Hay festivales que se recuerdan por y para siempre. De esa forma se podría definir lo acontecido en la segunda jornada del Festival Gigante en Guadalajara, que tuvo lugar el pasado día viernes 28 de agosto, cuando La M.O.D.A. y Ultraligera se preparaban para hacer latir a toda la ciudad a base de himnos.
Pero antes, la ceremonia se inauguraba desde el mediodía en la Plaza Mayor, la cual se convirtió en un vermú festivo e improvisado a pie de calle. Con los balcones a rebosar y las terrazas hasta arriba, Sandra Bautista, La 126 y Toobaldsound dieron los primeros acordes de lo que terminaría siendo un maratón de pop-rock sin margen para el descanso. Un aperitivo diurno muy efectivo.
Un festival que entiende el espacio como parte del espectáculo
El sol empezaba a caer de lado sobre Guadalajara y el recinto con una especie de luz dorada, anuncia que el verano y las vacaciones encaran su última curva. El Festival Gigante respiraba y la distribución permitía caminar, detenerse, comer o simplemente quedarse escuchando. En su duodécima edición, el festival volvía a plantear una idea tan sencilla como eficaz: la experiencia también forma parte del cartel. Los tres escenarios comenzaron a funcionar como pequeñas ciudades dentro de la propia ciudad. Cada uno con su ritmo, su público y su manera de entender la música.
Entre concierto y concierto, la vida ocurrió también en los senderos con la zona gastronómica que volvió a ser uno de los reclamos del festival. Una avenida de food trucks ofreció propuestas para todos los gustos: hamburguesas de autor, tacos, alternativas veganas y opciones dulces. Y, quizá tan importante como la variedad, hubo zonas de sombra y colas razonablemente ágiles. Tomarse una cerveza fría o sentarse a comer no se convirtió en una prueba de resistencia. La amplitud de las barras y la distribución de los puntos de restauración permitieron mantener un flujo constante de público y evitar esas esperas interminables que pueden terminar empañando cualquier jornada de festival.
A unos metros, los stands dedicados a moda y accesorios aportaron otro pequeño aliciente. Marcas independientes, artesanales, ropa de diseño local y complementos vintage convirtieron los desplazamientos entre escenarios en una oportunidad más para curiosear. Pero si hubo un aspecto que terminó de definir el carácter de esta edición fue su apuesta por la integración para todos los públicos. En el Área Infantil, los más pequeños contaron con un espacio pensado específicamente para ellos, con talleres creativos, juegos supervisados y actividades destinadas a acercarles la música desde otra perspectiva. Mientras tanto, las familias pudieron recorrer el recinto con tranquilidad y disfrutar de la programación sin renunciar a un entorno adaptado para los niños.
El Gigante empieza a coger velocidad y explota con Ultraligera
En el Escenario Vibra Mahou, The Molotovs fueron los encargados de elevar la temperatura. El directo de los británicos aportó esa electricidad inmediata que convierte una tarde de festival en noche antes incluso de que desaparezca el sol. No se los pierdan en vivo. Son colosales. Después llegaron Repion. Las hermanas se movieron con una contundencia que encontró respuesta rápida entre el público. Guitarras distorsionadas, intensidad y una interpretación cargada de emoción hicieron que el escenario adquiriera otra densidad. Había canciones, volumen y actitud, pero también una sensación de desahogo que atravesó buena parte del concierto.

La medianoche encontró allí a Ultraligera, uno de los nombres que más expectación había generado en la jornada. La banda salió con la responsabilidad añadida de tocar ante un público que ya conoce sus canciones de memoria. Y la respuesta llegó desde el primer golpe. Lapsus abrió paso a un repertorio que fue encadenando momentos reconocibles: Pelo de Foca, Silla de Mimbre y Si Tú Supieras mantuvieron al público arriba, mientras las voces desde las primeras filas empezaban a competir con las de la propia banda.

Con Me Miras Mal y Recuerdos del Baile, el concierto terminó de adquirir esa dimensión coral tan buscada por cualquier grupo que aspira a convertir sus canciones en himnos. Después llegaron La Basura con una versión a capela multitudinaria como introducción apoteósica, Tú No Lo Ves y Matanza en el Hotel, completando un recorrido en el que cada tema encontraba una respuesta inmediata y un latido general. La puesta en escena acompañó esa sensación de crecimiento. Ultraligera demostró que su ascenso tiene argumentos más sólidos que una simple tendencia: repertorio reconocible, presencia sobre las tablas y una conexión cada vez más evidente con quienes están al otro lado. ¡Que se prepare América para recibir a la banda con su próxima gira!

La M.O.D.A. convierte el concierto en territorio colectivo
En el Escenario Gigante, Aiko El Grupo había dejado previamente una descarga de punk y actitud. El público encontró allí un espacio perfecto para saltar, gritar y liberar la energía acumulada durante las primeras horas de la jornada. Pero el gran momento del día estaba reservado para La M.O.D.A.
La Maravillosa Orquesta del Alcohol apareció sobre un escenario convertido en una azotea. Las camisetas blancas sin mangas de los músicos reforzaban una imagen ya reconocible, mientras la escenografía servía como marco para esa mezcla de folk, rock y tradición popular castellana que la banda ha convertido en una de sus principales señas de identidad. Desde los primeros compases quedó claro que aquello iba a jugar en otra liga, la de la emotividad.

San Felices puso al público en movimiento. Después llegaron Alsa pa Madrid y Los Tiempos Que Vivimos, con las voces del recinto creciendo hasta formar una segunda banda al otro lado del escenario. El repertorio siguió avanzando por No Te Necesito para Ser Feliz, Catedrales y 1932. Acordeones, saxofones y mandolinas fueron construyendo una sonoridad reconocible mientras el septeto mantenía una energía constante.
Con Héroes del Sábado, la comunión entre escenario y público alcanzó uno de sus puntos más altos. Las canciones dejaron de pertenecer únicamente a quienes las habían escrito: miles de voces las devolvían desde el otro lado de las vallas. El tramo final llegó con Mañana Voy a Burgos, cerrando una actuación que volvió a explicar por qué La M.O.D.A. se ha convertido en una de las grandes bandas de directo del panorama nacional. La fuerza del concierto estuvo precisamente ahí, en esa capacidad para transformar un repertorio en emociones vivas.

Y cuando la noche parecía pedir otro ritmo, apareció Ortiga. El artista gallego tomó el relevo y convirtió la pista en un guateque de madrugada. Cumbia, electrónica y autotune se mezclaron en una propuesta descarada, juguetona y profundamente bailable. El público respondió cambiando el registro sin abandonar la pista, como si el festival hubiera decidido que todavía quedaban unas cuantas horas antes de pensar en dormir.

El otro Gigante: descubrir mientras se camina
El Escenario Mondo Sonoro jugó durante toda la jornada un papel diferente. Fue el territorio para detenerse, descubrir y dejarse sorprender. Por allí pasaron Los Domingos, Musgö, Döppelers, Ruvenruven, Ona Mafalda y Bita.

La actuación de Musgö tuvo uno de los momentos visualmente más singulares de este escenario. El arpa ocupó el centro de una propuesta envuelta en incienso y reverencias, creando una atmósfera casi ceremonial que contrastaba con el ritmo más directo de otras actuaciones del festival. Después, Ona Mafalda aportó una rock bien ejecutado y mucho mejor entendido. Elegante, talentosa y un huracán en plena ejecución. Bita cerró la noche llevando el escenario hacia el baile. Era fácil entender así la lógica de esta zona: mientras los escenarios principales concentraban buena parte de las grandes respuestas colectivas, el stage Mondo Sonoro permitía que el público se desviara del camino previsto y encontrara algo nuevo.

La jornada del Festival Gigante de Guadalajara dejó emociones fuertes y, en la ceremonia del día viernes en su duodécima edición, tuvo dos nombres propios capaces de explicar por sí solos la dimensión que ha adquirido esta cita: La M.O.D.A. y Ultraligera. Dos propuestas muy diferentes, dos maneras de entender el directo y un mismo resultado: convertir un viernes de finales de agosto en una celebración titánica de la música en vivo.
Guadalajara se encargó de estirar hasta la madrugada las fuerzas de los presentes y, al terminar la jornada, la impresión era clara. El Festival Gigante 2026 había construido su identidad alrededor de una idea sonora muy bien combinada, logrando que el público vibrara mientras estuvo allí.



