El olor a vegetación, a tierra mojada, a centenares de plantas avisan que estás en el Real Jardín Botánico de Alfonso XIII, en Madrid. El reloj roza las ocho y media de la tarde de un caluroso julio de 2024, pero aquí dentro el microclima del festival calma las pulsaciones. En el ambiente flota esa expectación de noche para enmarcar, con un público mixto y sediento que busca refugio en las raíces musicales. La propuesta es un puente trasatlántico sin intermediarios: la frescura brasileña de Mari Froes y el magnetismo telúrico de Silvana Estrada. Dos formas de entender la tradición y honrar la música.
Del alma de México al swing de Brasil en el Botánico
La velada promete mucho más que un concierto. Es un encuentro entre sensibilidades que entienden la tradición como un organismo vivo que respira, evoluciona y encuentra nuevas formas de emocionar. En un escenario donde la naturaleza parece formar parte del espectáculo, la música se convierte en el hilo invisible que une continentes, generaciones y maneras de entender el folclore mediante dos cantantes de madera sagrada como Mari Froes y Silvana Estrada.
Mari Froes: El latido carioca que brota del asfalto
La timidez aparente con la que Mari Froes pisa el escenario dura exactamente lo que tardan sus músicos en marcar el primer compás. A sus 23 años, esta cantautora brasileña maneja el tempo con la seguridad de quien lleva media vida en los clubes de Río de Janeiro o São Paulo. El show arranca arriba, con una mezcla de funk y r’n’b que se cuela por los pies del público, todavía acomodándose en las gradas y la pista.
Su voz, de un terciopelo roto muy sutil, sirve como hilo conductor para un repertorio que viaja libre entre el jazz y la bossa nova. Tras desgranar sus singles más conocidos, que parte de la primera fila corea en un portugués perfecto, Froes se detiene. Sonríe, mira al entorno boscoso y conecta visualmente con los presentes. El aplauso es unánime y un indicativo de que había mucha expectación por verla en nuestro país, con un espectáculo que demuestra solidez y gran química.

Para demostrar de qué madera está realizado su disco, introduce temas nuevos con su cadencia habitual para después quebrar la noche con una pieza de tintes puramente rockeros. El contraste funciona. Sus guitarristas suben la distorsión y el Botánico responde con un balanceo colectivo. El clímax de su set llega en dos tiempos. Primero, se queda sola con su guitarra en el escenario, desnudando una canción acústica que congela el aire y deja a la multitud atónita, en un silencio sepulcral. Después, la banda regresa para el fin de fiesta, enlazando sus dos versiones más virales, Figa de Guiné y Vaitimbora. La transición es suave, bailable, sofisticada. Cuando se retira, los gritos de ¡otra, otra! resuenan entre los árboles. Dejó el listón muy, muy alto.
Silvana Estrada: El vacío que se llena de luz
Si lo de Mari Froes fue una invitación al movimiento, lo de Silvana Estrada es una invocación. La mexicana sale al escenario armada con su cuatro venezolano y una presencia que corta la respiración. Hay quien la etiqueta a la ligera como la Chavela Vargas millennial, pero Estrada tiene personalidad propia y no imita el dolor ajeno. Eso sí, ha leído una a una las lecciones de sabiduría de Chavela Vargas y ha tomado parte de su esencia para canalizarla en el siglo XXI.
El viaje arranca con la herida abierta de Cada Día Te Extraño Menos y la delicadeza de Dime. La acústica del recinto es impecable; cada vibrato de su garganta rebota en los troncos de los árboles. El público, completamente hipnotizado, acompaña en un respetuoso hilo de voz durante Sabré Olvidar y Detesto en Mí.

Un puente entre Bristol y Veracruz
El primer gran giro de la noche llega con una sorpresa instrumental. Silvana se aleja por un momento del folclore puro para adentrarse en los noventa británicos con una versión sobrecogedora de Glory Box, el clásico de Portishead. La crudeza del trip-hop se transforma en un lamento acústico que pone la piel de gallina, tal como pude observar en mis buenos amigos José y Asier, quienes estaban a mi lado emocionándose acorde a acorde.
La presentación fluye entre confidencias. Silvana habla de la distancia, de su tierra en Coatepec, y regala un bloque de intimidad pura con Un Día Cualquiera, Good Luck, Good Night y la poética Como un Pájaro. El público estalla en aplausos cuando se escuchan los primeros acordes de Tregua y su emotiva relectura de Guillermina, tema original del maestro venezolano Simón Díaz.
La luz compartida y el broche de oro
El tramo final gana en intensidad técnica y lumínica. Tras Un Rayo de Luz y la delicada No Te Vayas Sin Saber, llega el himno que muchos esperaban, Te Guardo, coreado por las miles de personas que llenan el aforo. Pero la gran sorpresa de la noche se produce cuando Silvana invita al escenario a pablopablo. La complicidad entre ambos es instantánea al interpretar en directo su reciente single de estudio, Antes de Ti. Las texturas de ambas voces se entrelazan de manera bellísima, dejando flotar una atmósfera de ensueño sobre el stage principal del Botánico.

El epílogo de la noche se construye con Al Norte, la bella Lila Alelí y una enérgica versión de Aguacero de Mayo, original de Totó la Momposina, que devuelve el ritmo primitivo al directo. Para el final, la mexicana se reserva Tenías Que Ser Tú y cierra definitivamente con El Alma Mía, dejando boquiabiertos a los presentes, a la luna y a las estrellas del cielo del cielo de Madrid.
Juan Melov prolonga la celebración hasta el cierre del recinto
El encargado de cerrar la programación de la jornada del jueves 9 de julio fue el DJ Juan Melov, quien tomó el relevo transformando el recinto en una gran pista al aire libre. Con una cuidada selección de clásicos y éxitos, su factoría en las consolas consiguió que el público permaneciera disfrutando hasta el cierre de puertas y liberara toda la energía acumulada durante los directos. Canciones para cantar, bailar y reencontrarse con recuerdos fueron construyendo un ambiente festivo que puso el broche perfecto a una jornada donde tradición, raíz, sentimientos y celebración convivieron con absoluta naturalidad en Noches del Botánico.



