El festival desafía su mudanza forzada al Ciutat de València en una jornada donde el pop fundacional y el desenfreno eurodance demostraron la inmortalidad de una generación.
Hay noches que se miden por los vatios de sonido, y otras, por la densidad de los recuerdos por metro cuadrado. La edición de Love the 90’s Valencia perteneció indudablemente a la segunda categoría. El festival desembarcó en el Estadio Ciutat de València, España, como la joya de la corona del ciclo Levante Fever Fest, pero lo hacía en un contexto de cambio forzado: el barrio de Orriols se convertía en el nuevo refugio de la nostalgia noventera tras el blindaje acústico y las sentencias contra el ruido que expulsaron a estos macroeventos de la icónica Ciudad de las Artes y las Ciencias (CACSA).
El resultado fue un choque frontal entre la devoción de una masa intergeneracional incombustible y las limitaciones puramente físicas de un estadio de fútbol. Sin embargo, cuando la música empezó a sonar, la geografía pasó a un segundo plano.
Primera mitad: La delicadeza y el suspiro del pop de oro
La tarde arrancó con un viaje a las raíces. Si bien el espíritu del festival es mayoritariamente electrónico, el bloque dedicado al pop español de los noventa funcionó como el perfecto calentamiento emocional. Fue una lástima que el minutaje para este segmento fuera tan drásticamente reducido; un hándicap que el público compensó multiplicando la intensidad de cada estribillo.
El encargado de abrir fuego fue el incombustible Alejo Stivel. El argentino inyectó la primera dosis de energía de la tarde rescatando el legado de Tequila con Dime Que Me Quieres y un Salta que puso a prueba la elasticidad de las gradas.
Tras la electricidad de Stivel, el festival se tiñó de una intimidad sobrecogedora con la aparición de Marilia. Su voz, intacta y bellísima, erizó la piel del estadio gracias a la delicadeza folclórica de Cuando Los Sapos Bailen Flamenco y un evocador fragmento de Lo Echamos A Suertes, despertando la melancolía de una época dorada de nuestras vidas.
El pulso melódico se mantuvo alto con Cómplices. Teo Cardalda y María Monsonis demostraron la enorme complicidad que los une dentro y fuera del escenario. Es Por Ti y Los Tejados desataron la locura colectiva. El implacable reloj del festival obligó a la pareja a dejarse grandes himnos en el tintero, pero poco importó: el público los llevaba tatuados en el ADN y los cantó de memoria.
El rock transgresor y canalla llegó de la mano del gran Carlos Segarra (Los Rebeldes), quien transportó el aroma del rockabilly mediterráneo al estadio con la obligada Mediterráneo y esa nocturna declaración de intenciones que es Bajo La Luz De La Luna.
El broche de oro al bloque pop lo puso Amistades Peligrosas. Cristina del Valle y Alberto Comesaña revolucionaron a la masa con su característico pop sensual y combativo. Sonaron la icónica Me Quedaré Solo y el himno de alto voltaje Me Haces Tanto Bien, antes de cerrar con una enérgica Africanos En Madrid, un clásico que sirvió para reiterar el mensaje de igualdad y diversidad cultural tan necesario en este país.
Segunda mitad: Terremoto eurodance y la cultura de club
Tras un breve receso guiado por los DJs de la casa, la atmósfera cambió radicalmente. Las guitarras dieron paso a los sintetizadores, los bombos a 130 BPM y las luces estroboscópicas. El festival entró en su fase de catarsis dance.
La encargada de encender la mecha de la «fiesta real» fue Rozalla. En cuanto sonaron los primeros acordes de su imperecedero Everybody’s Free (To Feel Good), el Ciutat de València se transformó en una gigantesca pista de baile flotante.
A partir de ahí, el ritmo fue frenético. La valenciana Amparo de New Limit firmó una de las actuaciones más brutales de la noche. Su interpretación de Smile y Scream desató una tormenta de energía de tal magnitud que estamos seguros de que los sismógrafos de la Comunitat registraron movimientos.
La nostalgia patria regresó en clave dance con Viceversa y su mítica Tu Piel Morena, coreada hasta la afonía por un público entregado. A partir de ese momento, el escenario se convirtió en una pasarela de leyendas internacionales y nacionales de la música disco de los 90. Pasaron con nota Mystic y el mítico DJ Sylvan, preparando el terreno para la arrolladora presencia de Tania Evans, quien resucitó la época dorada del eurodance con el clásico de Culture Beat, Mr. Vain.
El pulso tecno no decayó gracias a Double Vision y su demoledor Knockin, seguidos de cerca por la arrolladora presencia de Mad Stuntman (Reel 2 Real), quien hizo saltar al estadio entero al grito del universal I Like To Move It.
Uno de los momentos más emotivos y celebrados de la sección dance fue la aparición de la gran Rebeca. Su himno indiscutible, Duro De Pelar, cumplía 30 años de vida, demostrando una vigencia asombrosa al volver locas a tres generaciones distintas reunidas en la pista.
La locura pop-dance internacional llegó a su cenit con Vengaboys. Con una estética colorista y una energía desbordante, el grupo holandés despachó We Like To Party! y la infalible Boom, Boom, Boom, Boom!!, convirtiendo el césped en un hervidero. Sin tregua, 2 Fabiola irrumpió con Lift U Up, manteniendo las revoluciones al máximo, justo antes de que Haddaway hiciera acto de presencia para cantar What Is Love, probablemente el himno definitivo de la década.
El clímax: Profetas en su tierra y pirotecnia final
Como no podía ser de otra manera en tierras valencianas, antes del gran colofón final, el escenario perteneció al Rey. El Sr. Chimo Bayo demostró por qué es una leyenda viva de la música de baile. Su magnetismo es imbatible y su capacidad para hacer vibrar cualquier recinto quedó patente al encadenar Así Me Gusta A Mí y Bombas. Un auténtico torbellino de la Ruta que conectó de forma directa con las raíces místicas de la noche valenciana.
«La nostalgia no es un paso atrás, es la celebración de una energía que se niega a apagarse.»
El End Show final fue el broche de oro perfecto. Las actuaciones encadenadas de Paradiso, la celestial voz de Marian Dacal y el trance atemporal de Sensity World se fundieron con un espectacular show de pirotecnia que iluminó el cielo de Orriols.
Un año más, la crónica se escribe sola: la nostalgia le gana la partida a la modernidad. Love the 90’s Valencia sobrevivió al cambio de recinto y entregó un espectáculo increíble, un viaje en el tiempo que tardará mucho en borrarse de la retina —y de las agujetas— de los miles de asistentes. Los noventa no mueren; solo esperan al próximo festival para volver a estallar.







































