Madrid también tiene noches en las que su pulso se desordena y recuerda de qué está hecha su escena más salvaje. Esta fue una de ellas. Esta crónica recoge lo vivido en San Isidro, cuando Enrique Villarreal Armendáriz, El Drogas, eligió hacer exactamente lo que lleva más de cuatro décadas haciendo: prender fuego. No metafóricamente. Literalmente encender una sala, un público, una ciudad que en su fiesta patronal suele repartirse entre chulapos, cañas y verbenas. Él eligió La Riviera. Y la diferencia se notó en los pómulos.
La Riviera: un templo del rock con memoria y carácter
La Riviera volvió a comportarse como lo que realmente es: un templo con memoria propia. Un lugar que carga con tanta historia que rara vez se inmuta, pero cuando lo hace, se nota. El público que llenó la sala era una mezcla improbable y perfecta: veteranos del rock estatal que vivieron Barricada en su apogeo, moteros con chaqueta de cuero que parecían salidos de un videoclip de Motörhead edición española, y una generación más joven que llegó a descubrir de dónde viene todo lo que escucha. El ambiente era el de un parque de atracciones de acceso restringido. Solo podía generarlo alguien como él.
A las 20:35, sin protocolo ni drama, arrancó la noche.
El setlist de El Drogas: un viaje por su historia y la de Barricada
El arranque fue con Tarde, Jeringuilla, de su etapa con La Venganza de la Abuela, una declaración de intenciones tan directa como su título: esto no va a ser un concierto para ponerse cómodo. Desde ahí, El Drogas trazó un recorrido cronológico y emocional por su trayectoria, los años de Barricada, los ochenta y noventa que siguen sonando con una vigencia poderosa.

Entre los temas que marcaron la noche: El Charco, Los Maestros, La Hora Del Carnaval, Campo Amargo, Problemas, Como Elefantes, Okupación, Azulejo Frío, Nos Queda Poco Tiempo, Péinate, Mantilla y el himno incuestionable Esta Es Una Noche De Rocanrol. Canciones que no piden permiso. Letras directas, reivindicativas, sin adornos innecesarios, construidas para ser gritadas en comunidad. Y muchas más que completaron una noche sin relleno, sin tiempos muertos, sin concesiones al fácil.

Un momento que te hace transportarte hacia otro lugar fue cuando se puso en modo acústico con el track Sin Lámpara, instante de desconexión, y una manera de decirle al público: acompáñenos a cantar a todo pulmón.
Pero en general el sonido: rock and roll en su columna vertebral, con desvíos hacia el hard rock, el punk y esa veta de guitarras country-texanas que de vez en cuando asoma y te transporta a una carretera que nunca has pisado pero reconoces de inmediato.
Una banda sólida para un directo sin concesiones
Un frontman de esta envergadura necesita una banda a su altura, y esta noche la tuvo. Txus Maraví brilló en las guitarras, demostrando solos geniales. Eugenio Aristu, Flako, sostuvo el bajo con firmeza y presencia, muy importante. Y Nahia Ojeta en la batería marcó el pulso de los tambores. Los cuatro ocupaban el escenario como lo hace la gente que no necesita demostrarlo: con naturalidad aplastante. Sin pantallas gigantes, sin pirotecnia. Solo músicos que saben exactamente lo que hacen.

Un público entregado que convirtió el concierto en ritual
En dos horas de show, nadie se quedó de pie mirando. Aquí no se venía a observar, se venía a participar. El público cantó, saltó, celebró. Y cuando El Drogas se despidió, la sala respondió con tres minutos de exigencia colectiva: una rola más, una más, una más. No es que no quisieran irse a casa. Es que la magia seguía encendida.
Él volvió. Claro que volvió. Tres canciones más: Oveja Negra, No Hay Tregua, y el cierre en Blanco y Negro. Una despedida que fue, en realidad, una última afirmación.

El Drogas a los 66 años: vigencia, actitud y resistencia
A sus 66 años, con una energía que deja en evidencia a intérpretes veinte años más jóvenes, Enrique Villarreal no ha envejecido. Ha fermentado. Y como todo lo que fermenta bien, cada año que pasa pica más. No ha vendido su catálogo como reliquia de museo. Lo ha traído vivo, sudado y sin restaurar. En 2026, eso no es nostalgia. Es resistencia.

Madrid tuvo su San Isidro de rock and roll. Y los dioses, esta noche, respondieron.
Nos vemos en un próximo show!!!!




