En esta crítica de Euphoria, analizamos el cierre de una de las series más hipnóticas, excesivas y visualmente impactantes de HBO. El universo creado por Sam Levinson llega a su final con una temporada marcada por la redención, la autodestrucción, la adultez y una puesta en escena que vuelve a convertir cada plano en una experiencia sensorial.
Desde sus primeros episodios, la serie nos sumergió en las vidas de Rue, Jules, Lexi, Cassie, Nate, Maddy y Fezco, personajes atravesados por la adicción, el deseo, la culpa, la violencia, la soledad y esa necesidad desesperada de ser vistos. Todo esto acompañado por un soundtrack que no solo vestía las escenas, sino que les otorgaba alma, pulso y memoria emocional. La música, junto a una fotografía apabullante, convirtió cada plano en una especie de trance visual donde el dolor también podía verse hermoso.
Una segunda temporada en crescendo
En la segunda temporada de Euphoria, seguimos viendo cómo la autodestrucción de estos chicos llegaba hasta el fondo del pozo lodoso en el que se habían convertido sus vidas. En medio de ese caos, ellos mismos intentaban sostenerse unos a otros para permanecer con la cara fuera de la escoria emocional que los rodeaba.
Nuevamente, su creador, guionista y director Sam Levinson construía, con gran maestría, una historia cada vez más turbia y atrapante. Su puesta en escena, excesiva por momentos pero siempre magnética, reforzaba esa sensación de estar viendo no solo una serie juvenil, sino una tragedia moderna disfrazada de luces de neón, maquillaje corrido y noches interminables.
Regalo audiovisual
Finalmente, luego de haber transcurrido siete años desde el inicio de este alucinante viaje, Levinson vuelve a apostar fuerte por la imagen para imprimir dramatismo desde el punto de vista visual. Esta última temporada eleva aún más la ambición estética de la serie, apoyándose en el trabajo del director de fotografía Marcell Rév, pieza clave en la identidad visual de Euphoria.
Un detalle interesante es que Euphoria también fue cambiando su forma de verse con cada temporada. La primera apostó por una imagen digital más limpia, moderna y cercana al vértigo juvenil de sus personajes. La segunda se fue hacia el celuloide de 35mm, logrando una textura más nostálgica, intensa y casi como un recuerdo roto. Y en esta última etapa, Sam Levinson y Marcell Rév llevaron esa búsqueda visual aún más lejos con película Kodak en 35mm y 65mm, una decisión poco común en la televisión contemporánea que hace que el cierre se sienta más grande, más vivo y profundamente cinematográfico. Ese grano, esos colores y esa profundidad visual convierten cada encuadre en una pintura rota: bella, intensa y al borde del colapso. Y los fanáticos de la fotografía, por supuesto, lo agradecemos.
La falla detrás de todo
Ahora, todo este derroche técnico es digno de aplauso. Pero no podemos negar que la belleza visual no siempre alcanza para subsanar un guion de altos y bajos. ¿Qué nos trajo esta última temporada? Sus primeros cuatro capítulos parecen no saber muy bien hacia dónde dirigir la historia. Dan vueltas en círculos, estiran conflictos y retrasan resoluciones que el espectador esperaba con ansiedad.
Es una decisión arriesgada y, por momentos, frustrante. Sobre todo porque veníamos de dos temporadas que, con sus excesos y contradicciones, tenían una fuerza narrativa más clara. Aquí, en cambio, el relato parece perderse por instantes entre su propia ambición, como si la serie estuviera demasiado enamorada de su forma y no siempre tan comprometida con el fondo.
Salir a flote y un tributo
Pero no todo está perdido. Levinson guarda un as bajo la manga y lo juega en el momento justo. El paso de los chicos de East Highland a los problemas de la adultez empieza a tomar cuerpo en los últimos cuatro capítulos, donde la serie recupera intensidad, crudeza y una tensión dramática que vuelve a recordarnos por qué Euphoria impactó tanto desde el principio.

Las actuaciones son uno de los grandes pilares de este cierre. Zendaya, Hunter Schafer, Sydney Sweeney, Jacob Elordi, Alexa Demie, Maude Apatow y Colman Domingo vuelven a demostrar que la serie siempre tuvo en su elenco una de sus mayores fortalezas. Cada personaje carga con sus propias ruinas, y en esos gestos mínimos, silencios incómodos y estallidos emocionales aparece la verdadera potencia del relato.
También hay espacio para un claro tributo al cine de Quentin Tarantino: diálogos tensos, violencia contenida, momentos de estilización extrema y una sensación de peligro que se cocina lentamente hasta estallar. Levinson no esconde sus influencias, pero las filtra a través del universo emocional de Euphoria, donde la belleza y la destrucción suelen bailar demasiado cerca.
Fin
Euphoria fue un bonito viaje, casi onírico. Una experiencia visual y emocional que no siempre caminó en línea recta, pero que supo dejar imágenes difíciles de olvidar. Su final está muy bien ejecutado a pesar de esas pequeñas fallas narrativas que, al llegar los últimos minutos, quedan parcialmente borradas por la fuerza de lo que acabamos de ver.
La redención, la fe, la religión, las drogas, la violencia, el deseo y la culpa danzan con extraña armonía para entregarnos un festín sobre lo que puede ser la vida cuando se vive al borde del abismo.
Euphoria termina como empezó: incómoda, hermosa, excesiva y profundamente humana.




