fueran dos muñecas quedándose sin batería. Cada gesto se vuelve más lento, más pesado, mientras tanto, la iluminación también empieza a apagarse lentamente. En uno de los momentos más emotivos, AURORA se acerca a Tom buscando ayuda, él la observa durante unos segundos y simplemente deja que su propio personaje también se apague. Los tres abandonan el escenario juntos y te crea una imagen de cierre perfecto.
Los técnicos empezaron incluso a bajar algunos faders de Tom y todo hacía pensar que el concierto había terminado. Sin embargo, todavía quedaba una última sorpresa: regresaron para interpretar In A Minute y, ahí, el tiempo dejó de existir.

Es difícil explicar lo que ocurrió durante esos minutos porque dejó de sentirse como una canción convencional. Todo adquirió un carácter casi hipnótico. Las bases electrónicas crecían lentamente mientras las voces se mezclaban con sintetizadores envolventes y un diseño de sonido que parecía respirar junto al público. Fue un auténtico trance colectivo lleno de amor y mucha paz, como la misma Aurora comentó en alguna parte del concierto.
La sensación era que nadie quería romper aquel momento, lo que describe perfectamente lo que fue TOMORA. Eso no era un concierto, fue una experiencia construida desde el detalle, donde la música convivía con el teatro, el cine, la danza, el arte visual y una realización en directo absolutamente maravillosa.
La unión entre Tom Rowlands, uno de los grandes nombres de la electrónica contemporánea gracias a The Chemical Brothers, y AURORA, una artista capaz de convertir cualquier escenario en un espacio casi mágico, funciona de una forma sorprendentemente orgánica. La aportación de Amalie Holt Klieve termina de cerrar un directo que es como una sola pieza, aun cuando ellos se presentan como dúo.
Gracias a Noches del Botánico por la invitación a una noche tan maravillosa y única.



