La tormenta llegó a Aranda de Duero justo cuando Sonorama Ribera comenzaba a poner en marcha una de las jornadas más esperadas de su 29.ª edición. El viento levantó polvo, obligó a ajustar tiempos y equipos y llevó a la organización a extremar las medidas de prevención. Durante unos minutos, el cielo pareció querer discutirle el protagonismo a la música.
El festival esperó. Los escenarios se revisaron, el público aguardó y, cuando todo estuvo listo, la maquinaria volvió a ponerse en marcha. Sonorama Ribera 2026 tenía por delante una de sus grandes noches. En el centro de esa noche estaba Leiva. El madrileño llegaba a El Picón con el Tour Gigante Fin de Gira y con una historia particular con este festival. El escenario Ribera del Duero comenzó a concentrar una multitud que ya había pasado por varias horas de música y que todavía guardaba voz para cantar.
La tormenta también forma parte del recuerdo Sonorama
Esta cuarta jornada había comenzado horas antes en las calles de Aranda de Duero, donde Sonorama Ribera volvió a extenderse más allá de El Picón. Sexy Zebras protagonizó el concierto sorpresa de la Plaza del Trigo, mientras Oslo Ovnies ofrecía uno de los momentos más entrañables de la mañana con la presencia sobre el escenario del abuelo de uno de sus integrantes.
La programación urbana volvió a demostrar que el festival forma parte de la ciudad durante estos días. Plaza del Trigo, Plaza de la Sal y el Escenario Charco funcionaron como pequeñas arterias musicales por las que circuló un público diverso, mientras propuestas como Sonorama Baby y Sonorama también se escribe ampliaban el paisaje del festival.
La tormenta cambió ligeramente el ritmo de la jornada, pero también terminó incorporándose al relato. Después llegaron los manguerazos de la Plaza del Trigo, los conciertos de las bandas emergentes y una tarde que fue recuperando progresivamente la normalidad.
En la sala de prensa, por la tarde, Javier Ajenjo, caracterizado con la camiseta blanca típica de tirantes de la agrupación burgalesa, compartió espacio con La M.O.D.A., hablando de la trayectoria de un festival que prepara ya su trigésima edición. Los burgaleses afrontaban después uno de sus conciertos más esperados, jugando en casa y ante un público que los ha acompañado desde sus primeros pasos.

La mañana: vino, letras y manguerazos en el corazón del pueblo
Hay un instante exacto en el que el polvo acumulado tras cuatro días de música deja de sentirse como tierra y pasa a ser un latido. En Aranda de Duero, ese milagro ocurre cada agosto, pero en la jornada del sábado 8 de agosto de 2026 la luz del sol sobre los tejados de la Villa Arandina traía una electricidad distinta. Era una jornada especial del Sonorama Ribera 2026, el día en que la música no solo se escucha: se respira en cada rincón.
Aranda despertó al compás del vino y las guitarras. Las calles del casco histórico amanecieron bulliciosas, entrelazando a familias con carritos, jóvenes con camisetas empapadas y veteranos del festival que llevan casi tres décadas haciendo de esta cita su liturgia estival. En los Jardines de Don Diego, la programación de Sonorama Baby robó las primeras sonrisas con el show infantil de Caracolino y las dinámicas de Happening, un oasis familiar donde los más pequeños aprendían a levantar las manos al aire. Mientras tanto, la pausa cultural la marcó Sonorama también se escribe en el Museo de Arte Sacro San Juan, con la escritora Aixa de la Cruz y el periodista Fernando Navarro hilando refugios de palabras entre partituras. En el Centro Cultural Fundación Caja de Burgos, las catas guiadas recordaban a los visitantes que aquí el maridaje perfecto lo componen una copa de tinto Ribera del Duero y una buena melodía.

El recinto no daba tregua
Cinco escenarios vibrando de forma simultánea conformaban una red arterial de sonidos y, por ejemplo, en el Escenario Aranda de Duero, el templo de la devoción local abrió temprano con la voz quebrada y poética de la canaria Valeria Castro. La travesía la continuó el gallego Xoel López repartiendo luz, seguido del contagioso pop urbano de Marlena y el broche de fiesta a cargo de Eme DJ.
Por su parte, en las guitarras enérgicas de Repion abrieron la cancha antes de ceder el testigo al fenómeno pop de Belén Aguilera. Leiva conquistó la noche con su magnetismo rockero e inconfundible elegancia, firmando un concierto coreado de principio a fin. La noche dio paso más tarde a la locura satírica e irrepetible de Ojete Calor, desatando el baile desenfrenado de miles de festivaleros, y en el Escenario Indexa el suelo fue fértil para el rock, el urbano y la electricidad sin filtros. Por allí desfilaron Vis Viva, la pura potencia en directo de Kitai, la sensibilidad de Paul Alone, las rimas directas de Dollar Selmouni, el rock nostálgico de Puño Dragón y el cierre festivo de Raya Diplomática.

El Escenario Porklovers contó con los ritmos más diversos e intensos; encontraron aquí su trinchera. Pasaron la sensibilidad pop de Pol 3.14, Ruth, el rap callejero de Al Safir, la contundencia de los argentinos El Mató a un Policía Motorizado, el garaje gamberro de los gallegos The Rapants y el terremoto tropical y urbano de Lapili estallando de madrugada, y el Escenario Tierra de Sabor disfrutó de la frescura y el baile incesante; se apoderaron de este rincón con las propuestas de Jaguayano, Los Chivatos, Aluo, el toque de humor y frescura de Nacho Pistacho, el post-punk en gallego de Grande Amore, la delicadeza vasca de Nøgen, cerrando la jornada en alta tensión electrónica con los sets de Freenipples B2B Lucía Dilema, Peje B2B Peredius y Brian Decalma.
Leiva convierte Sonorama Ribera en una noche de canciones eternas
Leiva salió con la naturalidad de quien conoce el stage. La banda tomó el escenario y el concierto arrancó con esa mezcla de electricidad y precisión que ha convertido sus canciones en piezas reconocibles desde los primeros acordes. Las guitarras marcaron el pulso y, desde las primeras canciones, el público asumió su parte del trabajo: cantar. La escena creció canción a canción. El repertorio recorrió distintas etapas de su carrera y encontró uno de sus grandes puntos de conexión con el pasado en las canciones de Pereza, que Leiva recuperó con nuevas texturas, lejos de cualquier ejercicio de nostalgia mecánica.

De Pereza a una carrera convertida en repertorio colectivo
Pienso En Aquella Tarde abrió una puerta directa a otra época. El público reconoció cada giro de la canción y respondió con una mezcla de memoria y celebración. Después llegaron Estrella Polar y Lady Madrid, dos canciones que demostraron hasta qué punto aquel repertorio continúa instalado en la memoria colectiva. Con Princesas, el recinto volvió a convertirse en un enorme coro. Las voces llegaban desde distintos puntos del público y se mezclaban con la banda mientras Leiva avanzaba por el escenario, pendiente de esa conversación permanente que se establece entre un músico y una multitud que conoce sus canciones. Como Lo Tienes Tú llevó el concierto hacia otro de sus momentos reconocibles. La canción terminó desembocando en unas estrofas de Hey Jude, de The Beatles, un guiño que el público recibió levantando todavía más la voz.
La estructura del concierto permitió que las diferentes etapas de Leiva convivieran con naturalidad. Sus canciones aparecieron transformadas por los años, por una banda rodada y por una producción pensada para un escenario como el Sonorama. La noche, sin embargo, todavía guardaba su momento más delicado.
Leiva tomó la guitarra y redujo el pulso del escenario para enfrentarse a uno de esos instantes que cambian la temperatura de un concierto. Llegó El Hombre Pájaro, de Robe Iniesta. La canción apareció desnuda, sostenida por la guitarra y la voz de Leiva. Frente a miles de personas, el ruido habitual de un festival fue desapareciendo hasta quedar convertido en silencio. Durante unos minutos, El Picón escuchó de otra manera. Cuando terminó la interpretación, el aplauso acabó creciendo hasta llenar el recinto. Después llegaron los gritos de Robe, Robe, Robe, repetidos por una multitud que convirtió aquel homenaje en uno de los momentos más emotivos de la noche.
Había algo especialmente poderoso en la escena: un festival acostumbrado al movimiento, al baile y al volumen había encontrado espacio para quedarse quieto. El recuerdo de Robe Iniesta atravesó entonces el concierto como una corriente subterránea y la 29.ª edición de Sonorama Ribera vivió uno de los grandes directos.
Una multitud que canta en cada escenario
A medida que avanzaba la noche, los conciertos proseguían avanzando y el respetable vibrando. Era una noche que también hablaba de Sonorama. Tras Leiva, El Picón seguía latiendo el resto del festival. La M.O.D.A. había convertido el escenario Aranda de Duero en una celebración colectiva y había compartido escenario con Repion en No Te Necesito Para Ser Feliz. Xoel López, otro nombre íntimamente ligado a la historia del festival, había construido también su particular castillo de emociones. Pero los cinco escenarios tenían aquella noche de sábado un centro de gravedad evidente: la música en toda su dimensión.

Ojete Calor recogería el testigo y convertiría el recinto en una fiesta de otro tono, con Carlos Areces, Aníbal Gómez y Blanca Suárez en escena para Mocatriz. La madrugada seguiría su propio camino delante de miles de personas.
A esas alturas, Sonorama Ribera ya había vivido uno de sus grandes momentos de 2026: una noche marcada por la tormenta inicial, por las canciones que han acompañado varias generaciones y, sobre todo, por aquel silencio inesperado durante El Hombre Pájaro. Una imagen difícil de programar y todavía más difícil de fabricar. Y Aranda de Duero aún tenía mucho que contar.
La noche terminó mirando hacia el futuro.
El espectáculo de drones sustituyó los fuegos artificiales y repasó visualmente algunos episodios de la historia de Sonorama Ribera, destacando los nombres de cada persona que hace posible un festival de estas dimensiones en formato letras de Star Wars. Después llegó el anuncio: Siloé es el primer nombre confirmado para la 30.ª edición, que celebrará tres décadas del festival. También se anunció la puesta a la venta de 5.000 bonos a un precio especial de 85 euros.
El festival todavía tenía por delante su jornada de domingo, pero la noche del sábado ya había dejado una de esas escenas que permanecen: una guitarra, miles de personas en silencio y el nombre de Robe viajando desde El Picón hacia el cielo de Aranda de Duero.
Al mirar alrededor a altas horas de la madrugada, cuando el cansancio ya pesaba en las piernas, pero las sonrisas seguían intactas, se confirmaba lo de siempre: el Sonorama Ribera no se explica, se vive. En el polvo de El Picón, miles de voces desconocidas cantaron juntas las mismas canciones, recordando que, durante cuatro días al año, Aranda no es solo un mapa en Castilla y León, sino la capital absoluta de la música en directo. ¡Nos vemos en el 30 cumpleaños del Sonorama Ribera!



