Madrid estaba en modo agosto. Calles más vacías, terrazas a medio gas y esa sensación de que media ciudad había hecho las maletas. Pero el rock no entiende de vacaciones. Mucho menos cuando una cuenta pendiente de más de dos décadas decide cobrarse de golpe.
El domingo 9 de agosto, Godsmack aterrizó por primera vez en Madrid para hacer algo más que ofrecer un concierto: era cerrar una deuda histórica con toda una generación que creció con el rock de finales de los 90 y principios de los 2000.
La Riviera estaba preparada. Y el público también.
Una espera que finalmente terminó
A las 19:00 se abrieron las puertas de la legendaria sala La Riviera. Afuera, quienes llevábamos un buen rato esperando empezábamos a entrar con una misión bastante sencilla: encontrar el mejor lugar posible para ver a una banda que, para muchos, llevaba demasiado tiempo siendo una asignatura pendiente.
Desde aquí, un agradecimiento especial al equipo y al personal de La Riviera por la atención y el trato durante la cobertura.
A las 19:40 llegó el turno de Thundermother.
Las suecas aparecieron con una introducción casi ceremonial, con aires nórdicos, como si estuvieran invocando una tormenta. Y, cuando arrancaron, la tormenta llegó en forma de hard rock.
Cuatro chicas sobre el escenario, mucha actitud y un sonido directo, pegajoso y explosivo. Thundermother juega en una liga diferente a la de Godsmack, pero precisamente ahí estuvo uno de los aciertos del cartel: preparar al público con una dosis de rock clásico y energía antes de entrar en terrenos más pesados.
No eran el plato principal. Pero cumplieron con creces su papel de aperitivo.
Godsmack: 30 años después, Madrid finalmente responde
A las 21:05, después de una introducción potente con AC/DC, las luces bajaron.
Sully Erna apareció acompañado por Robbie Merrill, Mike Mangini y Sam Koltun. Estos dos últimos son las incorporaciones que acompañan a la banda en esta nueva etapa tras la salida de los miembros históricos Tony Rombola y Shannon Larkin.
Y entonces sonó When Legends Rise.
Godsmack no necesitó demasiadas explicaciones. El sonido hizo el trabajo.
La banda de Boston entró con una contundencia que dejó claro desde los primeros minutos que aquella no iba a ser una visita protocolaria. Había algo que demostrar: que una banda asociada inevitablemente a una época concreta del rock todavía podía plantarse en un escenario madrileño y sonar relevante.
La tercera canción fue Awake.
Y ahí ocurrió algo curioso.
Por un instante, La Riviera dejó de parecer una sala en agosto de 2026 y se convirtió en una cápsula del tiempo. Para quienes descubrimos a Godsmack durante aquellos primeros años de los 2000, escuchar ese riff era regresar directamente a una época de reproductores MP3, camisetas negras, videojuegos y discos que se escuchaban de principio a fin.

La nostalgia estaba presente, sí. Pero Godsmack no parecía interesada en vivir únicamente de ella.
Surrender mantuvo los decibelios arriba y la banda comenzó a desplegar una maquinaria sonora que, pese a los cambios de formación, conservaba buena parte de su identidad.
La nueva formación pasa el examen
Uno de los grandes interrogantes de la noche era precisamente ese: ¿cómo funcionaría Godsmack con esta nueva alineación?
La respuesta fue bastante clara: hay vida después de los cambios.
El bajo de Robbie Merrill sigue funcionando como una de las columnas vertebrales del sonido de la banda, mientras Mike Mangini aportó una pegada demoledora desde la batería. Y Sam Koltun, especialmente desde la guitarra, se ganó rápidamente los focos.
Durante un instrumental de hard rock, la banda tuvo espacio para respirar y demostrar músculo musical antes de lanzarse nuevamente al cuello del público.
Entonces llegó Cryin’ Like a Bitch!!
Y ahí La Riviera dejó de ser una sala para convertirse en un pequeño campo de batalla.
Los primeros mosh pits comenzaron a aparecer entre el público mientras Godsmack hacía lo que mejor sabe hacer: convertir riffs pesados y estribillos gigantes en una experiencia colectiva.
Salvatore Paul Erna Jr. se acerca al público
Pero el concierto no se construyó únicamente a base de volumen.
En uno de los momentos más humanos de la noche, Sully Erna se tomó un largo espacio para hablar con el público.
¡¡Finalmente estamos aquí!!
La frase tenía peso. Después de cancelaciones y de una espera que parecía no terminar nunca, Madrid tenía delante a Godsmack.
Erna habló de la situación actual de la banda, presentó a su amigo y compañero Robbie Merrill y recordó que ambos llevan más de 30 años construyendo este proyecto.
Fue un momento interesante porque permitió ver al hombre detrás del frontman. No todo fue pose de estrella de rock; también hubo vulnerabilidad, memoria y agradecimiento.
Incluso compartió una pequeña anécdota sobre una de las guitarras que estaba usando: aseguró que la compró por apenas 80 dólares cuando la banda comenzaba. El mensaje era sencillo y bastante rockero: no necesitas gastar una fortuna para hacer música.
Y hubo tiempo, además, para felicitar a España por su victoria en el Mundial, un gesto que terminó de acercar todavía más a Erna con un público que llevaba años esperando tenerlo delante.
La promesa final fue casi inevitable: mientras haya gente dispuesta a escuchar rock, Godsmack tendrá razones para regresar.
Esperemos que esta vez no tengamos que esperar otras tres décadas.
Los clásicos toman La Riviera
Después de la conversación llegaron más golpes directos a la nostalgia.
Keep Away y Voodoo hicieron viajar a la audiencia hasta finales de los 90, cuando Godsmack comenzaba a construir el sonido que terminaría convirtiéndolos en una de las bandas importantes de aquella generación.

Después llegaron The Oracle, 1000hp y Speak, manteniendo una dinámica que no permitió que el concierto perdiera demasiado oxígeno.
Pero uno de los momentos más disfrutables de la noche llegó cuando la banda decidió salir ligeramente de su zona de confort.
Godsmack interpretó Come Together, clásico de The Beatles que la banda ya había incluido en Live & Inspired. A esto se sumó un fragmento del solo de Stairway to Heaven, de Led Zeppelin.
Y aquí apareció nuevamente Sam Koltun.
Sully Erna aprovechó el momento para destacar la versatilidad del guitarrista y, sobre el escenario, Koltun se encargó de justificar el elogio. No fue simplemente un momento de exhibición técnica; sirvió para recordar que, incluso después de tres décadas, Godsmack todavía puede permitirse jugar con sus propias influencias.
Y eso siempre es una buena señal.
I Stand Alone y una deuda finalmente saldada
Con Bulletproof y I Stand Alone llegó el desenlace.
Más de una hora y media después de comenzar, Godsmack había hecho lo que tenía que hacer: tocar sus canciones, reivindicar su presente y, sobre todo, demostrar que aquella espera había valido la pena.
Si hay algo que no se le puede reprochar a Godsmack es su rendimiento musical. Sonaron compactos, contundentes y con la experiencia de una banda que lleva tres décadas haciendo esto. La deuda, si queremos encontrar alguna, estuvo más en lo visual que en lo sonoro: el espectáculo escénico pudo haber sido más ambicioso y acompañar con mayor fuerza todo lo que estaba ocurriendo musicalmente.
Pero sería injusto medir esta noche únicamente desde la espectacularidad.
Porque lo importante estaba ocurriendo entre el escenario y la pista.
Había personas que llevaban años esperando cantar Awake, saltar con Cryin’ Like a Bitch!! o cerrar la noche con I Stand Alone. Había una generación entera reencontrándose con una banda que formó parte de su adolescencia y que, contra todo pronóstico, seguía sonando con los dientes apretados.
Godsmack representa, sin duda, una parte importante de aquel ecosistema de rock y nu metal que dominó buena parte de los primeros años del siglo XXI. Pero su concierto en Madrid dejó algo más interesante que un simple ejercicio de nostalgia: la sensación de que esta nueva formación todavía tiene capítulos por escribir.
Madrid esperó 30 años por Godsmack. Esperemos que la próxima visita no tarde tanto.
Nos vemos en el próximo show.



