jueves, diciembre 8, 2022
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Por: José Eduardo García

En 1981, Prince publicaba su cuarto álbum, «Controversy», manteniendo la exitosa fórmula funk de su predecesor, «Dirty Mind». Tres años después, vino «Purple Rain» y el resto es historia.
Su notoriedad llevó a la publicación Newsweek a contratar a la fotógrafa Lynn Goldsmith para ilustrar un reportaje sobre la estrella. Cuando «Purple Rain» (disco y película) estaban en la cima, otra publicación, Vanity Fair, pago $400 a la fotógrafa para que le cediera los derechos de una de aquellas fotografías de Prince, hechas tres años antes.
También contrataron al gran artista plástico Andy Warhol (quien tres años después moriría) para intervenir dicha fotografía a lo pop art.
Hasta ahí, no hay nada resaltante, pero el loquillo de Warhol reprodujo y comercializó 16 diferentes serigrafías a partir de la imagen (incluso hasta el sol de hoy). En 2016, Prince se unió a Warhol en el cementerio y, como homenaje, Vanity Fair publicó, sin consentimiento de Goldsmith, una de esas serigrafías y originó una de las disputas por derecho de autor más interesantes de la historia del arte, al punto tal que su fallo cambiará las reglas sobre inspiración, homenaje y plagio.
Un tribunal de distrito consideró que el trabajo de Goldsmith y el de Warhol tienen «mensaje y significado diferentes» y ya falló a favor de la Fundación Andy Warhol (curiosamente, una asociación sin fines de lucro); pero por apelación el caso llegó a la Corte Suprema, que revirtió la decisión y se reservó la sentencia para junio de 2023.

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En «The Fly» (U2) escuchamos que «todo artista es un caníbal; todo poeta es un ladrón»; y yo me pregunto, ¿robar está implícito en el arte contemporáneo? ¿Y si escribo un evangelio con «mensaje y significado diferente», me demandaría el Vaticano?
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