El viernes 7 de agosto comenzó pronto en Sonorama Ribera. Mientras buena parte de los asistentes todavía intentaba recuperar fuerzas de la jornada anterior, Aranda de Duero ya estaba preparada para volver a ponerse en marcha. Las calles comenzaron a llenarse de camisetas de festivales, pulseras de colores, grupos de amigos y visitantes que avanzaban de escenario en escenario buscando su primera dosis de música del día. Porque en Sonorama no existe una verdadera frontera entre la mañana y la noche: cuando termina un concierto, empieza otro; cuando parece que la ciudad necesita descansar, alguien vuelve a subir el volumen.
Las terrazas estaban llenas, las calles tenían ese movimiento nervioso de quien va de un escenario a otro y, en algún punto entre una bodega, una plaza y una calle del casco histórico, siempre había una guitarra sonando. El festival llevaba días en marcha y la ciudad entera parecía haberse puesto de acuerdo para vivir al mismo compás.

Era el tercer día de Sonorama Ribera 2026, pero el viernes tenía algo especial. La programación urbana volvía a convertir el centro de Aranda en un escenario a cielo abierto y, al caer la tarde, la multitud se trasladaría al recinto de El Picón para una noche de guitarras, pop, sonidos urbanos y canciones capaces de activar la sangre. El día empezaba temprano. Y acabaría mucho más tarde.
El Trigo, a las doce: la ciudad pone primera
A las doce del mediodía, la Plaza del Trigo Vibra Mahou recibió a La Milagrosa. La temperatura ya anunciaba una jornada exigente, pero el ambiente tenía esa ligereza propia de las primeras horas: público con ganas, grupos todavía frescos y la sensación de que quedaban demasiadas horas por delante como para preocuparse por el cansancio. Después llegó Fontán y, a las dos, Éxtasis. Tres actuaciones que cumplen una de las funciones más valiosas de este escenario: descubrir artistas en un entorno donde la distancia entre escenario y público desaparece.
En el Trigo las canciones circulan rápido. Una banda consigue una respuesta y, de repente, un nombre empieza a repetirse entre quienes esperan al siguiente concierto. A las tres llegó la hora marcada en rojo: el concierto sorpresa.
Durante días, la identidad del artista había sido uno de esos pequeños secretos que alimentan la conversación festivalera. La respuesta apareció cuando Antonio García, Dani Sánchez, Pepe Esteban y Jota Mercader subieron al escenario. Arde Bogotá desde Cartagena al olimpo. La reacción fue inmediata.

La banda regresaba a un lugar decisivo en su historia, un hogar castellano, para ser un escenario en llamas que tiene y rubricar su relación inoxidable con el público del Sonorama. La primera descarga de La Torre Picasso terminó de hace explotar la ciudad y convertir a los miles de asistentes en una sola voz. Arde Bogotá fue enlazando Qué Vida Tan Dura, La Salvación, Los Perros y Cariño, encontrando pogos como respuestas. El regreso de los Arde Bogotá al Trigo fue una página dorada para su historia. ¡Por más sorpresas como estas!
La ciudad sigue tocando
El concierto sorpresa ocupó buena parte de las conversaciones del día, aunque Sonorama Ribera seguía ocurriendo a pocos metros. En la Plaza de la Sal Vibra Mahou, la jornada avanzó con Luback, Volavent, Nuevo Berlín, Nuevos Vicios, Aguacate y Mango y Mr. Kitos. El escenario funcionaba como otro punto de encuentro mientras las terrazas y las calles continuaban recibiendo a quienes todavía tenían muchas horas de festival por delante.
El Escenario Charco sumó a Alonso, Las Migas, La Garfield, Siamés, Coti y Lucky Salvadori, acompañados por las sesiones de Guacamayo DJ’s. La propuesta era amplia y el público se movía con naturalidad entre estilos. Las Migas aportaron su personalidad propia; Coti puso sobre la mesa la experiencia de un repertorio reconocible; y Lucky Salvadori completó una programación diseñada para mantener la ciudad despierta mientras el recinto principal esperaba su turno.
En Le Club / Café Central, La Azotea y She’s A Star DJ mantuvieron otro de los pulsos musicales del centro.
Y alrededor, Aranda seguía haciendo lo que mejor sabe hacer durante Sonorama: convertir bares, plazas, terrazas y calles en extensiones naturales del festival.
El Picón cambia el ritmo
La llegada de la tarde modificó el paisaje. Los grupos de fans comenzaron a desplazarse hacia El Picón. Aparecieron las pulseras, las camisetas de grupos, las gafas de sol y esa mezcla de cansancio y entusiasmo que acompaña a quien lleva muchas horas de música encima y todavía piensa en las que quedan.

En el Escenario Aranda de Duero, La Sonrisa de Julia abrió la programación de la tarde. Después llegó Carlos Ares, uno de los nombres que mejor representan la renovación de la escena alternativa y folclórica contemporánea. Su propuesta, con un sonido orgánico y en una producción cuidada, fue transcurriendo por himnos como Peregrino, La Boca del Lobo, Días de Perros, etc. Su show fue un espacio natural para las emociones. Después llegaría uno de los cambios de temperatura de la jornada con Sexy Zebras.

Su directo llevó el festival hacia el territorio de las guitarras, la energía física y las primeras filas convertidas en zona de máxima intensidad. La banda madrileña volvió a demostrar esa capacidad para transformar un concierto en una descarga colectiva, preparando el terreno para las horas más eléctricas de la noche a base de pogos y más pogos. Más tarde, Comandante Twin tomaría el relevo y, ya de madrugada, Ladilla Rusa llevaría el escenario hasta las últimas horas de la noche.

Love of Lesbian, una despedida que pesa
En el Escenario Ribera del Duero, Ángel Stanich abrió el camino hacia uno de los grandes momentos del viernes con Love of Lesbian. Había una razón adicional para que el público mirase esta actuación de otra manera. La banda afronta el cierre de su gira actual antes del parón indefinido anunciado, y esa circunstancia modificó la percepción de canciones que llevan años formando parte de la banda sonora de sus fans. Además, había fallecido la mamá de su guitarrista Jordi en la misma jornada, lo que cargó de más emotividad al concierto. Cuando sonaron Club de Fans de John Boy y Allí Donde Solíamos Gritar, el público tomó el relevo. Las canciones avanzaron desde el escenario hacia las primeras filas y de ahí hacia una multitud que conocía cada palabra. La producción de sonido e iluminación acompañó un directo construido alrededor de la canción y de la relación con un público que ya conoce los códigos de Love of Lesbian. Cada tema parecía tener una historia propia dentro de la multitud.

Después llegarían Niña Polaca, con su mezcla de guitarras, desparpajo e himnos generacionales, y Samuraï, que llevó la madrugada hacia una sensibilidad más melódica y contemporánea. El escenario seguía lleno cuando el reloj ya había empezado a dejar atrás el viernes.
Un festival dentro del festival
En Indexa, la noche discurrió por otro camino con Suzete, Malmö 040, Soleá Morente, Lucho RK, StormyKid y Marban. El cambio de registro era constante. Pop, sonidos urbanos, canción, mestizaje y electrónica convivían en una programación que permitía saltar de un universo a otro en apenas unos minutos.

En Porklovers, la ruta pasó por Funambulista, Los Negativos, Xavibo, Depresión Sonora, Eladio y Los Seres Queridos y Bum Motion Club. Aquí estaba otra de las claves del viernes: la posibilidad de construir un recorrido propio. Un concierto podía terminar y el siguiente empezar a pocos minutos de distancia. El público elegía, improvisaba, se reencontraba y volvía a separarse. Sonorama funcionaba como una pequeña ciudad con miles de itinerarios posibles.
En Tierra de Sabor, la programación había comenzado con Canciller y continuó con Da Igual, Memocracia, Alejo, Candela Gómez, Hoonine, Rialto, Varoc y Juanann_Deck. Mientras tanto, las horas iban acumulándose y los karaokes multiplicándose.

La madrugada llega sin pedir permiso
Ladilla Rusa llevó la fiesta al Escenario Aranda de Duero. Era una de esas franjas horarias en las que el cansancio ya forma parte del paisaje. Las piernas empiezan a protestar, la voz pierde volumen y el día siguiente aparece en el horizonte como una cuestión que podrá resolverse después. Pero el público seguía allí mientras las distintas zonas del recinto mantenían sus propias pequeñas multitudes. A esas horas, el festival cambia de escala. Las grandes masas se fragmentan y aparecen grupos más pequeños, gente sentada unos minutos, otros buscando agua, algunos intentando localizar a sus amigos y muchos que todavía tienen una última canción pendiente.

La sensación es extraña: el día empezó hacía más de quince horas y todavía quedaban escenarios encendidos.
Aranda de Duero, otra vez con la voz gastada
Cuando la noche empezó a deshacerse, las conversaciones regresaron inevitablemente al principio. ¿Has visto lo de Arde Bogotá? ¿Y Love of Lesbian? ¿Lo de la Plaza del Trigo? El viernes había dejado demasiadas imágenes como para resumirlo en una sola.
La Milagrosa, Fontán y Éxtasis habían puesto en marcha la mañana. Arde Bogotá había convertido la Plaza del Trigo en el gran acontecimiento del mediodía. Luback, Volavent, Nuevo Berlín, Nuevos Vicios, Aguacate y Mango, Mr. Kitos, Alonso, Las Migas, La Garfield, Siamés, Coti, Lucky Salvadori y La Azotea habían mantenido vivo el centro de Aranda.
Después, El Picón había abierto otra dimensión del festival con La Sonrisa de Julia, Carlos Ares, Sexy Zebras, Comandante Twin, Ladilla Rusa, Ángel Stanich, Love of Lesbian, Niña Polaca, Samuraï, Suzete, Malmö 040, Soleá Morente, Lucho RK, StormyKid, Marban, Funambulista, Los Negativos, Xavibo, Depresión Sonora, Eladio y Los Seres Queridos, Bum Motion Club, Canciller, Da Igual, Memocracia, Alejo, Candela Gómez, Hoonine, Rialto, Varoc y Juanann_Deck.
La jornada terminó de madrugada, con los escenarios todavía iluminados y el público administrando las últimas reservas de energía. No hubo una sola canción capaz de resumir el viernes. Fue La Torre Picasso en el Trigo, el coro de Club de Fans de John Boy, la electricidad de Sexy Zebras, el pulso urbano de Lucho RK, la madrugada de Ladilla Rusa y, entre medias, todas esas canciones que aparecen cuando uno deja de seguir el cartel y empieza a dejarse llevar.
A las primeras horas del 8 de agosto, Aranda de Duero empezó lentamente a recuperar su silencio. El festival, en cambio, todavía tenía mucho que decir.
Sonorama Ribera 2026 había vuelto a demostrar que su verdadera dimensión no cabe en un recinto. Se extiende por una plaza, una terraza, una bodega, una calle y miles de conversaciones. Durante unas horas, toda una ciudad comparte el mismo pulso. Y el viernes 7 de agosto, ese pulso fue especialmente fuerte.



