Desde primera hora de la tarde, los alrededores de La Riviera, el pasado día viernes 11 de septiembre, respiraban distinto. Había algo en el movimiento de la gente, en las camisetas, en las banderas y en ese acento rioplatense que se mezclaba entre grupos de amigos que hacía pensar, que aquella noche llegaría lejos, hasta el éxtasis y más allá. La emblemática sala se preparaba para recibir la última parada europea del grupo argentino El Kuelgue. Bastaba cruzar las puertas para sentir que comenzaba otro viaje: afuera estaban el río Río Manzanares y sus patos; adentro, el aire tenía aroma a Fernet Branca, nostalgia y esa electricidad que aparece cuando las emblemáticas palmeras del recinto saludan al ingresar.
La cita formaba parte de Las Noches de Río Babel, ciclo que ya ha contado con Plastilina Mosh y que próximamente ofrecerá conciertos de artistas de la talla de Jorge Drexler, GUITARRICADELAFUENTE, El Tri, Las Pelotas & Cruzando el Charco, Gondwana, Sobrezero, Alamedadosoulna, Miranda!, Las Pastillas del Abuelo y Gilipojazz entre otros. La programación completa la pueden consultar en la web oficial y hacerse con sus entradas para vivir la música en veladas que serán mágicas.
Una entrada en escena que encendió La Riviera
La Intro con matices electrónicos, ascendentes y envolventes comenzó a construir el clima mientras un caballo de cristal dorado presidía la enorme pantalla del escenario. Poco a poco fueron apareciendo los integrantes de El Kuelgue, hasta que finalmente hizo su entrada el frontman Julián Kartun. El rugido de la sala fue voraz. Entonces, tras los aplausos iniciales abrieron el juego con Peluquita, Ir derecho y Epifanía. Tres canciones para comprobar que el público había llegado dispuesto a entregarse por completo.

Entre la multitud aparecían banderas de México, Colombia, Uruguay, etc. además de la obvia presencia argentina. El Kuelgue conseguía así algo que forma parte de su identidad. Convertir un concierto en una actuación que traspasa este mundo y donde muestran su universo paralelo donde caben el funk, el pop, el rock, la teatralidad y una libertad escénica única. El grupo llegaba a Madrid después de su celebrado paso por Vive Latino, con Díscolo, su reciente trabajo de estudio, como uno de los grandes ejes de un repertorio construido durante más de dos décadas. Kartun funciona como el guía de ese universo. Se mueve, baila, gesticula, interactúa y deja que las canciones terminen de hacer el resto. Cada integrante aporta su amalgama de colores a la maquinaria.

Díscolo como columna vertebral
El concierto pivotó alrededor de Díscolo, aunque el repertorio recorrió distintas etapas de la trayectoria de El Kuelgue. Aparecieron también canciones vinculadas a discos como Hola precioso, Beatriz y Ruli, configurando un recorrido capaz de conectar distintas etapas de la banda. La propuesta musical volvió a exhibir la amplitud estilística que han desarrollado a lo largo de los años. El funk se cruzó con el pop bailable y con un rock de pulso clásico, mientras la teatralidad se convirtió en un elemento más de la música.
El sonido tuvo algunos momentos menos definidos de lo habitual en el directo de la banda. En determinados pasajes, las diferentes capas instrumentales perdieron algo de nitidez. La respuesta del público, sin embargo, encontró rápidamente la manera de imponerse sobre cualquier pequeño desajuste técnico. Las trabajadas visuales desempeñaron un papel importante durante toda la actuación. La pantalla acompañaba la música y sumergía a la sala en el universo de El Kuelgue, mientras las palmeras características de La Riviera parecían convertirse por momentos en parte de la puesta en escena.

Con Nos entendemos, Bossa & People, Carta para no llorar, Buena tela, El paraíso de los perros y Loquero viejo, la sala latía y el karaoke era imparable. Las voces del público se fundieron con las guitarras, los teclados y una sección de vientos que aportó color. En uno de los momentos de comunicación con la audiencia, Kartun dejó claro el significado especial de aquella noche: El Kuelgue estaba emocionado y feliz de cerrar su gira europea en Madrid, una ciudad que siempre los ha recibido con cariño. La respuesta llegó desde abajo del escenario en modo ovación.

De Solari a Sumo: una noche también de memoria
El concierto encontró uno de sus momentos más especiales cuando El Kuelgue rindió homenaje al Indio Solari y a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota con una versión instrumental de Todo un palo. La canción apareció despojada de su formato habitual y encontró en la interpretación instrumental una nueva textura. También hubo espacio para recuperar composiciones de SUMO, llevadas al lenguaje particular de la banda argentina. El Kuelgue recoge, transforma y devuelve desde su propia personalidad piezas icónicas. Entre canción y canción aparecieron abrazos entre desconocidos, pogos y rostros felices. Durante casi dos horas, la vida cotidiana quedó en stand- by.

Cuando la música encuentra al público
La gran virtud del directo de El Kuelgue está en su capacidad para generar química con quienes están al otro lado del escenario. Kartun y sus compañeros de tablas se mueven constantemente y sus pasos de baile terminan contagiando a una platea que responde con la misma intensidad. Hay una dimensión casi física en ese intercambio. Las canciones parecen recoger todo aquello que pesa durante la semana para devolverlo transformado en melodía, movimiento y energía positiva.
La máquina, Natación, Vos y la mancha, Díganselo, Parque acuático y Sinoca encontraron en los cuerpos del público el lugar perfecto para crecer. Cada una alimenta y el escenario y la pista funcionaban como un mismo organismo viviente. Por momentos, Julián Kartun parecía conducir la ceremonia, en otros, simplemente se dejaba llevar por ella. Los músicos se abrazaban entre sí desde sus respectivos instrumentos y la sección de vientos encontraba su lugar junto a teclados, guitarras y voces. Era una de esas noches en las que el repertorio deja de pertenecer exclusivamente a quien lo escribió.
El final: dos himnos para despedir Europa
Como ocurre siempre, el tiempo es finito. La noche debía llegar a su epilogo y El Kuelgue encaró los últimos compases con dos canciones capaces de condensar el espíritu de la gran velada: En avenidas y La curva. La respuesta de La Riviera fue al unísono y los himnos se convirtieron en una descarga final de saltos, cantos y abrazos, con las voces del público disputándole protagonismo al escenario.

Así terminó la última escala europea del grupo argentino, con una sala madrileña convertida en territorio rioplatense, con la banda dejando sobre el escenario toda la energía de una gira exitosa por demás que llegaba a su último capítulo y con un público que encontró en las canciones un lugar sagrado y magnético. El Kuelgue ofreció algo más que un show, fue un encuentro entre amigos, alrededor de un escenario y regaló una noche de las que se guardan en el pecho.






