La noche del jueves 7 de mayo de 2026 quedará grabada en la memoria de las personas que abarrotaron la mítica Sala La Riviera de Madrid para asistir a la segunda de las tres fechas consecutivas con todo vendido de Sanguijuelas del Guadiana. Lo que allí sucedió fue mucho más que un concierto: fue una celebración multitudinaria de identidad, emoción y verdad, una crónica viva de lo que significa conectar desde la raíz con el público.
La jornada tenía algo especial incluso antes de que se apagaran las luces. Afuera del mítico recinto de la capital, los fans se acumulaban desde mucho antes de la apertura de puertas con camisetas de la banda, cerveza en mano y banderas de Extremadura sobre los hombros. Dentro, el lleno absoluto, respiraba ese ambiente único que aparece cuando el público siente que está asistiendo a un momento importante.

Sanguijuelas del Guadiana muestra su raíz y electricidad
La cuidada escenografía recreaba un garage detenido en el tiempo. Un enorme portón gris presidía el escenario con un gran cartel de Se Vendia, casi como una metáfora de las tres noches de sold out. A un lado, un calendario colgado en la pared señalaba en rojo el año 2008; alrededor se distribuían una nevera blanca, estanterías con un radiograbador antiguo, un botijo de barro, pequeñas macetas con flores, una orla y varias ventanas de chapas que daban sensación de hogar popular, de encuentro muy cercano. En la parte inferior del decorado, una línea de luces adicionales cobraba vida a medida que avanzaba el espectáculo, abrazándose visualmente con las canciones y elevando cada atmósfera emocional.
La intro abría el camino para que arrancara 100 Amapolas cuya interpretación fue vibrante y luminosa, con un crescendo emocional que convirtió la canción en un auténtico himno. La reacción fue instantánea. La Riviera explotó en un coro multitudinario mientras decenas de banderas extremeñas comenzaban a agitarse desde pista y gradas. Sobre el escenario, Sanguijuelas del Guadiana entraron con una energía seca y directa, sin artificios ni poses. Había nervio, emoción y una sensación permanente de cercanía.

El sonido acompañó desde el inicio con guitarras definidas, percusión contundente y unas voces perfectamente integradas en una mezcla muy limpia. La línea de luces fue cobrando protagonismo a medida que avanzaban los temas, dialogando constantemente con la intensidad emocional del repertorio. Desde los primeros minutos, el público se mostró completamente entregado y las canciones eran símbolo de pertenencia y orgullo, mientras una conexión absoluta unía escenario y platea en una comunión pocas veces vista.
A Sanguijuelas del Guadiana se le ha definido como ese canto sincero proveniente de la voz de la España rural que irrumpe en el panorama musical con fuerza y autenticidad. Pero son muchísimo más que eso. Son arte por los cuatro costados y lo demostraron con una actuación gigantesca, magnética y profundamente humana. Artistas destinados a marcar el presente y el futuro de la música gracias a una amplitud estilística que en directo atrapa sin remedio y portadores de un talento que brota de manera natural en cada acorde.

El repertorio pivotó sobre Revolá, su álbum debut, una obra que funciona como un mapa emocional compartido con el público. En sus letras conviven la infancia, la nostalgia veraniega, la adolescencia entendida como búsqueda sagrada del fuego de la vida y el eterno regreso a casa. Con Me Da Igual, el público saltó al unísono. Hubo miradas cómplices constantes entre los protagonista sobre las tablas (en las horas previas Manu Oliva tuvo que ser intervenido por un fisio para poder afrontar el show y fue titánica su entrega tras los tambores), sonrisas espontáneas y esa sensación de grupo que disfruta tocando junto.

El peso emocional de Revolá
Con Yesca apareció ese aroma fronterizo entre rock y raíz extremeña que tan bien manejan; las guitarras y la percusión envolvieron al público en un trance cálido y emocionante. Pa Que Me Llamas mostró su lado más melódico y cercano, con la audiencia cantando cada verso desde las entrañas y uno de los momentos más intensos llegó con Intacto, ejecutada con enorme sensibilidad y una tensión emocional admirable. Por su parte La Brecha sonó poderosa y catártica, creciendo en fuerza gracias a la impecable conexión entre los cuatro músicos. Después, Puñales de Plata dejó uno de los paisajes sonoros más elegantes de la noche, con pasajes cargados de poesía y un magnetismo casi hipnótico.
Provenientes de la Siberia extremeña, el eco de Sanguijuelas del Guadiana retumba ya con sabiduría en los cuatro puntos cardinales de la península. Su música se expande como un relámpago hasta terminar implosionando en el alma del público. Y eso se percibió especialmente en De Badajoz He Venío, celebrada con orgullo y emoción desbordante, o en Nada Que Perder, la maravillosa versión de Robe, interpretada con respeto, personalidad y muchísima verdad.

Quiere Parecer aportó luminosidad y dinamismo, mientras que Siempre + volvió a demostrar su capacidad para fundir emoción y contundencia escénica. El Estandarte fue recibida como una auténtica proclama colectiva, y el enlace entre Jaribe y Jota Final terminó de incendiar La Riviera con una fusión impecable entre tradición y modernidad.
Porque precisamente ahí reside una de las mayores virtudes de la banda: en su capacidad para mezclar rock con aromas de flamenco, rumba, electrónica y poesía popular sin perder jamás autenticidad. Su propuesta sincera rebosa energía y ritmos atrapantes. En un mismo concierto conviven pasodobles reinterpretados electrónicamente y el sonido más puro de la madera. Construyen una pequeña revolución sonora donde las voces y el pulso rítmico de sus instrumentos levantan una postal emocional profundamente contemporánea y a la vez ancestral.

Tradición como orgullo compartido
También hubo espacio para la sorpresa y el estreno. La presentación de un nuevo single seguido de una versión apoteósica de Revolá junto a Celia Romero, fue otro de los grandes momentos de la velada. La cantaora aportó una sensibilidad y un talento descomunal a una interpretación que fusionó raíz y modernidad de forma absolutamente conmovedora.
En la recta final, el concierto cual navío legendario de extremeño de raíz, alcanzó el puerto del éxtasis pleno. La combinación entre su directo, su entrega plena y el universo sonoro que llevan a cabo funciona de manera impecable. Había flamenco, electrónica ambiental, riffs, percusión orgánica y una energía que no cesaba de explotar. El tiempo parece ralentizarse dentro de la sala. Es como si quisiera que cada acorde fuera eterno. Tiene la enorme capacidad la banda, para alternar contundencia y emoción sin perder naturalidad.

Un final desbordado de emoción
Los Sanguijuelas ejecutan magistralmente bajo sus texturas Me Quedaré, reinterpretando el clásico de Estopa e incorporando pasajes de 100 Amapolas, lo que provocó otra explosión de emoción y nostalgia. Mirando Por Los Míos reafirmó el sentimiento de comunidad que dominó toda la noche, mientras que Septiembre envolvió la sala en una atmósfera melancólica y bellísima.
El cierre con Llevadme a mi Extremadura, la emblemática canción de Los Cabales, terminó de desatar las lágrimas, los abrazos y el orgullo compartido. La Riviera entera cantó al unísono convertida en una sola voz.

La España artística más autóctona y de raíz fusionada perfectamente con la globalización y la naturaleza más primitiva. Eso es Sanguijuelas del Guadiana. El todo y más. Música y poesía brotando por cada poro. Una banda destinada a dejar huella y una noche que confirmó que lo suyo es una realidad gigantesca.

Sanguijuelas del Guadiana en Madrid ya ha dejado atrás cualquier etiqueta de fenómeno emergente. Lo suyo empieza a ocupar otro lugar: el de las bandas capaces de construir identidad propia sin renunciar al riesgo, mezclando tradición y modernidad con una naturalidad poco frecuente. Y en La Riviera, durante esa segunda noche consecutiva de lleno absoluto, quedó claro que su conexión con el público atraviesa algo más profundo que una simple colección de canciones. Son una experiencia vital imprescindible.




