Valencia vivió ayer una de esas noches que se archivan directamente en la memoria colectiva de su escena nocturna. La antesala del festival madrileño Jardín de las Delicias desembarcó en un Palau Alameda, y lo hizo no solo como una propuesta musical, sino como una experiencia inmersiva total. Esta crónica arranca antes de que el primer acorde retumbara, cuando los aledaños de la sala ya advertían que no asistíamos a un concierto cualquiera. Una suerte de duendes, escoltando caracoles domados, daban la bienvenida a los asistentes, una genialidad conceptual que anticipaba el ecosistema de fantasía que aguardaba en el interior. Ya dentro, el despliegue visual de los personajes de Pablo Méndez Performance terminó de difuminar la frontera entre la realidad y el ensueño. El escenario estaba listo para la catarsis.
Hermanos Martínez: Un torbellino de magnetismo y clímax eléctrico
Los encargados de abrir fuego fueron Hermanos Martínez. Borja, Álvaro y Jaime no salieron a testear el ambiente; salieron a morder. Con una entrega física y escénica que rozó el 1000 %, la banda demostró desde el primer segundo por qué se están consolidando como unos showmen de categoría premium. El arranque con Rottenmeier fue un golpe de autoridad que desató la locura colectiva en un Palau Alameda que vibraba al unísono.
La comunión con el público valenciano fue instantánea y bidireccional. Siguieron desfilando píldoras de pop-rock enérgico, como Déjame Entrar y Ángel de la Guarda, pero el verdadero punto de inflexión llegó con Canalla.
En ese preciso instante, la sala alcanzó su clímax telúrico: un rugido unánime que bien pudo sentirse en toda la ciudad del Turia. Sabiendo manejar los tempos del directo con veteranía, la banda ofreció un respiro emotional encadenando la sensibilidad de Jerez con el latido rítmico de Abrázame Fuerte. Tras invitarnos a bailar un Vals metafórico, encararon la recta final con Volvería a Elegirte y una incendiaria Súbete el Volumen. Para el broche de oro, Para Qué Me Escribes y Volando clausuraron un set impecable, dinámico y de una factura técnica incontestable. Grandes profesionales sobre las tablas.
Inazio: La delicadeza poética que devoró el escenario
Tras el preceptivo respiro para asimilar la descarga de los Martínez, el escenario mudó de piel para recibir al navarro Inazio. Si la primera mitad de la noche fue de pulso acelerado, lo de Inazio fue un ejercicio de orfebrería emocional, pura poesía hecha canción. El cantautor eligió Katniss para abrir boca, conectando de inmediato con la fibra sensible de la sala. Acto seguido llegó Atlántico, ese himno que el público coreó con tal devoción que transformó a Valencia en el trasfondo y el coro perfecto para su travesía sonora. El viaje continuó sin fisuras a través de los paisajes de Campos Delirios y la visceralidad de Rutas Salvajes.
Inazio domina el arte de la intimidad de masas. Canciones como Viernes de Enero, Vacío y Ganador mantuvieron el listón en lo más alto, desatando la catarsis entre un público entregado a su magnetismo natural. No pudieron faltar los dos grandes pilares de su repertorio: Mi Mejor Versión y la coreadísima Olivia, momentos de una belleza acústica y lírica desarmante. El concierto se despidió en todo lo alto con la trilogía final compuesta por Lo Que Haga Falta, el oasis conceptual de su propuesta, y los acordes de Norte, dejando la sensación de haber asistido a una actuación consagratoria.
El broche de oro: Ritmo imbatible en la noche valenciana
Con la adrenalina en los niveles máximos tras dos directos colosales, la responsabilidad de mantener el Palau Alameda en estado de gracia recayó en las cabinas. Dj Barce y Juan Valiente entendieron a la perfección la temperatura de la sala. A base de transiciones inteligentes, una selección imbatible y una lectura impecable de la pista, los platos mantuvieron el espíritu festivo intacto hasta el final de la madrugada.
Veredicto: Si la fiesta de presentación en Valencia ha sido este despliegue de músculo musical, magnetismo escénico y comunión absoluta, lo que nos espera en la edición principal del Festival Jardín de las Delicias apunta a ser, sencillamente, brutal. Una noche redonda de las que hacen afición.






















































