Hablar de Juego de Tronos es evocar automáticamente a Juego de Tronos. Aquella serie de HBO nacida de los libros Canción de hielo y fuego, escritos por George R. R. Martin, que creó una legión de fanáticos en todo el planeta. Y que, a pesar de tener una temporada final bastante floja y con una muy mala resolución de muchas de sus tramas, sigue instalada en nuestros corazones.
Por eso HBO, viendo lo huérfanos que quedamos tras su finalización, decidió seguir explotando el universo GOT. Primero llegó La casa del dragón, esa tragedia dinástica con exceso de drama y fuego. Y ahora aterriza El caballero de los siete reinos, basada en las novelas cortas conocidas como Cuentos de Dunk y Egg, ambientadas aproximadamente un siglo antes de los eventos de Juego de Tronos.
Pero aquí el enfoque cambia. Y cambia mucho.
El caballero de los siete reinos no apuesta por la grandilocuencia ni por las guerras que redefinen el mapa. Reduce la escala y gana en humanidad. Son seis episodios que se apoyan más en los personajes que en el espectáculo. Menos tronos. Más camino. Menos conspiraciones palaciegas. Más honor puesto a prueba.

La serie adopta un tono peculiar, con un humor negro que en momentos roza lo absurdo, pero que le otorga identidad propia. No intenta copiar a sus hermanas mayores. Ni lo necesita. Se permite respirar distinto. Y eso se siente.
La trama gira en torno a Ser Duncan el Alto y su ascensión como caballero errante. A su lado, su joven escudero Egg. La química entre ambos es inmediata. Natural. Creíble. Y es precisamente esa relación la que sostiene toda la historia.

Aquí merece mención especial el joven actor Dexter Sol Ansell, quien interpreta a Egg. Su trabajo es sorprendentemente sólido: transmite inocencia sin caer en la caricatura, y carácter sin exageraciones. Tiene presencia. Tiene verdad. Y en varios momentos se convierte en el corazón emocional de la serie sin necesidad de grandes discursos.
Todo esto funciona además porque la producción acompaña. Gran parte del rodaje se realizó en Irlanda del Norte, en los mismos estudios donde nació el fenómeno original, pero con una apuesta visual distinta. La fotografía es más luminosa, los colores más vibrantes. Se abandona la oscuridad constante de sus predecesoras para apostar por una estética más terrenal, más cercana. Hay polvo, hay luz, hay textura.
La dirección está cuidada. No hay escenas gratuitas. No hay ruido innecesario. La narrativa avanza con calma, pero con intención. Y cuando la historia aprieta, lo hace desde lo humano, no desde el artificio.
En definitiva, El caballero de los siete reinos es de esas producciones que no sabíamos que necesitábamos. Es efectiva, entretenida, duele en ocasiones y te alegra en otras. Ligera y pesada. Tierna y brutal. Se mueve con naturalidad entre extremos sin perder coherencia.
Al terminar sus seis episodios, la sensación es clara: queremos más de este dúo.
La pregunta ahora es inevitable: ¿hacia dónde expandirá HBO este rincón más íntimo de Poniente? ¿Seguirá explorando historias pequeñas que dicen mucho, o volverá al espectáculo masivo que convirtió a la franquicia en fenómeno global?
Sea cual sea el camino, esta vez han acertado.
Superrecomendable.

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